Compromiso Social

LA TAZA DE CAFÉ

Cabecera la taza de café

Por  el padre Ángel

Creo que venimos a este mundo a dejarnos querer y a seguir queriendo mucho a los demás. Todos los días me levanto y hago mis rutinas de aseo, desayuno, leo la prensa… pero con la pandemia, mi rutina ha cambiado en algo que para mí era de verdad importante y un gozo: ir a la iglesia de San Antón a las 7.30 de la mañana  a dar los buenos días a los “sintecho” que desayunaban allí, sin saber exactamente dónde y cómo han pasado la noche. Sé que algunos lo hacen entre cartones, otros en portales o en parques y los más afortunados en albergues. Ahora, con la pandemia, ya no podemos dar desayunos en San Antón, ni cobijo a los “sintecho” y ese momento del día, cuando les decía los buenos días y los veía ahí, tomando una taza de café caliente con algo para comer me reconfortaba tanto a mí, como a ellos. Lo echo mucho de menos.

Hoy, por las normas covid que San Antón debe cumplir, los desayunos se reparten en bolsas individuales desde la ventana que da a exterior, a la calle Hortaleza, en este barrio de Chueca al que tanto cariño tengo. Todos aguardan la cola, manteniendo la distancia de seguridad, esperando ese desayuno que ya no es igual. Hoy no ha llegado el frío todavía, pero me mortifica pensar en que este invierno sigamos repitiendo esta rutina que ya no reconforta de la misma manera. No era solo la taza de café caliente, sentados delante de una mesa improvisada con un mantel blanco y cubiertos. Era la escucha. Cuántas veces he escuchado de los labios de las personas que venían a desayunar, o a rezar, o a estar un rato en paz,  la frase: “gracias por escucharme, Padre”, porque sólo necesitan eso: una persona que les escuche y les de amor. La soledad mata más que el hambre, ya lo decía mi querida Teresa de Calcuta, y es verdad. Cuántas personas mueren solas y ni siquiera se las encuentra más que en el momento de abrir el testamento. A todos ellos les quiero mucho y ese amor que les doy, me viene devuelto a mí también.

fotografía de el padre Ángel en su mesa camilla

No deseo que esta iglesia de San Antón deje de ser un hospital de campaña a pesar de que tengamos que cumplir con las normas mínimas de aforo y con la distancia entre los bancos. San Antón tendrá las puertas abiertas siempre a todos aquellos que necesiten ser escuchados y reconfortados. Esta iglesia seguirá siendo un hospital de campaña. Lo veo todos los días y no sólo en los pobres, en los descartados, en los sintecho; lo veo en las personas que se sientan a hablar conmigo en las mesas camilla y me cuentan lo que sufren, lo solos que están. “Abrid los templos para que la iglesia pueda salir a la calle y que la calle pueda entrar en ella”, dice el Papa Francisco, “Tened los templos con las puertas abiertas en todas partes para que todos los que buscan no se encuentren con la frialdad de unas puertas cerradas”.

Algunas veces se les han cerrado esas puertas a muchas personas. Me refiero a los homosexuales, a los divorciados, a los hijos de madres solteras... Precisamente las personas que más necesitan ser escuchadas y bendecidas ¿Cómo no voy a bendecir la unión entre dos personas que se aman? ¿Cómo no voy a bendecir a niños que no tienen padre? ¿Cómo no bendecir a personas rotas por una separación matrimonial? Si bendigo animales en San Antón haciendo honor a su patrono, bendigo a las personas que vienen en busca de aliento y de amor.

Fotografía del padre Ángel en el altar

Como tantas veces he dicho: prefiero pedir perdón a pedir permiso. Cuando he bautizado al hijo de una pareja de lesbianas lo hago sin pedir permiso y si me riñen pues pido perdón, pero al menos no he faltado al voto de la obediencia. Si no lo hubiera hecho así, no tendría San Antón, ni Mensajeros de la Paz, ni ningún proyecto de los que hemos puesto en marcha. Nuestro motor en Mensajeros de la Paz es el amor, el amor hacia los demás, el amor entre nosotros y sobre todo, el amor de Dios que sabemos que todo lo inunda. Ojalá pudiera dar esa taza de café de nuevo a quienes entran en San Antón y estar un rato con ellos hablando y mirándoles a los ojos, aunque fuera con mascarilla.

Firma de el padre Ángel

Por:Padre Ángel García Rodríguez

Ficha del autor:

Padre Ángel García Rodríguez

Padre Ángel

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