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DE UN DÍA QUE ME PERDÍ POR FEZ

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DE UN DÍA QUE ME PERDÍ POR FEZ

Por Ángel de Quinta
Fotos: Abraham Álvarez Caldero (Abekoco)

Hoy recuerdo cuando uno viajaba abrazado a su tarjeta de embarque, así solía ser antes de que el destino se interpusiera entre nosotros y Ryanair. Arrastrando la maleta de ruedas sobre el pavimento de estaciones y aeropuertos, calculada al milímetro para no sobrepasar el peso permitido, lo justo: el pasaporte, las mudas necesarias, toda la ilusión que allí pudiera caber y las ganas de descubrir junto a unos cuantos botecitos que no sobrepasen los cien mililitros.
Hoy me toca viajar con la imaginación, con los sueños -quién lo iba a decir-, y con los recuerdos, que si te empleas como es debido valen más, mucho más, que lo que nos costó ese billete low cost. No lo dudes.

Imagen 1 FEZ, abekoco

Andando por calles en las que no puedes abrir los brazos, deambulando entre paredes grises y almagras, me di cuenta de que mi sentido de la orientación se diluía como un azucarillo en el café. Norte, sur, este y oeste escondidos en las sombras, y en lo alto un azul del que solo se ve una cuarta, allí arriba, sin faro que guiara mis inciertos pasos.
Antes de eso yo no sabía lo que era un adarve, y así lo supe. Una callejuela sin salida (donde yo vivo encerrá, cantaba Juana Reina…), en la que se vive encerrado sabiendo que a la vuelta de la esquina te esperan el mundo y sus colores. Seguros de atrancar la puerta por las noches y dormir tranquilos soñando con un cielo que pinta alminares entre las estrellas. Soñando cuando fueron reyes, y príncipes, cuando todo era suyo más que de nadie, cuando el centro del universo reposaba sobre su anciano corazón. Un escondite para guardar la vida privada, una reserva de intimidad que burla los torpes pasos de viajeros y curiosos con sus cámaras al acecho de lo que el guía no les quiso enseñar.

Imagen 2 FEZ, abekoco

Andaba buscando la madrasa de Bou Inania y me despisté. Tendría que volver hacia la Puerta Azul y empezar de nuevo, pero no sé cómo hacerlo, y no quiero preguntarlo en inglés, prefiero seguir perdido a usar una lengua que nos aleja a ellos y a mí. No existía google maps, aunque faltaba poco, así que solo tenía un mapa mal plegado en el que las calles parecían las venas de aquellos muñecos de plástico que nos compraron de niños para aprender la anatomía humana. Un lío, una confusa maraña de entresijos que me distanciaba cada vez más de mi grupo. Pero no me importaba, o así lo recuerdo, estaba algo cansado de que me llevaran a todas partes y quería zambullirme en la aventura del descubrimiento, romántico que es uno.

IMAGEN 3 FEZ, abekoco

Tomé como por instinto la Taláa Kebira o la cuesta grande evitando los burros con las angarillas cargadas de coca-colas y las motos con tres tripulantes portando cajas y bolsas; los turistas en pelotón, los tenderos echándome el lazo para meterme en sus comercios -ven amigo, compra barato-, los olores de las farmacias bereberes aturdiendo cualquier clase de pensamiento lógico o práctico, la lucha entre el déjame en paz o ayúdame a salir de aquí. No sukran, no sukran… sonriendo de rostro en rostro, de mano en mano de las que me desasía con amabilidad al principio, con energía más tarde.

IMAGEN 5 FEZ, abekoco

Debía estar cerca de la mezquita de al-Karaouine, y aunque sabía que no podría entrar quiero asomarme y ser con mis ojos uno más de los que se descalzan para romper el litigio del día y arrimarse al abrigo de un dios que está en todas partes, pero allí más. Creo que es esa, veo hombres entrando, babuchas aguardando en la entrada el lapso de sus plegarias, un surtidor de mármol en medio del patio que asalto con mi prudente mirada: quien a mí viene quejándose de sed, mi fuente le da agua dulce, clara y sin mezcla. Podría ser esa la fuente de la que habla el poeta andaluz Ibn Al-Jatib, que vino a morir cerca de estas calles, pero no es, será cualquiera en la que alguien que cree mojará su frente, seguramente una que dejó a cientos de leguas de aquí, en su Alhambra añorada.

