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PERPLEJOS

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Por Ángel de Quinta

Moshé ben Maimón. Maimónides. Filósofo, traductor, médico. Hombre de letras y hombre de paz. Talento para curar el cuerpo e iluminar la mente. Que no llamen genio a quien no pueda hacer como mínimo algo así, por favor. Y cabeza para entender lenguas vivas y muertas. Hebreo, árabe, griego, latín, copto (tomen nota los que no son capaces ni de saludar en un inglés medio decente en un pupitre de la UE o en la Asamblea General de las Naciones Unidas).

Un hombre como otro cualquiera, de una familia cualquiera y en una calle cualquiera de esa judería cordobesa que teje los caminos como una filigrana de plata vieja. Nacer en el siglo XII y morir en el XIII, bregar con los almohades de al-Andalus de chaval y con los sultanes de El Cairo ya viejo. Sufrir la intolerancia y el desprecio, y las acusaciones, y la brutalidad de quienes no podían entender que él quisiera entenderlo todo y a todos.

Y Moshé a lo suyo, a escribir, a traducir, a curar. Y el tufo de la hoguera entrando por la ventana, y él a lo suyo. A escribir, a curar, y a intentar abrir los ojos a los burros que no se bajaban del mismo burro del que aún siguen sin bajarse. La razón tiene una sola razón que la razón no entiende, pero servidor -y el Rabí Moshé- te la explicamos en un segundo: tener la razón, al precio que sea.

Dibujo de un arbol y la estatua de Maimónides

De todo lo que publicó –tratados, reflexiones, comentarios a las sagradas escrituras o a los filósofos clásicos- lo que más me llama la atención es lo que para muchos es su opera summa, un texto que quiso ayudar a los pobres que no entienden que todo tenga que ser blanco o negro, conmigo o contra mí, verdad o mentira, derecha o izquierda. Dedicado a los sefarditas, andalusíes, mozárabes o muladíes… españolitos todos que vinieron a este mísero mundo a que algún hijo de puta les helara el corazón. Indecisos, confundidos, perdidos, dubitativos, perplejos. ¿Que aún no te lo han helado? Al tiempo.

Guía de perplejos (Moré Nevujim). Libro que deberíamos tener en la mesilla de noche para poder echar el día sin que nos entren ganas de parar este carro y bajarnos de una vez por todas. Una obra que trata de conciliar fe y razón –cualquiera cosa- desempolvando el antiguo testamento -que va teniendo polvo ya- y haciendo entender que fue escrito a base de metáforas y alegorías, que si tenían poca vigencia hace ocho siglos figúrate ahora. Que no seamos bestias y lo interpretemos literalmente, que no todo lo que dice es lo que quiere decir. Igualito pasa con la Torá y el Corán. Pero si quieren reformar la Constitución que tiene poco más de cuarenta años la pobre, ¿cómo vamos a seguir dejándonos llevar por cosas que se escribieron cuando el Coliseo de Roma aún era finca rústica sin recalificar?

Guia para los descarriados

Guía para los descarriados, también llamada. Equivocados, torcidos, descaminados, extraviados… Qué poquitos se acordaron de estos en la Edad Media, que tampoco es que ahora se acuerden muchos. Curioso que mientras más información hay –o canales por los que ésta se distribuye- más parecemos acercarnos a eso que llaman el “pensamiento único” y que tanto miedo da, al menos a este pobre descarriado que escribe para ver si consigue comprender un poco mejor el mundo que le rodea.

Ya de pequeño me costaba entender muchas cosas, pero pensaba que sería cuestión de tiempo que las llegara a asimilar. Ahora, pasados los cincuenta sigo sin explicarme casi todo lo que ocurre aquí o allí. Sigo sin entender los gritos, las peleas, el rencor que emana de las acciones grandes y pequeñas. Lo pronto que pasamos de darnos la mano a darnos la hostia, de reaccionar con un “me gusta” o un “me encanta” a borrarte de mi facebook de por vida. Mira por dónde, esto se lo ahorró nuestro filósofo al que si le llamaron perro judío se lo tuvieron que decir a la cara, no a través de un mensaje de 140 caracteres.

Sigo sin entender tanta violencia para nada, tanta sangre por nada. Tantos dioses echando a pelear a tantos pobres desgraciados por un quítame allá ese petróleo, o mejor no me lo quites. Tantas barreras, tantas fronteras, tantas murallas para alejarnos de los que puedan estorbar nuestro bienestar.

