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UN DIA EN NUEVA YORK

00 UN DIA EN NUEVA YORK / GraZie Magazine

¿Uno sólo? Imposible. Aunque si se trata de vivirlo dentro de la película del recientemente fallecido Stanley Donen… ¿cómo negarse? Aparte de lo que les cundía el tiempo a aquellos tres marineros de permiso…

New York, New York a helluva town, the Bronx is up but the Battery´s down… un infierno de ciudad, con el Bronx arriba y Battery Park abajo, es lo que quiere decir una de las cientos, ¿miles? de canciones inspiradas por esta ciudad que, como sólo sucede con las grandes, puede ser cielo e infierno a la vez.
Si complicado es recorrer esta urbe en un solo día, no menos difícil puede ser hacerlo en tres o cuatro páginas, pero allá vamos como hay que ir, sin miedo, derechos a la isla de Manhattan.

We´ll have Manhattan… Si vas a viajar a Nueva York porque estás harto de verlo en las películas y por fin quieres estar dentro de una de ellas… has volado al sitio correcto. Nueva York es todas las películas en una. Los árboles anaranjados en Central Park, la vista del Puente de Brooklyn con los rascacielos del Downtown de fondo, los destellos de luz de Times Square, el escaparate de Tiffany´s, las canchas de baloncesto del West Side, el banco en el que se sentaron Diane Keaton y Woody Allen con la vista del Queensboro Bridge (que no es el Puente de Brooklyn ok?). Érase una vez en América, Annie Hall, cuando Harry encontró a Sally, El Apartamento, King Kong, El Padrino, Hechizo de Luna… El hechizo de esta ciudad nace de la mitología contemporánea, y al igual que Roma o Atenas siguen bebiendo de la clásica, la Gran Manzana hace lo propio desde la literatura, la música y sobre todo, las películas de los últimos cien años. Así que prepárate y lánzate a la tuya propia.

New York state of mind… Todo lo que te cuentan los que han ido es verdad, o no, depende. Desde que llegas a JFK o a Newark ya vas temiendo las colas de inmigración. Pues no, la última vez no tardamos ni veinte minutos en pasarla, y encima el agente que nos atendió fue simpatiquísimo. Pero si tuvieras que esperar una hora y encima te trataran a empujones tú tranquilo y disfruta, conviértelo en parte de tu película (a los muy mitómanos nos va la marcha, jejeje), que a veces hasta te tropiezas con algún famoso en la fila. ¿Taxi al centro? A ver ¿cuántos sois? Hay un antes y un después de “Civitatis” y uno de sus servicios más frecuentes es el de traslado desde el aeropuerto. Lo de negociar el precio con el taxista es un clásico, ya, pero si quieres una llegada menos atribulada opta por contratar un servicio de transfer. Con suerte el chofer te irá contando cosas sobre Queens o el Yankee Stadium por el camino. Y te dirá que tengas cuidado en ese o aquel barrio, y tú tenlo, hasta que se te olvide. Sal del hotel o del apartamento enseguida, baja a la primera estación de metro que tengas a mano y cómprate la Metrocard, cuanto antes le cojas el punto al subway antes se lo cogerás a la ciudad, y no me vengas diciendo que está sucio o que es caótico, porque eso es parte de su encanto y su autenticidad. En cuanto empieces a distinguir una línea “local” de una “express” ya puedes sentirte un neoyorkino en ciernes. 

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Autumm in New York… En realidad da igual en la estación que vayas, no vas a acertar con la maleta. Te asarás en septiembre y te helarás en abril, el viento corta las avenidas –y tu cara- como un hacha en invierno y la humedad te aplastará sin piedad contra el asfalto candente en verano. Pero, fíate de mí, en unas horas dejará de importarte. Se llega desorientado, con el sueño cambiado y los ojos como platos a las cinco de la mañana (hora a la que el sol entra por la ventana, no, a ellos no les molesta, por eso tienen visillos, no cortinas de acero como quisieras en ese momento). Te arrastras pensando que no te vas a adaptar en la semana –mejor diez días- que vas a pasar allí, y de repente ves el reflejo plateado sobre la aguja del Chrysler y ya has caído en sus redes. En ese primer paseo en el que tuerces la esquina de la Quinta Avenida con la Public Library (Bryant Park, pista de hielo en invierno, sillas de tijera y picnic en verano), sin darte cuenta te sientes uno más entre la multitud que deambula por las anchas aceras, descubres la presencia colosal del Empire State y notas que empieza a dolerte el cuello de mirar hacia arriba… Está atardeciendo y ves cómo el ritmo decae, que todo lo que antes te pareció caótico se vuelve poco a poco más tranquilo, que el follón y el ruido se acallan para dejar paso a una hora en la que la ciudad que nunca duerme parece volverse más pausada, más señorial. Los edificios más viejos del Midtown ya tienen su historia, son del XIX o principios del XX pero cuentan más batallas que algunas catedrales góticas. La Morgan Library, el Waldorf Astoria, el Flatiron… Pero hasta que no entras en Grand Central y te embobas con su bóveda celeste no te llegas a sentir en el mismo centro del mundo. Ahí vuelven a acudir un montón de películas a tu mente y te entran ganas de vivir allí para coger trenes todos los días en la estación que te puede llevar a donde tú quieras. 

