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Humanos el Apocalipsis, el circo de los horrores

El circo de los horrores / Grazie Magazine

Apocalipsis: EL CIRCO DE LOS HORRORES

Por Francisco Javier Zambrana Durán

El esperpento de nuestra existencia

Ruido, tensión, danza, saltos, miradas perdidas. Todos se mueven, no existe un foco en el escenario. Todo cobra vida, salta por los aires, se desvanece bajo la tarima. La monstruosa muestra de equilibrio hace las veces de pausa, pero nada termina por zanjarla. ‘‘Solo habrá un respiro cuando el final termine’’. Decenas de clanes, tribus, personas que antes eran como nosotros, se convierten en salvajes, en seres agarrados al clavo ardiendo del fin del planeta Tierra. Conservan su símbolo galán, su belleza, pero no su cordura, porque esta se marchó hace años, cuando lo que conocemos como ‘mundo’ murió. No hay calma, no hay ausencia de movimiento, ni siquiera de sonido. Gritos, tambores, tacones, invocaciones… Es esperpéntico, es caótico, pero sobre todo apocalíptico.

Una grada repleta de público sostiene la atención sobre el escenario principal, donde un señor con un peinado ciertamente especial, hace acto de presencia, baja de un vehículo y se transforma. Reluce bajo la luz de los focos el poco saber estar que resta en el interior de un ser devastado por el fin de la existencia. Con un micrófono en sus manos, recorre el escenario, humilla a quienes atentamente añoraban volver a verle. Es entonces cuando no queda persona que no se sienta parte de la disposición cómica, del caótico diálogo silla por silla, del humor llevado al extremo, quizá al infierno.

El panorama se observa desde otra perspectiva por parte de aquellos que surcan los cielos, que se juegan el todo por el todo con saltos inauditos. Para ellos, si la Tierra ardiera, no sería un problema; se mantendrían a una distancia considerable. Tampoco lo sería para quienes bajo el azul viven, para aquellas que, una vez acabada la esfera sólida, residieran en los fondos marinos y conservasen la base de nuestra existencia: el agua. Tan solo unos cuantos tendrían miedo, y se consumirían bajo el insoportable clima que haría de la bola con continentes una de fuego, una nueva estrella.

El rock ilumina la sala, la hace partícipe de su fuerza, y mientras atruena el Welcome to the Jungle de Guns N’ Roses en directo, el respetable se mantiene absorto ante la espectacularidad de lo que ante ellos se postra. No hay orden, no hay caos, no hay definición para tal frenesí desatado en una sala, en un circo. Si verdaderamente surgiera el Apocalipsis, se quedaría corto con respecto a este espectáculo. Sería más leve, más ordenado, más calmado.

El circo de los horrores

Cómo combinar la sonrisa con el pánico y la desesperación es un reto que pocos se plantean, y que, sin embargo El Circo de los Horrores consigue plasmar en cada una de sus funciones. Nunca una será similar a la otra, ni siquiera tendrá un parecido, ya que se caracterizará por una improvisación clara de la que el público formará parte. Habrá tensión, habrá sensación de miedo en algunos instantes, de temeridad por la integridad de los profesionales que llevarán al circo a los extremos, pero bajo ningún concepto terror. Únicamente exceptuando el real, el que Apocalipsis nos muestra como una prueba de nuestro actual planeta.

La disposición de nuestro ecosistema está basada en esta representación en distintos puntos, en diferentes clanes que forman el nuevo mundo decaído en el que se volverá a los orígenes. Existen aún los maoríes, donde mediante el Kapa o Pango invocan a sus dioses y hacen gala de saltos y acrobacias inimaginables. Pero también los infectados, que representan la pérdida del saber estar y muestran su deseo por la muerte jugando con la precisión de las dagas. Habrá hueco para las damas del agua, y para las los pájaros, quienes, desde el cielo, observarán el mundo. La humanidad cambia por completo, y se dará paso a un éxtasis presente en cada segundo, a una desesperación constante que se moverá guardando el equilibrio sobre la fina línea que separa la vida de la muerte.

Ante este panorama, la única solución que quedará para los seres humanos será la de huir, la de esperar que el final los destruya, los convierta en algo nuevo. Reiniciarse, volver al pasado, comenzar con una nueva oportunidad. No habrá una salida para el horripilante devenir que les espera, que nos espera.

Apocalipsis es la muestra de nuestro tiempo presente y de sus frutos. En una sociedad líquida que no valora lo natural y propio del ser vivo, las personas solo recapacitaremos acerca del daño que le hacemos al planeta si este nos paga con la otra cara de la moneda. La única elección, según nos enseña, es la de reflexionar, la de llevar nuestro día a día por un sendero distinto al que tomamos habitualmente, y así no ser partícipes de la muerte de nuestro lugar de vida.

Durante años disfrutaremos del humor, nos olvidaremos de los problemas, pero no conseguiremos solventarlos a menos que los encaremos. Está en nuestra mano, tal y como es plasmado en la obra, devolver al planeta lo que nos ha dado, valorar lo que se sitúa a nuestro lado, amar lo que es cedido a cambio de nada, y respetar la naturaleza. El resto de prácticas únicamente nos conducirán a ser parte de una caída sin frenos a una devastadora superficie donde el humano deberá renacer. Donde tan solo podrá esperar a que los volcanes no rujan, a que las montañas no se derrumben, y a que el mar mantenga la calma.

No será terror lo que muestre este evento, sino el descontento, el desorden que hoy día se mantiene presente. Y es que, cuando las luces caigan, y la sonrisa ilumine el rostro de los asistentes, todos serán conscientes de que lo que han visto no era el fin, sino una muestra más de nuestra actual vida. Una esperpéntica, caótica, pero, sobre todo, apocalíptica.

El circo de los horrores / Grazie Magazine

 

 

 

 

 

 

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