EL MEJOR DE LOS MUNDOS: ESTAMOS ACOSTUMBRADOS A QUE LOS MEDIOS DE INFORMACIÓN NOS ABRUMEN CONTINUAMENTE CON NOTICIAS LUCTUOSAS…

Estamos acostumbrados a que los medios de información nos abrumen continuamente con noticias luctuosas y esa repetición constante nos lleva a pensar que vivimos una época histórica trágica, decadente y probablemente apocalíptica. Este caudal de pesimismo no se limita a los medios de comunicación. También las universidades tienen su parte de responsabilidad. Según Arthur Herman, autor de La idea de decadencia en la historia occidental, “los profetas de la fatalidad son las estrellas de los currículos de humanidades”. Las guerras, el terrorismo, el hambre, la pobreza y la desigualdad, la degradación medioambiental, la pérdida de libertades públicas y las pandemias parecen ser el escenario vital en el que nos ha tocado vivir. Esta “brecha de optimismo” es aún más marcada en los países más desarrollados, lo cual no deja de resultar paradójico. Pero lo cierto es que la gente calcula la probabilidad de un acontecimiento según la facilidad con la que le vienen a la mente los ejemplos. Y si solo se nos muestra el caos y las catástrofes, únicamente seremos capaces de imaginar y proyectar el caos. Los psicólogos llaman a este fenómeno “heurística de la disponibilidad”. Por otra parte, el optimismo no vende, ni es demasiado comercial. El optimismo no atrae tantos “likes” como la agresividad o el sensacionalismo de una noticia probablemente falsa o manipulada. El escritor financiero Morgan Housel – citado por Steve Pinker – ha observado que “mientras que los pesimistas parecen estar intentando ayudarte, los optimistas parecen intentar venderte algo”.

“mientras que los pesimistas parecen estar intentando ayudarte, los optimistas parecen intentar venderte algo”.

Y esto nos lleva a la idea central de este artículo: mientras que el mundo ha logrado progresos espectaculares en el bienestar humano durante el último medio siglo, casi nadie lo sabe o, aún peor, piensa todo lo contrario.

Sugiero que nos planteemos individualmente la siguiente pregunta: ¿en qué época nos habría gustado vivir? Ojo, y no me refiero vivir “durante un rato”, al modo del viajero del tiempo que recorre distintas épocas, curioseando en las rendijas temporales. No, se trata más bien de imaginar una época en la que nos habría gustado vivir permanentemente, sin posibilidad de regresar al futuro en el que hoy vivimos. La respuesta no es fácil, aunque impulsivamente propendo al siglo XIX. Allí me imagino en una mansión tipo Manderley o Brideshead, leyendo viejos libros y paseando a caballo, mientras una nutrida servidumbre se ocupa de que yo pueda dedicarme a mis cosas sin necesidad de arremangarme. Por supuesto, como “migrante del tiempo” tendría que ser hombre, ya que nacer mujer en aquel entonces era casi peor que ser pobre, que me perdonen Jane Austen, las hermanas Bronte, Mary Wallstonecraft y George Sand. Con todas estas premisas, podría parecer que vivir en el siglo XIX es un buen negocio.

Sin embargo, es un error quedarse ahí pues vivir – lo que se dice vivir – en esos siglos solo lo hacían las clases más adineradas, los ricos herederos, los terratenientes o los piratas y contrabandistas llegados a más y que, muchas veces, venían a ser lo mismo. Y esas clases representaban menos del 1% de las sociedades de entonces. Estadísticamente sería difícil que me tocara esa lotería. Pero es que, además, incluso los más privilegiados vivían poco. La esperanza media de vida no pasaba de los cincuenta años y eso con suerte. 

Si tenías hijos, lo lógico es que uno o varios de ellos murieran antes de cumplir los cinco años, en ocasiones arrastrando a la muerte a la propia madre durante el parto. Era también normal que cada generación desde el inicio de los tiempos hubiera vivido en carne propia una guerra ofensiva, defensiva o una revolución sangrienta. Y a menudo las tres. Y siempre bajo el yugo de reyes absolutos y despóticos. En el Manifiesto por la Paz, la Justicia y la Lucha contra el Cambio Climático de la fundación Inspiring Committed Leaders se afirma que el internacionalista polaco Edmund Jan Osmañczyk estimó que en los últimos 5.500 años ha habido 14.513 guerras que han costado 1.240 millones de vidas y en esos cinco milenios y medio solo hemos tenido 292 años de paz.
No importaba lo rico o poderoso que fueras, ni lo lejos que te escondieras: la gripe, un apendicitis, el cólera o “un mal aire” te mataban en lo más recóndito de tu castillo, como nos recordaba Poe en La máscara de la muerte roja. La simple visita al dentista (el barbero) era ya equiparable a una sesión de tortura moderna.

