Valor Humano

Ojalá

Cabecera de Ojalá

Por Ángel de Quinta

Cuántas veces lo habré oído últimamente y cuántas lo habré dicho yo mismo, en alto o pa dentro, pronunciando la bendita palabra con el futuro en suspenso. Desde siempre, pero ahora más, hoy que todo parece pender de un cordoncito que se deshilacha conforme van apareciendo los titulares del telediario, un hilo cada vez más endeble que no acaba de romperse porque cuando menos lo esperamos -cuando menos esperamos-, aparece así, como por arte de magia, y nos concede una tregua, otra más, volviendo a trenzar la esperanza con estas cinco letras que aflojan un poquito la mano de Dios. Ojalá.

In shaá Allah, que suena “inshalá” cuando se cruza el Estrecho, otra cosa más que tenemos de nuestros abuelos moros, que no son pocas. Dios quiera, de ahí viene, del mismo sentimiento que compartimos aquellos y nosotros de que Dios, Alá o como sea que le llamemos según donde estemos y lo que nos hayan dado de comer, es el que tiene la última palabra, ni tú ni yo. Una interjección que viene a expresar, según el diccionario, “el vivo deseo de que algo suceda”. El vivo deseo, lo cerca que reside la vida del deseo y lo mal que se llevan a veces. Oxalá, o Tomara en portugués, tranquilos que no lo voy a decir en todas las lenguas modernas, pero suena tan bien en boca de los vecinos… Tomara que a tristeza te convença… Hopefully tampoco está mal, lleno de esperanza parece decir, y perdón por la pregunta pero, aparte de un chorro de monedas de oro, ¿de qué otra cosa puede llenarse uno mejor?  

Una temporada llevo que no se me cae el ojalá de la boca. J´espère dicen los franceses, mucho más seculares ellos, y el que espera desespera, o no, el que espera sobrevive, más en estos tiempos de supervivencia apocalíptica embarrados hasta las cachas, aquí se salva el que aguante el tirón, el que no sucumba al bajío de las cifras y las letras, ni al de los sermones de atrilillo y dedo en alto, ni al de las nubes negras que carga el diablo; quien, como tanto se dice ahora, demuestre ser más resiliente. Aquí se salva el que no pierda el ojalá de vista. Me parece a mí.

Silueta de hombre pensando

Que no siempre es ruego, también puede contener buenos deseos para el otro, ojalá que te vaya bonito, ojalá que se acaben tus penas... por mucha retranca que lleven estos ilustres versos, que la llevan. Cuidado con los ojalás que te tiren a la cara, pueden tener peligro de muerte, o al menos de despecho del malo, que te digan que yo ya no existo, que conozcas personas más buenas… Vamos, no me dirás. También se nos presenta como quimera inalcanzable, como sueño imposible, ojalá que llueva café en el campo… pero vamos a ver, hombre de Dios, ¿tú has probado a sembrar café? ¿te has parado a pensar en el trabajo que cuesta hacerlo y la de criaturas que lo plantan y lo recogen para al final ganar una mierda y que tú te lo tomes con leche y sacarina  tan ricamente? (aparte de la cantidad de problemas que puede acarrear un tormentón de café al suelo agrícola). Ya en serio, ojalá que suceda, por arte de magia o milagro de ocasión, lo que yo no tengo coraje, ganas o tiempo de conseguir por mí mismo. Mantra de los indolentes, de los faltos de voluntad o de agallas, de los pobres y los cansados al pie de la Estatua de la Libertad implorando ojalá que se vaya el malo y venga el bueno, aunque el bueno pueda tener ya medio pie en el otro barrio, ojalá que no, pobre hombre. Y no me quiero desviar, que si me pongo a hablar de los buenos y los malos…

Ojalá gane la bonoloto, ojalá acierte la quiniela, ojalá pase la ITV, ojalá no haga tanto calor, ojalá se vaya este frío, ojalá vuelva a verte, ojalá no te vea nunca más… deseos de aire comprimido que no parecen venir acompañados de nuestro empuje o nuestro valor, de rodillas en el reclinatorio de esta perra vida, a Dios pidiendo, a Dios rogando y… no voy a acabar la rima porque tampoco hace falta. Pero es curioso cómo se nos llena la boca de Dios cuando viene la jindama, resulta hasta tierno, con lo agnósticos que nos volvemos cuando el niño aprueba, el soldado regresa o la PCR sale negativa, que luego tampoco te puedes fiar mucho del resultado de la PCR, pero bueno, que no me quiero desviar.

Ojalá saquen la vacuna que acabe con tanto desvelo y nos podamos tirar de cabeza al bareto más próximo a ponernos hasta el culo, con perdón, de cerveza fría. Y tan panchos que nos quedamos, porque a ninguno de los que estamos todo el día esperando que nos caiga del cielo el maná de la ansiada jeringuilla se nos ha pasado por la imaginación, y mucho menos por el empeño, el ponernos a estudiar la carrera de química o de medicina, irnos al extranjero a malvivir siete u ocho años currando como bestias en un laboratorio en el que cobramos la mitad que un concejal de pueblo, y regresar luego a nuestro país sin un techo decente bajo el que cobijar nuestro currículum de oro, que incluye haber participado en el descubrimiento de la vacuna definitiva que acabe con esta pandemia del demonio. Ea, ya lo he dicho, y me pongo yo el primero ¿eh?, que quede claro.

