Vida y Ocio

ReRead (un cuento de navidad low cost)

01 Cabecera Ángel de Quinta GraZie Magazine ReRead

Como olvidó echar la cortina, el reflejo entró violentamente por la ventana del salón creando formas caprichosas entre los muebles y la pared. Hacía tiempo que se dormía a las horas más intempestivas del día, mientras leía en su sillón orejero o miraba un programa concurso en la tele sin hacerle mucho caso, acertando en voz alta las preguntas que fallaban los torpes participantes. Así cayó rendido hasta que lo desveló aquel fulgor imprevisto. El ruido de la calle también, parecían aplausos, aún no había encendido la lámpara de la sala y se quedó en la penumbra tratando de entender qué pasaba, dónde estaba.

Acababan de inaugurar el alumbrado navideño, no podía creerlo, todavía era noviembre y ya estaba la calle llena de gente gritando, cantando, padres con niños haciéndose fotos bajo las luces con formas de trineos y pinos cargados de bolas de colores. Cerró el balcón y bajó la persiana, no porque no soportara la navidad, siempre le había gustado, pero no un mes antes, no por favor, eso significaba demasiado margen para añorar aquellas tan lejanas, considerando que llevaba más de setenta sobre sus hombros.

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Los ciclos cada vez se le hacían más cortos, el invierno se tornaba en primavera y luego en verano y en otoño antes de que pudiera darse cuenta. Guardar las bermudas, sacar la bata de lana y el brasero, la ceniza en la frente, los calores de mayo, fregar la lápida del cementerio y otra vez a empezar. Incluso con la más pertinaz de las rutinas, haciendo una jornada lo mismo que la anterior e igual que la siguiente, los días pasaban raudos, sin que lograra hacer nada para ralentizarlos. Tampoco quería.

Como tenía ganas de hincarle el diente a otra novela antes de haber terminado la que tenía entre manos, salió por la mañana en dirección a su librería de viejo favorita, una de las pocas que quedaban en la ciudad. Más que comprar libros a buen precio, lo que le llevaba allí eran las ganas de perderse por los intrincados pasillos que formaban aquellas estanterías abarrotadas de volúmenes, el olor a madera de roble, alfombra polvorienta, papel vetusto. También hacía tiempo que no echaba un rato de charla con los parroquianos que allí solían congregarse -literatura, cine, política o fútbol-, pero al torcer la esquina pudo ver que la persiana de metal estaba echada, y eran casi las once.

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-Debe hacer más de un mes que cerraron, ¿no se había enterado? Creo que un almacén para equipajes, una consigna como esas de las estaciones para guardar maletas, o algo así.

Caminando de vuelta a casa, con la bolsa de la fruta en una mano y la del pescado en la otra, tropezando con hordas de turistas mirando el teléfono como si fuera el mapa del tesoro, entendió que aquella ciudad ya no era para él, que al fin y al cabo no estaría tan mal irse de allí para siempre. El ruido que hacían las ruedecillas de las maletas, las que a partir de ahora podrían guardarse en su viejo santuario de pastas añejas, le molestó hoy más que nunca. Ya no podría volver al refugio donde de vez en cuando se zambullía en una marea de páginas gastadas, tanto como su propia vida.

Como ya iba siendo hora de salir a buscar regalos para sus nietos, decidió ir al centro, a pesar de que estaba cayendo una lluvia fría que parecía a punto de convertirse en aguanieve. Se abrigó bien y cogió el paraguas y las llaves que reposaban junto a la cómoda en la que acababa de montar el viejo nacimiento, justo después del día de la Inmaculada, como debía ser. De la tranquilidad de su apartamento a la jungla de las tiendas a buscar algo que pudiera contentar a un par de chavales de catorce y diecisiete años y que no contuviera pantallas digitales. ¿Algo de ropa? Nunca acertaba con la talla, ni con la moda, y tampoco le gustaba dar el dinero a su hija para que se encargara ella, ni quería presentarse en su casa con las manos vacías en nochebuena. Aunque se resistía a dar los regalos otro día que no fuera el de Reyes, la agenda familiar obligaba a hacerlo a la americana.

-Así es mejor papá, y los niños tienen mucho más tiempo para disfrutar de los regalos antes de que empiece el cole.

