Compromiso Social

Interiores

Interior de ventana con maceta

Por Ángel de Quinta

Miro mi calle vacía a través del cristal. No sé qué espero, nadie va a salir silbando por la puerta como yo cada mañana hace tan poco, ni el cartero comercial tocará el timbre para dejar folletos, ni las maletas de los turistas redoblarán con sus ruedecillas sobre el pavimento, ahora tan limpio, ni un papel en el suelo, ni una colilla. Nadie. Nada.

Horas y horas por delante para llenar de otra forma, de un modo que desconocías un mes atrás, y aunque quieras ahuyentar el impulso, deseas saltar con pértiga las páginas del calendario, burlar las baldosas numeradas que separan un día del siguiente, y del otro, y del otro. Huyes del miedo y la ansiedad sin darte cuenta de que es mejor quedarte ahí a su lado, conociéndolos, conociéndote, midiendo distancia y resistencia a ver quién puede más.

RELOJES

Inmediatamente inventas algo para la hora siguiente, siempre encuentras una tarea que te ocupe y das gracias por ello. Y das gracias por estar sano porque muchos no lo están, y por no estar solo cuando muchos lo están, te han encerrado en una casa con jardín y terraza, con comida en la nevera, junto a quien más quieres, ¿qué más quieres?.

Cuántos lunes deseaste quedarte en la cama un poco más, remoloneando, fantaseando con no tener que levantarte, arreglarte y salir a la arena de la batalla diaria, con cambiar de sentido en la autopista de la existencia y parar en la cuneta, mirar el cielo, mirar cómo pasan los coches con el mismo brío que solía impulsarte, pero hoy no.

Cuántas veces añoraste tener tiempo para empezar ese libro de mil páginas, ver esa película que lleva siglos criando polvo, escribir sin prisas ni plazos que te achuchen, escuchar ese disco como si fuera el único que ocupa el estante. Pues cuidado con lo que deseas.

Bomarzo, años y años decorando la repisa con su precioso lomo castaño y sus letras doradas. Qué vergüenza quererse escritor y no haberlo leído. Ulises, este es el momento, te han tenido que confinar para que pases de la página treinta -qué vergüenza-, mira, Silencio, de Shusaku Endo, me acuerdo de la ilusión con la que me lo regalaron y cómo fui aplazando su lectura sine díe, que nunca era buen momento para zambullirme en las tribulaciones de los jesuitas en el Japón del XVII. Después hicieron la película, pero tampoco la vi, este podría ser el momento.

¡Silencio! En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle… Bernarda decreta un confinamiento brutal a sus pobres hijas que temen convertirse en breves bellezas muertas, como cantaba Lole.

Eso sí que era un confinamiento hombre, lo de ahora no es nada, una crisis pasajera, y ya sabes que en chino crisis significa oportunidad, la de veces que nos lo habrán dicho. Vamos, repítelo como un mantra, oportunidad, esto es una oportunidad…

Sillas y mesas de madera en la calle

Mejor una comedia, hay que aligerar el encierro y para dramas ya están las noticias de cada día. El Guateque, cuánto tiempo hace que quiero volver a verla, ¿Annie Hall? si casi me sé cada línea del guion. Al lado una que tiene aún el precinto de cuando la compré, Interiores, de los días en que Woody Allen quiso ser como Bergman. Esa.

Descubrimos cosas de nuestra casa, de cada cuarto, que antes nunca habíamos visto porque no había tiempo de reparar en nada que no fuera inmediato y productivo. Miro un cuadro que colgamos hace veinte años y ahí sigue, pienso por qué está ahí y cuánto hemos cambiado él y yo desde entonces. Observo mi único escenario de ahora, paciente y generoso, siempre estuvo aquí, aguardando, mientras lo ocupábamos ocasionalmente saliendo y entrando todo el rato. Muebles, cortinas, plantas, fotos, cada uno con su historia esperando ser advertidos algún día. Lámparas que iluminan lo que antes no veíamos, espejos que reflejan lo desconocido.

Y a través del balcón el vecino al que casi ni conocía y ahora es mi amigo más preciado, y no necesito hablar con él, sólo con ver que sale a regar o a sacudir las migas del mantel ya me basta. Es como mi Viernes, si esto fuera una isla y yo un Crusoe, la constatación de que hay vida más allá de mi ventana, y que sigue adelante, que todo sigue. Un simple saludo con la mano es agua en el desierto de estos días silentes, o mi pelota Wilson en el naufragio aquel de Tom Hanks.

Ahora cierra y mira adentro. Viaja adentro, ¿no estabas cansado de volar en low cost? Pues tómate el tiempo que se te ha concedido para explorar los vericuetos de uno de los destinos más excitantes aún por conocer, tu yo mismo, y en primera clase. Un crucero todo incluido por los mares de tus adentros. Reza, o medita, que es como rezar pero sin dios, y prepara la mesa con tiempo, recoge los platos con calma, limpia la casa y estira las sábanas con más cuidado que nunca, ora y labora, y agradece cada segundo de vida, cada gramo de oxígeno que airea tus pulmones. Pon tus recuerdos en fila, los buenos y los malos, y habla con ellos sin miedo, en voz alta, total, nadie te va a oír. Escucha por una vez tu corazón, que sólo se puede hacer en el silencio absoluto. Claro que cuesta, por eso es tan bueno.

Puertas abiertas dentro de un campo con arboles en flor

Hace poco lo refería un autor sobre los días extraños que vivimos, pero se le ocurrió al filósofo Pascal hace trescientos y pico de años: todas las desgracias del hombre derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo, en una habitación… Bien es verdad que esto era más fácil en aquellos tiempos, sin la cantidad de anestésicos de los que hemos ido haciendo acopio y a los que nos aferramos como al tablón aquel del Titanic. Fronda espesa que no nos deja ver el bosque, y no la queremos cruzar por temor a que no nos guste lo que hay dentro. Pero entra hombre, ¿a qué esperas?.

Ahí está la oportunidad de la crisis, mirar adentro y sentarse a hacer nada, que llevamos un millón de años haciendo de todo, mirar la pared sin importarnos lo que haya detrás, sabiendo que la vida es corta y el mundo inmenso, pero hallando esa inmensidad en el inocente sosiego del cuarto de estar. Dos vueltas de llave a la cerradura, dar cera y pulir cera al alma reseca, respirar con consciencia, comer con consciencia, querer con consciencia, lejos del ruido y del bullicio, y esperar sin avaricia que otros días vendrán, y otros más y serán aún mejores gracias a estos de ahora. Que no se ama más la vida que cuando se teme perderla, no me digas que no.

Ay el temor, el miedo que nos hace a todos iguales, cada uno con el suyo, con los suyos, pero siempre con la esperanza cerca, el rayo que luce cuando más acurrucados estamos, con la confianza de que todo esto pasará, esto también pasará. Pero mientras tanto seguimos deambulando por las estancias del extraordinario mundo del interior, con la cadencia de un reloj que parece atrasar, con la certeza de que no necesitamos nada más que lo que nos hace falta, con la seguridad de que la adversidad nos hace más ricos y más grandes, con la fe en la bondad del ser humano y el convencimiento de que, aunque parezcamos reposar en el letargo de un coma inducido, hoy estamos más vivos que nunca.Aquí, ahora, adentro.

Mirando a traves de un agujero

 

Ángel de Quinta

 

Por:Ángel de Quinta

Ficha del autor:

Ángel de Quinta

Ángel de Quinta

Licenciado en Historia del Arte


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