Compromiso Social

LOS LOCOS AÑOS 20 / Ángel de Quinta

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¿Somos conscientes de que vivimos en un puente? Y no

me refiero a un fin de semana largo o unas vacaciones

permanentes, ojalá. Un puente entre dos tiempos, dos

épocas, dos números, 19 y 20. ¿Estás preparado?

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¿Serían conscientes los romanos de que estaban en el tránsito entre la Edad Antigua y la Media? ¿Imaginaríamos el 31 de diciembre de 1491 que estábamos a punto de dar un salto al mundo moderno? ¿Tendrían idea los últimos renacentistas de que iban convirtiéndose en barrocos? Tal vez el primero al que le pidieron que rizara un poco aquella columna…

Pasos lentos, tic tac, tic tac, y sin darnos cuenta, empujados suavemente por la aguja del carrillón invisible alcanzamos metas que se van quedando atrás, y más atrás, hasta que las pierdes de vista. ¿No recuerdas aquel miedo milenario de 1999? Yo sí, como si hubiera sido ayer, creíamos que todo se pararía, relojes, ordenadores, alarmas… pobres infelices, ahí debería estar el miedo, en que nada se detiene nunca, todo corre, todo fluye, el barco sigue navegando con o sin nosotros a bordo. No se para.

Cuando uno cierra la puerta del 2019 otro va y abre la del 2020, un número redondo, como para pedirlo al lotero, que seguro toca. Un número con significado en la memoria colectiva, al menos en la de los que hemos vivido los años veinte en las canciones, las películas, las novelas que han hecho de aquella década vertiginosa algo mítico.

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El mundo despertaba de una pesadilla como no había conocido muchas, la Primera Guerra Mundial, una maltrecha Europa recogía los trastos rotos y enterraba los huesos de tantos como aún no se han llegado a contar, millones y millones de sueños arruinados y la pérdida definitiva y concluyente de la inocencia. Pero no de la ignorancia, si les hubieran dicho que en veinte años todo volvería a comenzar…

Un gigante da la cara para no esconderla jamás, en Estados Unidos inventan una fórmula económica imbatible –bendita ingenuidad- que se va a expandir por el planeta como una mancha de aceite esencial, con esencia a capitalismo y olor a todo vale, “anything goes”. La moral y los principios se ajustan al progreso -¿pero cuándo no lo hicieron?-, la electricidad y el petróleo se acomodan en un trono forjado a base de dólares de plata. Hay que olvidar el pasado y todo lo que significa, darle un nuevo sentido al concepto de modernidad que se va a exportar como se exporta su maíz o su maquinaria pesada. Hasta el último confín llegará la idea del “American Way of Life” que en poco tiempo elevará el consumismo a la categoría de monoteísmo absoluto y sustituirá la vieja enseña europea del “liberté, egalité, fraternité” por otra más práctica y mucho más moderna, “libertad, comodidad, felicidad”.

París, Londres, Berlín –sobre todo ésta última- se sacuden el polvo y los escombros para subirse al tren de una nueva “belle epoque” que correrá en paralelo a los postulados analíticos y existencialistas de Russell, Wittgenstein o Heidegger. Franz Kafka publica sus últimas obras mientras Josephine Baker debuta en París con la Revue Nègre acallando los conflictos del personal a golpe de tacón. Plumas, perlas, jazz, ragtime y ese endemoniado ritmo que se iba a convertir en la banda sonora del desenfreno, el charleston. Como todo lo que venía de América, este baile fue condenado por la iglesia católica como la materialización del pecado, sin saber que le estaban haciendo la mejor campaña de publicidad nunca imaginada.

Las faldas se acortaban, las melenas se recortaban, todas querían parecerse a Louise Brooks y no sólo por su mítico corte de pelo, las damas de la “haute société” querían probar algo de esa sofisticación que les quedaba tan lejos con un cigarrillo en pipa en una mano y un Dry Martini en la otra, y, lo más importante, liberándose de aquellos viejos corsés que astringían cuerpo y alma.

Coco Chanel inventó el little black dress mientras Juan de la Cierva inventaba el autogiro, Cole Porter compuso la fórmula del musical moderno mientras Alexander Fleming componía la fórmula de la penicilina. Thomas Mann publicaba La montaña mágica el mismo año en que John Logie Baird nos trajo la televisión, y el mundo girando sin parar a ritmo sincopado, como si temiera que algo lo pudiera detener.