Ojalá haya sido un sueño, ojalá no lo haya sido, pedimos agarrados a la almohada, ojalá fuera un sueño muy largo y muy profundo, un sueño que durara hasta la muerte… esto lo decía Bécquer, no yo, que preferiría acabar estos versos con la palabra vida, dicha en voz alta y con muchas mayúsculas.  Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre… Lo que les llama a los poetas la muerte oye, que luego ninguno se quiere morir, bueno, menos los que se suicidan, pero no me quiero desviar. Pocas palabras nos unen tanto como esta en la que buscamos refugio día a día, en la que escondemos los miedos -ay los miedos-, en la que conjuramos la mala suerte convencidos de que nuestra existencia se ha vuelto una ruleta de casino, o peor aún, una ruleta rusa. Descreídos del peligro cuando todo marcha bien, escapados de la prudencia o la precaución, riéndonos del que lleva un paraguas cuando luce el sol o espera al muñeco verde en el paso de peatones aunque no vengan coches, ahuyentando los males a golpe de carcajada, ignorando la evidencia capital de lo frágiles que en realidad somos, ignorando, lo mejor que sabemos, la insoportable fragilidad del ser.

Imagen de Bonsai

Pragmáticos, racionalistas, estoicos a más no poder, dueños de nuestro destino y señores de nuestras sagradas elecciones, pero que se acabe el agua caliente en la ducha, verás lo que tardamos en llamar a alguien a gritos, si es que hay alguien cerca, claro. Que se nos vaya la luz en una noche de invierno, o peor aún, que nos quedemos sin wifi, una de las grandes tragedias de este nuestro querido primer mundo en que tenemos la suerte de vivir. O estemos a la espera del diagnóstico -la mala cara que trae el internista cago en diez-, fíjate en lo poco que tardamos en saborear el balsámico receso del mal en nuestros labios, convertido en vocablo de máxima seguridad para los momentos adversos, el talismán necesario y la infalible pomada de los temores. Ojalá que el tío haya dormido mal, o que su equipo haya bajado a segunda y por eso me mire así, que no me quiero ir tan pronto de aquí hombre, por mucho que me queje de todo esto.

Decidimos todo el rato y lo tenemos todo tan claro… diseñamos nuestro futuro a largo plazo con trazos precisos, sin pensar en aquello que me decía mi abuela y que tanto coraje me daba: “el hombre propone y Dios dispone” (¿pero quién se cree Dios para disponer de mis planes?).  Marcamos nuestras agendas como si fuésemos miembros del Parlamento Británico, tachamos días y horas de dentro de dos o tres meses con la seguridad de que nada ni nadie podrá colarse en ese casillero sin antes haber sido aprobado por nuestra inquebrantable voluntad, ¡que ya lo tenemos reservado! Decidimos no solo el restaurante al que iremos ese día, sino el plato que comeremos, el vino y el postre, porque hemos sabido de la experiencia de otros veinte o treinta que planificaron ir al mismo sitio y comer exactamente lo mismo, no vaya a ser que nos equivoquemos. Dejar las cosas al azar nos asusta, de la poca confianza que tenemos en el devenir natural de lo que sea que tenga que ser, y creo que no siempre hemos sido así. No tanto. Tal vez lo que nos está pasando nos enseñe a vivir liberados de la presión de que todo salga siempre según lo previsto, y nos limitemos a vivir sin más, a bajar un poquito las expectativas y dejarnos llevar por lo que esté escrito, o mejor, sin escribir, sobre nuestro mañana. Pero aquí viene la pregunta del millón ¿de verdad esto nos está enseñando algo? Ojalá, pero no sé yo…

Pescador pescando en el templo

Nos llegan amenazas por todas partes, no solo del tan traído y llevado contagio, que ya es bastante; ya no llueve sin más, de mojarte un poco y no tender ese día en la azotea, no, ahora tenemos ciclogénesis explosivas por un tubo, tornados y huracanes asesinos con nombres y apellidos que prometen arrancar tu casa del suelo, contamos hasta con planes de evacuación para el tsunami que desde hace diez o doce años está a punto de llegar a nuestras costas, asteroides y meteoritos dispuestos a caer sobre nuestros tejados, en serio, que lo han dicho hace poco, que para acá vienen derechitos. Y luego están las estafas por internet, los virus informáticos y las apropiaciones de identidad que te roban hasta la partida de nacimiento en cuanto abras ese mensajito que parecía tan inocente. No se puede vivir así, sintiéndonos tan indefensos a pesar de tener más medidas de seguridad que en toda la historia de la humanidad, y más información, y más de todo, rindiéndonos ante el mensajero del miedo que parece no encontrar mejor forma de mantener el control y el orden social. No paro de pensar ¿a quién le interesa que tengamos tanto miedo? Ojalá lo sepamos alguna vez.

Y ojalá nos levanten pronto este castigo sin postre y sin salir, permita Dios que dejemos de respirar preocupación y angustia todo el rato, que se nos acumulan los ojalases en los labios. Y que antepongamos la reflexión a la opinión -el ojalá más difícil visto lo visto-, que nos amemos los unos a los otros, y si no puede ser, que parece que en dos mil veintiún años no hemos tenido tiempo de lograrlo, nos respetemos al menos, y que nos escuchemos antes de replicarnos, y que conservemos las mismas ganas de besarnos y abrazarnos que tenemos ahora que no nos dejan, y volvamos a ver sonrisas por la calle que no estén ocultas por mascarillas quirúrgicas o FFP2, y hablemos cerca, y brindemos cerca, y bailemos pegados, y nos apretujemos en los cines y en los teatros, y en las bullas del mercadillo y en la salida del fútbol. Y nos olvidemos, de una vez por todas, de este mal sueño cuanto antes, incluso de lo poquito que hayamos aprendido de él, o mejor no, pero no sé, Dios quiera.

Firma de Ángel de Quinta

 

Por:Ángel de Quinta

Ficha del autor:

Ángel de Quinta

Ángel de Quinta

Licenciado en Historia del Arte

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