Perplejo ante el telediario. Maimónides se libró de almorzar en presencia de manifestaciones, crímenes, debates parlamentarios interminables, politicuchos hablando y hablando sin decir ni una palabra. Informativos que hacen de la desgracia un negocio, del temor un filón inagotable de fortuna, y de esta jodida pandemia que nos fustiga la mejor fuente de facturación que se pueda imaginar. Eso no pasaba en los tiempos del Rambam, como le llamaban los judíos.

Estatua de Maimonedes

Perplejo sigo desde que el otro día leí la noticia de la lapidación de una mujer afgana por adultera, con vídeo incluido que no fui capaz de mirar. ¿Bíblico no? Pero no fue en el siglo I o II, sino en el XXI. Hace no mucho un juez portugués disculpó a los que pegaron una paliza a otra mujer por la misma razón, pero no fue en Afganistán, no, aquí al ladito, en Oporto, en la Europa de los derechos humanos. Más que perplejidad, estupefacción. Mujer, adúltera, justicia, lapidación. ¿Hasta cuándo por el amor de Dios? Del tuyo o del mío, da igual.

Pobre Moshé, qué pena que el polvo haya vuelto a cubrir las frases que se escribieron cuando el mundo que conocemos aún se estaba cimentando, qué pena. Y qué difícil sería entender para tan sabio y tan docto los derroteros que ha tomado la vida en este pobre planeta. En el siglo XII no se quemaba el monte por gusto, al menos no hay noticias de ello. No entiendo que no oigamos cómo la tierra nos dice una y otra vez lo cansada que está, que hay que parar un poco o esto se acaba. Y lo sordos que estamos, y lo ciegos ante sus señales.

Ni entiendo que se tribute menos por hacer porno que por hacer Ibsen. Ni que se regale un viaje a Euro Disney por recibir el cuerpo de Cristo. Ni que el móvil que mira ese niñato en clase mientras su profesor se mata por desasnarlo cueste lo mismo que el PIB de Mozambique. O que hablen de fascismo –el insulto del momento- quienes no tienen ni idea de lo que significa esa palabra, ni de las zanjas que cavó. Fascismo, qué sabrás tú del fascismo. Yo tampoco, por fortuna, pero querido Moshé, tengo miedo de enterarme algún día como te enteraste tú.

dibujo de Maimonedes

“Se convertirá en un polvo fino sobre toda la tierra de Egipto y producirá, a hombres y animales, pústulas y tumores” (Éxodo 9:9). Que no hombre, que no, que lo que quería decir esa frase no era “como sigas pecando de esa manera se te va a caer el pelo”, que igual sólo pretendía advertir de las consecuencias terribles que pueden tener nuestros actos, aunque la frasecita se las trae…

Igual que el médico judío quiso hacer entender la mishná a sus correligionarios, con todas las leyes extrañas y obsoletas que contiene, Avicena, Averroes, Espinoza y Tomás de Aquino se devanaron los sesos para explicarse lo inexplicable, perdidos también en el laberinto en el que se enredan las creencias, la ciencia, la lógica, el instinto, Aristóteles, Platón, el ser, el estar, el tú, el yo, el Dios… En los altares debían estar en vez de tantos como hay con la espada en alto. No entiendo por qué San Millán cabalgando sobre moros reventados es santo y Vicente Ferrer no lo es. Ni que la verdad de unos sea la mentira de otros y yo vuelva a estar en medio de las dos. Ni qué demonios te he hecho para que no me hayas vuelto a hablar.

Yo me prosterno ante ti, sabio Maimónides, y ante todos los que se detienen a escuchar un poco, que nuestros vozarrones no nos dejan oír lo que dice el de enfrente y por eso no nos enteramos de nada. Y nos enfadamos, y nos exaltamos, y nos burlamos del que no es como nosotros, piensa como nosotros, come como nosotros, viste como nosotros o ama como nosotros. Y ondeamos banderas que nos separan del otro, y leyes que nos aíslan del otro, y pancartas que insultan y que al final no sirven para nada porque en realidad no dicen nada. Y nos seguimos matando por las ideas, aunque no sepamos de verdad cuáles son ni si las hemos elegido o lo han hecho otros por nosotros.

Ayúdame, judío erudito, estatua de bronce cordobesa ante la que pasan los turistas sin saber cuán grande fuiste, ansiosos por llegar pronto al hotel y atiborrarse en el buffet del todo incluido. Ilumíname para que lo entienda. Alumbra con tus palabras calladas y certeras la senda de tantos indecisos, confundidos, perdidos, desconcertados, aburridos… pobres ánimas vagando en medio de la oscuridad.

 

Firma de Ángel de Quinta

 

 

 

Por:Ángel de Quinta

Ficha del autor:

Ángel de Quinta

Licenciado en Historia del Arte

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