Metrópolis, El acorazado Potemkin, El maquinista de La General… los cines se convertían en el seguro refugio de las almas perdidas, enormes cuartos oscuros donde guarecerse de la realidad durante un par de horas por un precio asequible para todos los públicos. Currito de la Cruz, La hermana San Sulpicio, Agustina de Aragón… aquí también empezamos a contar nuestras historias con no menos aceptación de las que llegaban del otro lado del charco. Y al final de la década el cine sonoro, soñar no sólo con los ojos, también con los oídos y con la música. Soñar a lo grande, y despertar a lo grande también.

En los días en que Luis Buñuel presentó Un perro andaluz en París, ante el revuelo de carcas y modernos, en Wall Street estallaba una bomba que sólo era cuestión de tiempo que lo hiciera. La estruendosa caída del mercado de valores provocó un alud que iría acabando con todos los proyectos que el incipiente desarrollismo de postguerra se había planteado. La Bolsa se desplomaba igual que los cuerpos de los inversores arruinados desde las azoteas de los rascacielos de un Manhattan a medio hacer. Después de la borrachera viene la resaca, y el mundo empezó a prepararse para una de las peores de su historia, y no hablo de la ley seca, vigente desde comienzos de la década aunque a muchos no les afectara demasiado, sino de la próxima Gran Guerra, el alfiler que acabó pinchando el inmenso globo de aquellos felices, locos años veinte.

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Inauguramos año y década –aunque siempre habra alguno que me diga que en realidad empieza en 2021, valeee-, y como siempre estrenamos ilusiones nuevas con cada pepita de uva que nos sacamos de la boca.

Vivimos tiempos raros, de transición, de cambio, no sabemos si para mejor o peor, no queremos saberlo en realidad. El mundo parece hundirse literalmente por culpa de algo de lo que no se hablaba un siglo atrás, el cambio climático, el calentamiento global que causan la industria, los transportes, la generación descontrolada de residuos, la horrible deforestación que acabará dejando en cueros a nuestro viejo planeta. En aquellos lejanos años veinte se hablaba mucho de una tal Greta Garbo y ahora hablamos mucho de una tal Greta Thumberg, ambas suecas por cierto. Aunque hoy tampoco renunciamos al escapismo como forma de supervivencia ante ese apocalipsis final que no paran de anunciar, parece que tomamos conciencia de que algo debe cambiar y cambiar ya. There is no Planet B, decora camisetas y pancartas en las avenidas más contaminadas de la tierra.

En 2020 tendrán éxito y fortuna más o menos los mismos que lo tuvieron en 1920, en eso no hemos cambiado mucho. La gente moría de cáncer entonces y lo sigue haciendo ahora, aunque hemos dado con la fórmula para acabar con la calvicie. Seremos más de izquierdas y más de derechas porque ahora somos más impacientes y la democracia nos ha engolfado mucho, y porque parecemos haber olvidado todo lo que costó conseguirla. La dieta vegana, paleo, pegana (que es una mezcla de las dos anteriores) aseguran que no moriremos nunca, al menos no por lo que ingerimos. Los animales fundan partidos que les protegen, pero siguen sin ganar elecciones porque no ganan dinero, sólo lo hacen. Fukuyama escribe sobre “El fin de la historia y el último hombre” aunque todos sabemos que en verdad (expresión que en los pasados años veinte sólo se pronunciaba encima de los púlpitos) nada acaba, todo se transforma, y eso nos da tranquilidad para pedirnos otra cerveza en el bar, esta vez una artesanal.

El hombre emigraba en 1920 igual que sigue emigrando en la actualidad, y por los mismos motivos -todos buscamos una vida mejor-, lo único es que ahora somos más.

Esto provocó una de las peores pesadillas de todos los tiempos aunque a algunos se les haya olvidado y se afanen en arreglar el problema construyendo más muros y alambradas, como si no hubiera bastantes. Razas, credos, rasgos, costumbres y lenguas tienen que coexistir, como lo hacemos en nochebuena aunque nos sobre alguno en la mesa, y la comprensión y la tolerancia ya no son, como hace un siglo, algo que nace –o no nace- de la naturaleza del individuo, en plan espontáneo (expresión que nos acompañará hasta el mismo día del juicio, en plan fin del mundo), no, ahora tiene que ser dictada desde los gobiernos y los parlamentos porque de lo contrario nos mataremos unos a otros en plan Tercera Guerra Mundial.

