Conciertos y espectáculos

KOOZA, la coronación del SOL

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KOOZA, la coronación del SOL

POR: Francisco Zambrana

Amaba volar aquella cometa siguiéndola, atento, en la oscuridad. Con un pijama de colores se paseaba por el círculo, imaginaba lo que sería su vida, aquella que soñaba en lugar de vivirla. No tenía nada, no era nada, solo, simplemente, un pequeño niño con la esperanza de encontrar el más mínimo detalle que le animara a seguir. Copado por los prejuicios, por el no saber cómo divertirse de la forma más sincera y fiel a sí mismo, aguardó con paciencia la llegada de algo que le cambiara.

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Lo que jamás esperó es que, de aquel mundo de ilusiones que cualquier persona tiene en su interior, surgieran las representaciones de lo de lo ordenado, de lo sistemático y, por supuesto, de lo arriesgado. Que de la caja de sus mejores sueños, partieran los pensamientos más íntimos, los más sencillos, y, a la vez, elaborados. Sí, que se alzase Kooza, su fantasía circense.

Sin esperarlo, las luces se vinieron abajo y el público comenzó a aplaudir. Ciertos focos pusieron la atención sobre tres payasos que buscaban romper el hielo junto al respetable. Mientras las palomitas de uno caían, el otro trataba de poner en orden el escenario, apagando y encendiendo las alarmas que lo rodeaban. Al más puro estilo de los clásicos del circo tradicional, el Cirque Du Soleil inauguraba su carpa en la Costa del Sol.

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En un ejemplo de armonía constante, los profesionales fueron capaces de cambiar una sonrisa por un momento de tensión. Una pareja contorsionista inauguró la tarima sobre la que danzarían varios diábolos en un equilibrio tan extremo como perfecto, e incluso un monociclo sobre el que se buscaría el máximo equilibrio entre dos personas. Lo que fuera necesario para conseguir ser coronado como el rey o reina de la función.

La carpa, dispuesta junto al Palacio de Ferias y Congresos de la ciudad costera, se tiñó de un tono oscuro y vació su lado más sincero y tenebroso. El equilibrismo de cuatro especialistas sobre bicicletas apoyadas en una fina cuerda levantó a parte de los asistentes, que, perplejos, asistieron al plato fuerte de la noche, aquel que debía poseer medidas de seguridad específicas para evitar una tragedia que no tuvo lugar.

El silencio se apoderó de la escena. En ese preciso instante no fue necesario el afán de instantaneidad que copa nuestra existencia cada uno de los días, sino que la tensión fue protagonista. Los móviles se apagaron, pocos se atrevieron a grabar, a perderse por medio de una pantalla lo que tenían frente a ellos, la genialidad que se postraba a escasos metros. Esa que los que la protagonizaban parecían hacer sencilla.

Sin embargo, no todo lo grandioso fue digno de destacar. Los pequeños detalles determinaron el paso hacia la grandeza circense que plantea en cada una de sus funciones el símbolo de esta industria. Múltiples juegos lumínicos, música en directo con voces que erizaban la piel y una batería que emulaba la coordinación de Ulrich fueron también protagonistas, de hecho, sirvieron como transición entre los momentos de mayor espectacularidad y los de más sencillez. Consiguieron, en un alarde de genialidad, hacer con lo más mundano algo titánico, algo que merecía la corona.

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Lo cotidiano, fácil de conseguir y siempre utilizado en este tipo de representaciones fue lo que pusieron de manifiesto sobre el círculo oscuro en el que se narró la historia. Sobre sillas apiladas se buscaron las figuras más excéntricas, sobre dos ruedas metálicas, los saltos más extremos; y, sobre trampolines, la caída más exacta. Un leve saludo hacia la tribuna de los fotógrafos, quizá esperando la instantánea eterna de Fernando González, terminaba cada una de las funciones, de las exhibiciones legendarias de quienes parecían estar ya fuera de los humanos, de los normales.

El ímpetu con el que se abrió fuego quedó mermado en cuestión de segundos por un leve descanso, por una caída de la tonalidad que demostró que los ejes centrales eran otros. Tras haber sido testigos de la grandeza de quienes con trabajo constante habían desafiado las leyes de lo común, y, en ocasiones, de la gravedad, aquel niño que jugaba inocente con su cometa parecía ser ahora sinónimo de la más pura insignificancia.

Junto a los genios, él no destacaba. Era normal. No tenía habilidades especiales, no representaba a un colectivo, ni siquiera se esforzaba por aprender de los personajes que habían emanado desde lo más profundo de su imaginación. Él era fiel a sí mismo, rechazaba lo que temía, lo que le parecía demasiado, y no se esforzaba por coronarse como el mejor, sino que únicamente disfrutaba viendo cómo el resto triunfaba.

Seguía amando volar aquella cometa en la oscuridad, disfrutando de la soledad en la que se sumergía en sus sueños. Adoraba aquellas noches de gloria en las que vivía inmerso en una realidad mágica, distinta, una que solo con su imaginación podía crear. Vivía con un solo foco, con ausencia de palabras y plenitud de emociones. Con una mirada perdida que simbolizaba la inocencia. Con una cuerda y un rombo alterado en sus vértices. Con la clara predisposición de no querer ninguna habilidad, pues no le era necesaria.

Y es que, pese ese a ser él el verdadero rey de aquella estampa coloreada sobre la carpa azul y amarilla, pese a ser dueño de lo allí reunido, continuaba estando orgulloso, únicamente, de ser él mismo. De ser normal, desde fuera, pero inspirador desde dentro.

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Francisco Javier Zambrana

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