IMAGEN 6 FEZ, abekoco

El hedor a pellejos podridos me dice que andaré cerca de las tenerías, y cruzarme con hordas de extranjeros que tapan con hierbabuena su nariz me lo confirma. Para huir de la peste y de los turistas me meto por una calleja serpenteante en la que encuentro un niño solo, mirándome y sabiéndome perdido, pero me intimida preguntarle. Al final de ese túnel veo la luz festiva que me conduce a una plazuela llena de trastos viejos, como los que trajinan con ellos. Ahora sí pregunto, estoy en la Plaza Seffarine, donde se hacen los calderos de cobre, de ahí el martilleo que anticipaba el alegre barullo de aquel lugar. Y como un mirón más miro, toqueteo sin querer y en media fracción de segundo tengo un chaval pegado a mis talones todo el rato que aún estaría allí, observándome sin pudor con la negrura viva de sus ojos, hablándome en francés, en inglés y en un español jamás estudiado pero mejor que algunos que lucen sus B1 y sus B2 prendidos de las solapas. Tanto es así que acabo comprando un chisme que no me hace ninguna falta y encima tendré que cargar hasta mi regreso a casa, pero reconozco que el tipo se lo ha currado. Entonces toma mi mano, que yo creí en gesto de despedida, pero al insistir en no soltarla veo como tira de mí hasta dentro de un bazar en la calle de al lado, de ahí a la trastienda, de ahí a un largo pasillo en penumbras del que creo que ya no saldré jamás, y entonces a un patio interior que parece la sala en la que Sherezade se sentó a explicar sus mil y un cuentos para que no la degollaran. A ver qué cuento yo para que no hagan lo mismo conmigo, pensé en aquel momento de inquietud.

IMAGEN 7 FEZ, abekoco

Diez o quince minutos después, y tras haberme zampado dos vasitos de té rebosantes de menta -y azúcar, más de la necesaria-, me escurrí dando muchas sukran y diciendo que tenía prisa por encontrar mi grupo en varias lenguas sin hacerlo con corrección en ninguna de ellas, muerto del apuro por irme en mitad del espectáculo de alfombras desplegadas en exclusiva solo para mis ojos. Juro que volveré, y juro en falso, como todos los que salen de allí hartos de té y sin un triste kilim bajo el brazo. Yo mismo me miento diciéndome que regresaré cuando tenga más tiempo y, sobre todo, más dinero en mi desolada cuenta bancaria. Pero huyo en cuanto puedo con mi perol de latón que estoy a un tris de ponerme a frotar a ver si me proporciona una alfombra voladora que me lleve finalmente a mi destino. O que adelante un par de añitos el invento del GPS en su defecto.

IMAGEN 8 FEZ, abekoco

Guiado por la inercia -y los pasos de otros desorientados como yo- desemboco frente a una puerta que me resulta familiar. Arco de herradura apuntado, protegido por un alero de piedra labrada y loza verde como el tejado que puedo ver desde abajo, un verde intenso que es el color santo del Islam, así que estaré junto a otra mezquita, una importante seguro. Es el mausoleo de Mulay Idris, claro, si lo he visto y lo he estudiado en mi libro de arte musulmán… El lugar donde se veneran los restos del santo patrón y protector de esta ciudad, de ahí que no pare de entrar gente con sus chilabas, sus caftanes y sus gorritos fez, esos rojos con borlón que compramos para disfrazarnos de moros -como los ingleses se compran el sombrero cordobés de plástico- y nos quedamos tan frescos. Idris I, si el fundador de Marruecos supiera en lo que se ha convertido esta santa tierra… no esta en la que paseo, sino la que la contiene, el planeta entero mil doscientos años después de su vida.

IMAGEN 9 FEZ, abekoco

Empezaba a filosofar cuando el sonido de mis tripas comenzó a recordarme el inefable paso del tiempo, y la más que probable preocupación del resto de mis compañeros de viaje. Mis caóticos pasos, como guiados por los efluvios del desvalido estómago, me condujeron hasta las mismas puertas de un mercado cubierto, pero no uno cualquiera, sino el más viejo de la vieja urbe, el del barrio de Fez El Jdid, aún no sé cómo me colé sin querer desde la antigua a la nueva medina, pero ahí estaba, a escasos pasos del actual Palacio Real y el barrio judío. Sigo pensando que la mejor manera de que se te quite el hambre es entrando en un mercado musulmán, y pido todos los perdones que se me puedan requerir por esto que he dicho, pero deambular entre los amplios pasillos abovedados de este espacio, único por otra parte, es toda una experiencia para los sentidos, los que aún sobrevivan después de su visita. Olor a sangre -fresca y seca-, a pescado -fresco y seco-, a pollos desplumados, a cabezas de cordero cortadas que aún parecen pedir socorro, a carne en bruto, a vida en bruto. Moscas alrededor de las viandas que espanta un paciente chaval con su cartulina, muchas.

IMAGEN 10 FEZ, abekoco

Salgo un instante para respirar aire de afuera -aturdido, lo confieso, como la heroína de una novela de Forster- y se me queda mirando una niña con ojos que cuentan la verdad universal, y no más de seis años. Juega con un gato famélico junto a un charquito de aguas sospechosas, y no puedo evitar encontrar pobreza y riqueza en todo lo que tengo alrededor, en sus manifestaciones más crudas o más desconocidas para mí. Y en ese charco, en ese gato y en la mirada de aquella niña está la gloria y la miseria de esta tierra que fue la Nova Hispania antes de ser sagrada capital del poniente del mundo árabe, de su fin del mundo. Arriba, ahí enfrente, la mirada secreta se esconde tras una celosía de madera, y me recuerda a las monjas de mi ciudad, preservadas del aire de la calle que no puede traer nada bueno, y en el cielo se pone un velo de humo oscuro que vendrá de alguna de las fábricas de azulejos que hay a las afueras, como un presagio. Un grupo de hombres charlaba tranquilo en una esquina, y me llamó la atención que no hubiera entre ellos nada más que aire y palabras -tal vez algún vasito de té-, dándome cuenta del tiempo que hace que no hablamos nosotros sin que haya algo de alcohol por medio.

IMAGEN 11 FEC, abekoco

Al verme perseguido por otro amable mercader salgo al trote por donde mi instinto me dice, y al final de la calle creo ver la puerta por la que este fauno se perdió hace más de tres horas en su infinito laberinto, pero no es la misma, debe ser otra. Recuerdo haber preguntado a una anciana que me sonríe con dos o tres dientes y me dice algo así como “samarine”, y en mi arrugado mapa veo que hay una puerta llamada Semmarine que conecta con la Melah, el barrio de los herreros. Por fin comienzo a orientarme al encontrar en el plano una línea que me pintó con boli la chica de la recepción, un hilito azul que unía la medina con mi hotel, su mundo con el mío, el sur con el norte; la cuerda que me salvaba de las mil y una amenazas que podía encerrar aquel enjambre de un millón de almas por el que me había extraviado -pobre infeliz sin el amparo del wifi-, y me rescataría para llevarme de regreso a mi habitación con aire acondicionado y tele de cincuenta canales.

IMAGEN 12 FEZ, abekoco

También recuerdo –recordar es lo que nos queda por el momento-, lo poco que me duró la alegría de haber llegado a tiempo del almuerzo con el grupo en el buffet, y lo mucho, sin embargo, que persistieron en mi memoria los colores, olores, sonidos, las voces, los ojos, los ecos del lugar en el que me sentí perdido, pero también encontrado, aquel día de hace ya tanto tiempo.

Firma de Ángel Quinta

 

Por:Ángel de Quinta

Ficha del autor:

Ángel de Quinta

Ángel de Quinta

Licenciado en Historia del Arte

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