Listen to the lullaby of old Broadway… Como una polilla atraída hacia la lámpara desembocas en una calle en la que el tráfico y la multitud anuncian que algo grande está pasando. Ya ha anochecido y la luz blanca, casi cegadora, convierte la zona en una especie de feria enloquecida de neones y pantallas digitales gigantescas. Estás en Times Square, la intersección entre la calle Broadway y la Séptima Avenida, el meollo del distrito de los teatros: entra y disfruta. El humo sale por las alcantarillas y se mezcla con el de los puestos de hotdogs y pretzels medio chamuscados. Una legión de turistas vagan en todas las direcciones posibles dejándose arrastrar por la locura del “hotest point in town”, los luminosos anuncian teléfonos móviles de última generación junto a las cotizaciones de la bolsa o las “breaking news” que te dejan ver qué está pasando en el mundo desde el mismo ombligo del mundo. Pandillas de universitarias disfrazadas con coronitas de Miss Liberty y cantantes callejeros buscando que alguien los descubra. El poster gigante de The Lion King al lado de uno mucho más pequeño de una obra de Arthur Miller, y más arriba, casi tocando el cielo el de Capitana Marvel. Una pareja de policías enormes paseando como si tal cosa y tú pensando que si algo tiene que pasar allí va a pasar aunque pongan un ejército entero. Te acercas a una escalinata de color rojo brillante y lo que ves en ella hace que te alegres de haber pillado el apartamento en Harlem o en el East Village, lejos de aquel bullicio sin sentido. Nunca has visto tanta gente haciéndose selfies junta, y es que Times Square, especialmente tras la reurbanización de la zona hará unos quince años, se ha convertido en eso, un fotocall descomunal diseñado para turistas de trazo grueso. Te quieres ir, y te vas, que ya has tenido bastante por hoy. Pero recuerda que tienes que volver a explorar las calles que salen a uno y otro lado de la plaza, donde está lo mejor de todo.

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I like New York in June… Y en cualquier época del año, y cualquier Nueva York, no sólo el de los highlights turísticos. Que sí, que hay que cumplir con los básicos sobre todo si es tu primera visita, claro que irás a Liberty Island (o coges el ferry a Staten Island que es gratis y tienes una vistaza de la estatua en perspectiva, si no te importa no verla desde muy cerca), y a Ellis Island si te da tiempo, y reflexionar un rato sobre el peaje que pagaron los que llegaron en busca del sueño americano, o de la pesadilla, según se mire. Y al distrito financiero, aunque no es obligatorio hacerse la foto junto al toro de Wall Street, y al One World Observatory y alrededores de la zona cero. Otro momento para meditar mirando las sobrecogedoras fuentes subterráneas que forman el memorial de las víctimas del 11-S y que ocupan las mismas superficies donde se asentaban las Torres Gemelas. Tómate diez minutos para visitar la pequeña iglesia de Saint Paul –la más antigua de la ciudad- que curiosamente fue lo único que quedó en pie tras la tragedia. Todavía la decoran dibujos infantiles dando ánimos a las familias de los desaparecidos.