Revisando la lista de sugerencias que le había mandado por Whatsapp –aún le sorprendía lo bien que manejaba la aplicación- nada le convencía en realidad, así que hizo lo mismo que el año anterior, lo que le dio la gana. Fue a comprar libros siendo consciente de que no leían mucho, o nada. Aún se reía, por no llorar, recordando cuando le habló al menor sobre Ricardo III y éste le dijo que ni idea, que tampoco había visto las dos temporadas anteriores. ¿A quién se le ocurre hablarle a un adolescente sobre Shakespeare?

Tal vez algún best seller de estos que mezclan literatura con videojuegos, algo que se pareciera a Juego de Tronos estaría bien, le decía a la dependienta de El Corte Inglés, que le miraba con cara de impaciencia dada la cola que empezaba a crecer detrás de aquel viejo latoso.

-Señorita ¿cómo es posible que no conozca usted a Robert Louis Stevenson trabajando en la sección de libros? No, ya le he dicho que La Isla del Tesoro no tiene nada que ver con Los Piratas del Caribe.

No tuvo paciencia suficiente para esperar a que la empleada buscara en la base de datos, tenía que escapar de allí, tenía que escapar de un mundo para el que había que tener la paciencia que ya le faltaba. Y salió a la calle bajo la lluvia, y cruzó semáforos entre los empujones de la gente sorteando patinetes eléctricos que le hostigaban como torpedos en una batalla.

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Como la mañana se volvía más cruda por momentos decidió tomar el bus para regresar a casa, que no quería pillar una pulmonía en medio de aquella turba del demonio. De repente vio un rótulo justo enfrente de la parada, Re-Read. Librería low cost.

No pudo evitar cambiar de estantería algún volumen mal colocado, sin que se diera cuenta nadie. ¿A quién se le ocurriría meter Crimen y castigo en la sección de novela policíaca? ¿Y Lolita? ¿Qué coño hace Lolita de Nabokov en el apartado de biografías? Se había pasado media vida de bibliotecario de un instituto y eso, además de enviciarle mucho en la lectura, le había convertido en un ser metódico hasta el extremo, no lo podía evitar. Pero recolocó aquellos volúmenes sin que el empleado se enterara, su oficio también le había hecho más silencioso, más discreto, pero le entraban unas ganas de echarse a la cara al responsable de la catalogación…

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Tres euros por libro, no importaba que fueran las memorias de Terelu Campos o el Ulises de Joyce, el mundo se va al garete, no le quedaba duda. Pero aún estaba contento de haber encontrado aquella tienda, de que alguien hubiera convertido en negocio el dar una nueva vida a los libros usados. Cerca de una hora anduvo por aquellos pasillos, mirando los lomos de los volúmenes y sacándolos de tanto en tanto, echándoles un vistazo, oliéndolos –otro hábito que le quedó de sus años de profesión- deseando no haber leído muchos de ellos para poder tener el gozo de hacerlo por primera vez. Germinal, Las aventuras de Tom Sawyer, Los Hermanos Karamazov… Grandes Esperanzas, una edición que conocía, la de Reguera del 46, no podía creerlo. Una auténtica joya entre aquel batiburrillo de ejemplares de bolsillo de pastas endebles, ¿cómo se les había colado aquello? Dejó de rebuscar, cogió el libro y se fue directamente hacia la caja antes de que se dieran cuenta de lo que podría costar semejante pieza.

Como se había formado una considerable cola ante el mostrador se entretuvo examinando el tesoro que portaban sus temblorosas manos, con la sensación de estar robando algo valioso, acariciando las pastas, pasando páginas con el cuidado que tendría un cirujano interviniendo una válvula mitral, no fuera a ser que se desmembraran aquellos papeles amarillentos.

Has estado presente en cada una de las líneas que he leído.

El corazón se le aceleró al reconocer su propia letra citando a Dickens, no la de ahora, sino la de hacía más de cincuenta años, al ver la fecha que encabezaba aquella dedicatoria -enero de 1964- escrita con la pluma de un chaval de dieciocho, la que le acababan de regalar por Reyes.

Como temía que le repitiera la angina de pecho que sufrió meses atrás, pidió una silla y trató de respirar con calma durante un rato. El empleado que se la acercó con cara de preocupación, le quiso coger el paraguas y el libro que llevaba en la mano, a lo que él se negó.

-¿Seguro que está usted bien caballero?

-Sí, de verdad, no se preocupe, esto se me pasa en un minuto-, dijo sin soltar el tesoro que acababa de encontrar en aquella isla atestada.

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Volvió casi cada día durante una semana, a hablar con los dependientes, con el encargado, a indagar en el sistema de compilación de la tienda. Tenía que saber quién les vendió o donó ese libro y si le podían facilitar alguna información sobre su procedencia, pero la ley de protección de datos y una ristra de monsergas más impidieron que pudiera averiguar nada.