Y la mujer y el hombre conviven, cotrabajan, colaboran, coeducan y copelean por las mismas cosas, más o menos, que en aquellos felices 20, pero ahora con mucha más urgencia. El sexo masculino no puede seguir pensando y actuando este nuevo año como cien años atrás, y el femenino mucho menos, ¿tal vez una de las guerras más largas de la historia? La guerra de sexos por desgracia tampoco parece poder llegar a su fin por el sentido común y el convencimiento del ser humano, por eso existen leyes y penas que no había en aquella década y ahora sí, y hay que cumplirlas, a ver si nos enteramos de una vez.

El mundo se derrumba mientras tratamos de recordar la contraseña para entrar en nuestro móvil, ordenador, tablet, casa, coche, vida… Cinco o seis caracteres en los que hay que incluir algún número y no se te ocurra poner la fecha de tu nacimiento, mira que te lo he dicho veces… La tierra gira mientras tecleamos nuestro testamento y lo almacenamos en una nube que algún día va a descargar sobre nuestras cabezas chuzos de punta. En 1920 sólo hacían retratos los fotógrafos de oficio, pero hoy los hacemos todos y mejor que nadie, y los publicamos en cero coma (lo siento, se me coló otra locución muy de ahora), y no ha nacido quien nos pueda sacar más guapos y felices que nosotros mismos con nuestros propios selfies que nos guisamos y nos comemos a cada minuto directos al Instagram, que ya hubiera querido Cartier-Bresson gozar de semejante difusión.

Todo es más fácil, más inmediato, más apresurado que en 1920, ¿mejor? Ni idea, eso lo tendrás que decir en 2120 como mínimo. Hoy conectamos con más facilidad, todos sabemos lo que hacemos, sentimos, pensamos, comemos en tiempo real, las redes sociales unen y separan al día a cientos de miles de millones de seres humanos que quieren ser como Roberto Carlos –con esto casi me vuelvo a los pasados años veinte- y tener un millón de amigos, ¿en serio? Ésta última es una expresión que sólo se usaba en 1920 cuando la situación verdaderamente lo requería. ¿En serio te ha tocado la lotería? ¿En serio me estás dejando por ese tío?.

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Estamos más conectados que nunca, eso dicen, pero vemos cine en solitario, oímos música en solitario, hacemos deporte en solitario, hacemos el amor en solitario, y borramos historial en solitario también. El Gran Gatsby era entonces una novela pero ahora son, no una, dos películas. Rodolfo Valentino y Gloria Swanson ahora son Tom Holland y Millie Bobby Brown, Billie Holliday es Rihanna, Carlos Gardel es Maluma pero con más gomina y mucha mejor versación, el tango ahora se lama reguetón, Estrellita Castro hoy se llama Rosalía, a secas, pero vende menos discos que la anterior, porque ya nadie compra discos, entre otras cosas porque ya no hay. Sólo plataformas digitales, muchas, hoy todo es digital. También la radio que nos despierta por las mañanas y la cafetera que chisporrotea antes de irnos a trabajar son digitales, y se programan, y se ponen en marcha cuando tú quieres, pero no funcionan cuando más las necesitas, eso te lo digo yo. La radio, otro invento de los años veinte, uno de los pocos que siguen conservando el espíritu de aquellos días, ese aparatito que aún nos hace imaginar, sin querer, la cara de quien nos habla desde el otro lado mientras te peinas o te afeitas. De si va a llover o no, del pacto que va a firmar éste con aquel político, de cómo los peces beben y vuelven a beber en una bolsa del Mercadona, de la victoria de tu equipo de fútbol el domingo pasado –otra cosa que no ha cambiado mucho, las horas que pasamos hablando de fútbol-, de otra manifestación, de otra huelga, de otra muerte. De este mundo loco que no para de girar y girar, 18, 19, 20, apurando calendarios a lo que da. De la cordura y la locura del tiempo en que vivimos, y de los puentes que cruzamos, a pasos lentos, muy lentos, tic tac, tic tac.  

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Ángel de Quinta

 

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Por:Ángel de Quinta

Ficha del autor:

Ángel de Quinta

Licenciado en Historia del Arte

Grazie Magazine una revista de colección
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