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Y claro que subirás al Empire State, aunque desde el Top of the Rock (Rockefeller Center) la vista es mejor aún, bueno vale, sube a las dos. Y a San Patricio, y fíjate cómo se reflejan sus torres neogóticas en los cristales del rascacielos de al lado, y cruza para admirar el Prometeo del Rockefeller Plaza que parece que todos los días le pulieran el pan de oro, y el Atlas art decó soportando el peso del orbe en sus hombros de bronce. Y ya que estás date una vuelta por la recepción del Hotel Plaza y sigue en tu película un rato más, que he visto cómo te hacías la foto croisant en mano frente al escaparate de Tiffany´s.
Pero entra en el metro y viaja a los otros “newyorks” que puedes encontrar si te alejas de su centro neurálgico. Patear el Soho, Chelsea, Tribeca, Nolita o Murray Hill es tomar el pulso a la vida real de los aborígenes. El Meatpacking o los viejos mataderos convertidos en tiendas de marca o galerías de arte, sentarte a ver pasar gente en un banco de Washington Square y desear estudiar en NYU para hacer pellas todo el rato en ese lugar perfecto del mundo. Y no te olvides de explorar los lugares donde vive la gente de verdad. Queens, Brooklyn, ¡Williamsburg! Guarda un rato la cámara y mira con cuidado y respeto la vida cotidiana de la judería ortodoxa a un par de manzanas de una de las zonas más fashion de la metrópoli. Explora los barrios, sí, zambúllete unas horas en las calles del Harlem de los negros que hicieron América a base de sudor y olvido. Y ve al Bronx hispano, no tengas miedo que no pasa nada, y si en algún momento te sientes inseguro lejos de la zona de confort del Lower Manhattan… ya sabes, es parte del paquete, y también hay que querer ese Nueva York, how about you?

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It´s up to you, New York, New York! Es lo que va a sonar en tu cabeza cuando, por ejemplo, pises el césped del Sheep Meadow en Central Park, con la voz de Sinatra o Minnelli, a elegir. El efecto de los rascacielos del Midtown emergiendo detrás de la verde pradera llenará de música tu imaginación… Dedica una mañana o una tarde a pasear por las glorietas, los lagos y las veredas del oasis que encuentra el visitante en su periplo y que también es bálsamo diario de todo newyorker que se precie. No los han puesto ahí para entretener al turista, no, son de verdad, corren antes o después de la ardua jornada de trabajo, meriendan con sus niños o les regalan un paseo en barca, se encuentran con sus citas antes de cenar en el Tavern of the Green o The loeb boathouse… Porque por muchos turistas que veas pendientes de sus google maps, los habitantes de esta ciudad –que pueden ser originarios de cualquier punto del planeta- priman sobre el paisaje, ya sea haciendo cola para ver un partido de hockey de los New York Rangers o tomando una copa de champagne en el entreacto de una ópera en el Metropolitan (ni se te ocurra perderte el atardecer en la plaza del Lincoln Center mirando la fuente más bonita del mundo después de la de Trevi y los Chagalls tamaño XXL tras los cristales del auditorio).
Hablando de Chagalls y de Central Park, ¿sabes que te encuentras junto a la milla de los museos?

Al este del parque se esparcen los más importantes de la ciudad, a los que no debes faltar pero siempre con moderación, que no es sano darte un atracón de Pollocks y Hoppers en el MOMA y seguir la comilona en el MET (Metropolitan Museum of Art) con las colecciones de Rembrandts y Van Goghs, para acabar rodando cuesta abajo por la espiral del Guggenheim a golpe de Kandinskis y Picassos. Pero no te limites a “los oficialistas”, que hay un mundo de pequeñas-enormes colecciones en las que además no tendrás que hacer colas ni nada. La Frick Collection (fastuosa residencia del magnate Henry Clay Frick decorada con Grecos y Vermeers), la Neue Gallery, también en Fifth Avenue, especializada en maestros alemanes y austríacos, el Met Breuer, una extensión de arte moderno y contemporáneo del Metropolitan… y ya que estamos ¿por qué no darnos un paseo por el High Line hasta llegar al New Whitney Museum? Ya lo sé, un día en Nueva York se está convirtiendo en un mes… Ah, que no se me olvide, el MET también cuenta con una extensión dedicada al arte medieval al norte de la ciudad. Se llama The Cloisters, y aunque te parezca una barbaridad –lo es- se trata de un conjunto de portadas y claustros medievales llevados piedra a piedra desde el sur de Francia o el norte de España hasta la misma orilla del Hudson River. Caprichos de un tal Rockefeller… Merece la pena explorar los alrededores, zonas residenciales como Washington Heights y sus elegantes y tranquilos parajes.

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On the avenue I´m taking you to…42nd Street! Se acabó la tranquilidad, es hora de plantarse en el ojo del huracán y zambullirse hasta el fondo en la vorágine de colores que es el distrito de los teatros. Volvemos a Times Square pero esta vez vamos a recorrer las calles que la cruzan de este a oeste salpicadas de locales que te ofrecen lo mejor que puedes encontrar en el showbusiness mundial. Broadway es una calle pero también es un barrio y un mundo donde habitan el arte y la excelencia, y el negocio, claro. Y un estado de ánimo, exultante por demás. