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God bless the child

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Por Ángel de Quinta

No lo cuento por animarte, de verdad que no. Aunque si lo consiguiera, con que fuera por un momento…

Dorothy Parker estaba sola en su apartamento de Manhattan metiéndose otro Dry Martini entre pecho y espalda, mientras consideraba seriamente saltar por la ventana de un noveno piso, o décimo, da igual. Viendo cómo sería la caída, el golpe contra el asfalto de su maldita calle, la reacción de los viandantes, los gritos de horror, la sangre manchando el suelo, las sirenas de los coches de policía, de las ambulancias, los titulares de los periódicos al día siguiente, la reacción de sus amigos si es que aún le quedaba alguno. Soltó la copa y se puso a escribir.
Así podría haber nacido su Segundo poemario (Sunset Gun, 1928).

Fotografía de Billie Holiday y más personajes de la historia

As Dorothy Parker once said to her boyfriend, “fare thee well”…

Con esta frase empieza una de las mejores canciones de Cole Porter, Just one of those things. Aunque en realidad todas las canciones de Cole Porter son una de sus mejores canciones.

Hablando de Porter, en la cima de su carrera, cuando lo tenía todo -que es como decir cuando se dio cuenta de que no tenía casi nada-, una mañana cabalgando tuvo una aparatosa caída y tardaron horas en poder rescatarlo de debajo de su propio caballo. En el aburrimiento de la espera dicen que se le ocurrió una balada, como lo oyes, retorcido de dolores, con las piernas destrozadas y casi a punto de perder la consciencia se le vino a la cabeza la melodía de At long last love, alegre y burbujeante por demás. Lo mismo es una leyenda, no te extrañe. Años después, cuando tocaba fondo por culpa de la enésima operación, hastiado de andar en silla de ruedas y roto por el último abandono de su último amante, abrió el botiquín presto a apañarse un buen cóctel a base de Seconal y champagne francés, lo que es una despedida como dios, o el diablo manda. De pronto se detuvo, soltó las pastillas -pero no la botella-, se dirigió hasta el piano y empezó a componer el musical más divertido de toda su carrera.

Así pudo haber concebido Kiss me Kate (1948)

¿La pena inspira? No lo sé, imagino que habrá autores, pintores, compositores, actores que hayan tenido una vida plácida y estable. Pero es que ahora no se me ocurre ninguno. El tormento, la soledad, el abandono o la incomprensión parecen ser parte importante de la receta de la genialidad absoluta. Pobres, lo mal que lo tuvieron que pasar para hacérnoslo pasar tan bien a los demás. Y si no que se lo pregunten a Frida. O a Chavela, que no las junto porque sean mexicanas las dos, sino por cómo me recuerda el suplicio de una al de la otra, y toda la belleza que ese dolor mayúsculo llegó a engendrar.

La imagino postrada en su habitación de hospital, esta vez del Henry Ford de Detroit, lejos de su Coyoacán querido, un cuarto blanco y gris al que arrancó las paredes de cuajo para poner la cama en medio de un paisaje industrial, con la figura de su feto abortado flotando en un indolente cielo azul. La amargura en estado puro dentro de un cuadro que estremece con solo mirarlo.

O lo pinto o me muero. De esta manera pudo haber creado su célebre lienzo Henry Ford Hospital (1932). Igual que todos los que hizo, asida a los pinceles como a una amarra.

Cartas Manuscritas

Agarré el cielo con las manos, con cada palabra, cada mañana” dijo Chavela Vargas sobre sus días con la pintora cuando esta ya se había ido “al lugar donde debería estar, a su dimensión maravillosa de artistas”, según sus propias palabras. ¿A alguien le cabe alguna duda de que la grandeza, la hondura de esa voz viene del sufrimiento adherido como una lapa a su faringe? Y de los litros de tequila que la regaron, también. Del desamparo de cuando niña, del rechazo de sí misma y de los demás, de la incomprensión, del abuso, de la soledad que fue su única compañera hasta el final. “Y si quieres saber de mi pasado” se titula la biografía con la que comprendí por qué se siente uno así cuando la oye cantar.

Escapando de los rigores de la mala estrella, buscando refugio en un mundo de belleza blindada en el que solo se puede entrar con la única llave que abre esa puerta secreta, la de la fantasía de uno mismo.

Beethoven estaba perdiendo el oído, que era su pan y su sal. No lo quería afrontar, trataba de pensar en cualquier otra cosa para ahuyentar el miedo que tenía, pero un zumbido pertinaz acallaba las melodías dentro de su cabeza despeinada, inmisericordemente. Aún no se lo había confesado a nadie tal vez por miedo a que si lo decía en voz alta dejaría de ser una pesadilla para volverse real, y los médicos no ayudaban mucho, demasiada música, le decían. Cada vez percibía menos las notas agudas y por eso sus piezas se fueron haciendo más oscuras, más hondas, como reflejo de su propia existencia.

¿Cómo podría aceptar una enfermedad en el único de los sentidos que, en mi caso debe ser más perfecto que los otros? dice en el Testamento de Heiligenstadt, en el que también cuenta cómo consideró acabar con todo. Ideando formas de morir para ver si así se encontraba de nuevo con el silencio del que fluye la armonía, queriendo poner fin al sufrimiento y la desdicha de una vida sin música, aquel día, acariciando las teclas del piano, se le ocurrió otra forma de hacerla.

Así pudo haber compuesto la Sonata para piano nº 14, conocida como Claro de luna (1801). Ahora la estoy escuchando y pienso en la desgracia de quien no pueda hacerlo.

En una celda de la madrileña cárcel de Torrijos, el recluso Miguel Hernández Gilabert buscaba como loco un trozo de papel para contestar una carta, sin poder encontrarlo. ¿Quién puede privar a un poeta de libertad y de papel? Así pasaba los días más negros de su vida y también de la nuestra. Todavía hoy nos alcanza esa negrura.

“Cantando espero la muerte, que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas”.

Texto escrito a mano

Leía y releía las palabras de su esposa hablándole de su hijo y de las necesidades que estaban sufriendo. La angustia de lo que pasaba dentro de aquellos muros amasada con el suplicio de lo que pasaba fuera, y no tenía dónde escribirla. Parece que acabó por dictarle las palabras a un amigo, ignorando, el pobre, que las íbamos a estudiar en los institutos de una España en libertad.

Con lágrimas en los ojos y en el corazón, sin saber si volvería a abrazarlos otra vez, con las esperanzas colgando de un hijo y sus manuscritos ardiendo en la pira de la intransigencia.

Nanas de la cebolla (1939). Mira lo que hizo.

Después vino Serrat a ponerle voz y música a los versos más pobres y más ricos que se han escrito, y a ayudar a que no los olvidáramos nunca.

Casagemas se pegó un tiro por amor desesperado, y su colega Pablo pintó el dolor en colores azules y grises porque no encontró mejor forma de pasar el luto. 20 años y la vida por delante, en una calle de París estaba el estudio que compartían los dos, y en otra el museo donde cuelga una pintura en la que él quiso arrojar su pena, autorretratar la melancolía y cambiar, ya de camino, la historia del arte.

Cogiendo la tristeza por los cuernos empezó a pintar el Autorretrato en monocromía azul (1901).

Autottetrato en monocromía azul

La adversidad se planta ante nosotros en un callejón sin salida, se cree que puede ganarnos, pero mira si se equivoca. Riéndonos de ella, ignorándola, aguantándola y siguiendo adelante como si nada, ya lo dijo Terence Rattigan harto de la desconsideración de los críticos que menospreciaban sus escritos, la mayoría por no poder soportar que un homosexual no se avergonzara de serlo en la Inglaterra de mediados de siglo, “…aspiro a conseguir algún día lo más difícil, la elegancia bajo presión”.

Oscar Wilde, elegancia bajo la presión que ejercen la traición, la vergüenza y el escarnio sobre los cuerpos y las almas. En la inmunda tiniebla de la prisión de Reading, a punto de ahogarse en un océano de miseria y autocompasión, fíjate en lo que hizo.

De profundis (1897).    

“Señor, dame valor y fortaleza para contemplar mi cuerpo y mi corazón sin asco”

Su casa se convirtió en su mejor inspiración, por eso casi todos sus dramas sucedían dentro de aquellas grandes, destartaladas casonas de madera de roble sureño, detrás de las puertas cerradas con cuatro candados. Tennessee Williams lloró, gritó y maldijo en silencio la locura de su adorada hermana Rose y lo fue vertiendo todo, poco a poco, en su vida, en su obra y en su vaso. La culpa por no haber evitado la catástrofe –una lobotomía que la enajenó para el resto de sus días- lo mató por dentro. Pero cuánta vida fluyó de aquel pesar.

Juntando las piezas de su tormento escribió El zoo de cristal (1944).

“No te rías jamás de la locura. Es peor que la muerte”. Las palabras de su hermana se clavaron en su corazón y en su cabeza, también en cada renglón que escribió después.

La locura de Van Gogh fue peor que su muerte, pero nos regaló cielos de azules que nunca jamás existieron. Y noches estrelladas, y campos de trigo con bandadas de cuervos que salían huyendo de entre sus mismas sienes. Pensar en todo lo que hizo cuando vivía entre un manicomio y otro, y en los banquetes que se habrán pagado a su costa… Lo que se ha tenido que reír dentro de su pobre ataúd, cojo de una oreja.

Eleanora Fagan creía que no servía para nada. Así se lo hicieron saber desde que de niña vagaba por las desoladas calles de Baltimore. El padre que la abandonó, el cerdo que la violó, la madre que la desatendió; le pones un poco de hielo y unas cuantas píldoras y ya. Añade unos cuantos picos de heroína para que la voz pudiera salir de la garganta herida de Billie Holiday, que es como se quiso llamar para olvidarse de toda aquella miseria, hasta de su propio nombre.

Entre trago y trago, temiendo que llegara la hora de tener que salir al escenario, esperaba temblorosa a su camello en el camerino. Después de la paliza de uno de los chulos que comieron de ella quiso acabar de una vez por todas, con aliñar un poco más la jeringuilla sería suficiente. Pero esa mañana la resaca le susurró una melodía a su mente abatida. Así fue como escribió, quiero suponerlo, God bless the child (1939).

Dios bendiga al niño que sale adelante sin ayuda de nadie.

Y a quien de la desdicha extrae belleza, a todo aquel que es capaz de seguir su camino después de una caída, y de otra.

 

Firma de ángel de Quinta

Por:Ángel de Quinta

Ficha del autor:

Ángel de Quinta

Licenciado en Historia del Arte

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