En esos días previos a la navidad no podía dejar de recordar la de hace tantos años, cuando la conoció en el coro de la parroquia, ensayando villancicos para la misa del gallo, enamorándose de ella a cada sílaba que pronunciaba del Adeste Fideles, justo detrás del armonio que golpeaba aquella monja con gesto de guardia civil. Las primeras charlas, su olor cuando le dio dos besos al felicitarle las pascuas, el primer beso en los labios la noche de la cabalgata. La primera carta que le llegó cuando se fue a vivir con su familia a Suiza.

Como tenía habilidad para ganarse la confianza de la gente, por las canas que tan pulcramente peinaba o la sonrisita de abuelete que tan bien le salía, una chica de la tienda le dijo que creía saber quién les llevó el libro, se acordaba porque no sólo les vendió aquel, sino otros treinta dentro de una caja en la que el dueño puso la dirección de la casa que estaban desalojando, por si estuvieran interesados en quedarse con muebles u otros trastos que pensaban tirar. Pero no tenía ni idea de dónde andaría esa caja, seguro que ya la habrían reciclado.

-No se preocupe, subiré al almacén en cuanto tenga un rato, a ver si anda por ahí. Y por favor, no le diga a nadie que le estoy ayudando.

La dependienta empezó a tomarse el empeño de aquel hombre como si del suyo propio se tratara, sobre todo cuando medio le contó por qué tenía tanto interés en dar con la persona a quien regaló aquel libro cincuenta años atrás. Fue el amor de su vida, tan solo pasaron tres o cuatro meses juntos, pero fue el amor de su vida. Después vinieron otras, y luego su esposa, sus hijos, sus nietos, la placidez de una vida plena por la que daba gracias cada día. Pero de tarde en tarde el rostro de aquella muchacha se colaba en sus sueños por una rendija, y aunque no sabía por qué, tanto tiempo después, de alguna manera aún seguía estando presente en cada línea, cada página de las muchas que seguía leyendo.

Por esas cosas del destino, el encargado de la tienda había recortado la dirección antes de tirar la caja del lote de volúmenes, parece que su esposa era muy aficionada a restaurar muebles viejos y la pegó en un corcho que tenían en la pared del almacén. La chica lo llamó apresuradamente e incluso se ofreció a acompañarle al domicilio que allí figuraba, pero quiso ir solo.

Y así supo que la casa acababa de ser vendida a una empresa de alojamientos turísticos, que antes vivía un matrimonio con tres hijos y la abuela, que aunque ya no vivía allí era la dueña del inmueble, pero parecía que la habían trasladado a una residencia. Lo que puede dar de sí una buena charla con una vecina ociosa, aunque no pudo sacarle mucho más.

Como ya no conducía, se limitó a visitar todos los hogares de ancianos que estaban en su ciudad, sin poderlo hacer con los del extrarradio. Fueron días de búsqueda incansable, de llamar por teléfono o personarse preguntando por ella, aunque solo tenía su apellido de soltera, sin embargo sabía que a pesar del tiempo pasado, si le dejaban entrar reconocería esa cara entre las que allí estuvieran, tenía la seguridad de que así sería. Otra cosa es que ella reconociera la suya.

La mañana de nochebuena, cuando ya estaba a punto de darse por vencido y unas horas antes de que su yerno le recogiera para llevarlo a casa, lo intentó una vez más jurándose que sería la última. Precisamente fue a visitar la que estaba más cerca de su calle, que había desechado por considerar imposible que estuviera allí. Había tantos familiares entrando que ni le preguntaron quién era, todos iban con bolsas, regalos, dulces… él sólo llevaba un libro en la mano.

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Se coló en la sala de la televisión y, sorteando andadores y sillas de ruedas, llegó hasta el lado de un ventanal que daba a un jardincito con un árbol de navidad encendido. No estaba seguro de que se tratara de ella, así que dio unos pasos hasta su sillón y se quedó mirándola desde una distancia prudente. La sonrisa que se dibujó en aquel rostro enajenado le puso el corazón a una velocidad que no rebasaba desde hacía medio siglo, pero eso no le asustó. Le devolvió la sonrisa y puso el libro en sus manos.

Se dio cuenta de que estaba sonando Adeste Fideles en el hilo musical de la sala.

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Ángel de Quinta

 

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Por:Ángel de Quinta

Ficha del autor:

Ángel de Quinta

Licenciado en Historia del Arte

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