Realidad Medioambiental

LA ESTACIÓN DEL DESPERTAR

Cisne despertando en primavera

LA PRIMAVERA HA VUELTO

Por Celia Benito Quislant

La primavera ha empezado este invierno y, aun cuando hay peligro de que regresen las heladas y petrifiquen la savia en las ramas de los árboles más audaces, el corazón sin embargo se expande, se alegra y una especie de luz interior nos da la fuerza necesaria para acometer cualquier tarea. Es la fuerza de la renovación. La Naturaleza sabe hacerlo sin ayuda de nadie, cada año, como un reloj, regresa la primavera y todo vuelve a renacer: las especies vegetales dormidas, las tiernas camadas de animales, los cielos, los paisajes monocromáticos que mudan de tono cada semana. Amarilla, blanca, después azul, roja, morada. Todo es exceso durante la primavera.

La estación del despertar juega con los niños a volverles del revés, a unos entre colores vivos, destellos de sol entre las ramas y, a otros, ya adolescentes que despuntan adultos, les martiriza en laberintos hormonales que les hacen sonreír a todas horas sin razón aparente y perseguir el amor como seres desnortados. Los poetas se consumen con la primavera. Miran por la ventana el ocurrir de las cosas a una velocidad que no es humana y se atragantan queriendo gozar cada minúscula sorpresa: la yema del castaño de indias que asoma; la atrevida flor del pruno y del almendro; las vecinas en minifalda y los chicos en pantalón corto  que no se miran a los ojos porque se envían mensajes crípticos de amor enredados en otras redes menos táctiles y más digitales. Amor, amor, amor,… todo huele bien en primavera para los niños, para los adolescentes y para los contempladores de vida que han pasado la barrera de los 70 y que semejan encinas sabias, robustas, a las que nada puede vencer, ni si quiera la primavera.

Duele la estación cuando uno ya no es niño, ni adolescente, ni persona sabia que peina canas y cuida nietos. Pesa la estación cuando navegamos por caminos errados, o por senderos que no conocemos y que no hemos elegido. Cuando el río de nuestra vida nos arrastra sin que tengamos fuerzas para dirigir la corriente. Y somos aquellos a los que las encinas contemplan caminar sin rumbo, con los hombros hundidos hacia delante, caminando con la inercia del cobarde que no se atreve a tomar decisiones, ni siquiera la de marcharse. Es así la primavera: loca, atrevida e impía. 

Flor en corteza y trebol

La Savia, la luz, el aroma de las flores, el rocío de la mañana y la falta de escarcha. La luz de la luna en las noches que se alargan y los amaneceres tempranos que deshacen las últimas heladas. Todas estas cualidades de la estación habitan también en seres como nosotros, en los seres de primavera. Estar a su lado es tener una fuente inagotable de energía para cambiar el mundo. Muchos no comprenden cómo pueden sobrevivir llevando la primavera dentro. Cómo son capaces de guardársela en el corazón y no reventar por dentro. Ser primavera y no morir. Tener la luz y la sabia y la energía y el fragor de la pasión y no aparecer en la calle muerto entre pétalos de almendro enredados en el pelo y con tallos de higuera asomando por los bolsillos.

Yo les he visto caminar con el sol de frente, les he escuchado dar los buenos días y sonreír, y preguntarle a los demás: ¿Qué tal estás hoy? ¿Cómo fue la operación de tu padre ¿Aprobó tu hijo los exámenes? Haga el tiempo que haga, ellos siempre reparten calor. Los seres de primavera están ahí, entre los demás, y se cruzan con los niños y los adolescentes idos; con los ancianos venerables; con las mujeres sensibles y los hombres dulces. Contagian su primavera eterna y pasar por su lado calienta el alma. Cuando se crucen con algún ser de primavera respiren hondo, aprovechen ese chute de alegría y de inspiración y disfruten de su compañía para hacerle frente a todas las primaveras locas que estén por llegar. Es la manera más bonita que conozco para sobrevivir no solo a la estación por excelencia, sino a la misma vida.

Ahora que ha llegado la primavera y contemplamos los últimos latigazos del invierno encerrados entre paredes que nos impiden la caricia del aire fresco, es cuando más deberíamos convertirnos en seres de primavera. Esta pesadilla llena de enfermedad, dolor y aislamiento debería ser el abono para que floreciera la semilla interior de primavera que todos llevamos dentro. Pasará la nube negra repleta de virus inconscientes y aterradores; pasará y dejará un rastro inolvidable, pero los que estamos, los que permaneceremos en este nuevo mundo que todavía nadie conoce, seremos capaces de generar la primavera que hemos abonado durante tantos días de introspección. Este año, la primavera empezará en verano y le daremos la bienvenida entre yemas, pétalos y azul.

Petalos de rosa azules

 

Firma de Celia

Por:Celia Benito Quislant

Ficha del autor:

Celia Benito Quislant

Soy esencialmente creativa y positiva.

Grazie Magazine una revista de colección
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