Si eras rico o noble era también muy posible que algún cretino más hábil que tú con el sable o la pistola te arrancara caprichosamente la vida por forzarte a defender tu honor, algo a lo que te empujarían los códigos de honor que han estado vigentes hasta hace escasas décadas en la mayoría de países. A los pobres el honor les importaba menos, pues ya los mataban de otras muchas maneras y no tenían necesidad de aumentar sus tasas de mortalidad. El aristócrata, por el contrario, no tenía más remedio que dejar sus libros y sus ilustradas reflexiones para ir a batirse con ese gañán que había puesto en duda su hombría, su estirpe o sabe dios qué. Y si había leído más que practicado con el sable, lo más probable es que sus lecturas terminaran abruptamente a primera hora de la mañana, detrás de los muros del convento o del cementerio, por eso de facilitar las cosas a los padrinos. Una bala en la cabeza o una estocada en el corazón, le hacían comprender con póstuma claridad lo inútil de sus sosegadas lecturas frente a la fuerza bruta que ha imperado en el mundo hasta hace muy poco.

Si eras pobre o simplemente mujer o extranjero maldito (esencialmente judío, foco de tantos odios asesinos) casi mejor ni te planteabas lo de leer, estudiar botánica o tocar el clavicordio. Bastante tenías con regresar vivo a tu insalubre habitáculo tras una dura jornada de 15 horas, bajo el férreo y arbitrario control de capataces que hoy parecerían caricaturas de Satán, pero que alguna vez existieron. Dickens retrató a algunos de ellos.

Y una vez realizado este breve e incompleto “tour” por el pasado, no tengo más remedio que reconocer que la mejor época para que el ser humano viva como tal, es la que hoy tenemos la suerte de disfrutar (incluso a pesar del COVID 19) y que tanto nos gusta criticar. Todos los indicadores de desarrollo y bienestar han mejorado en el último medio siglo (esperanza de vida, alfabetización, libertades públicas, hambre, etc.) y algunos lo han hecho espectacularmente como, por ejemplo, la reducción de pobreza extrema (no así la pobreza “a secas”) y las guerras entre potencias. Consulten si no me creen las maravillosas webs de “Our World Data” de Max Roser (https://ourworldindata.org/), “Human Progress” de Marian Tupy (https://www.humanprogress.org/) o “Gapminder” de Hans Rosling (https://www.gapminder.org/).

Un ejemplo, para ir terminando: según Steven Pinker, las guerras han decrecido en las últimas décadas. Durante los siglos XVI al XVIII el 80% de esos años hubo guerras entre las grandes potencias. Sin embargo, esas cifras se redujeron al 25% durante los siglos XIX y XX y desde el último tercio del siglo XX hasta nuestros días los grandes conflictos mundiales han cesado. Después de la Segunda Guerra Mundial la frecuencia, letalidad y duración de las guerras descendieron conjuntamente y el mundo ingresó en lo que se ha dado en llamar la “larga paz”. Las grandes potencias, por otra parte, han dejado de combatir entre ellas: no ha habido más de tres conflictos internacionales en ningún año desde 1945, ninguno en la mayoría de los años a partir de 1989 y ninguno desde la invasión de Irak por los EEUU en 2003, lo que supone el periodo más largo sin una guerra interestatal desde el final de Segunda Guerra Mundial.

¡Por supuesto que hay millones de mejoras a las que no podemos renunciar, mil luchas y combates justos para que el hombre sea cada vez más sagrado y mejor! El cambio climático es uno de ellos, la pobreza no extrema y la existencia todavía de países con libertades públicas prohibidas o limitadas son otros factores de preocupación … Pero podemos afrontarlos y en realidad ya se está haciendo. Por esa razón creo que iniciativas como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o el Pacto Mundial de Naciones Unidas son muy necesarias y nos marca el camino que todavía debemos recorrer para ser mejores de lo que ya somos.

En realidad, creo que si un aristócrata del s. XIX pudiera ver los avances, mejoras y humanización de nuestras sociedades actuales creo que habría deseado vender sus títulos nobiliarios, su hacienda de Devon, biblioteca incluida, por pasar un solo día en nuestro minusvalorado presente. Y es que incluso el peor presente de hoy sería el mejor pasado para la mayoría de hombres que vivieron y murieron hace siglos.

Fernando Navarro García

Licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola

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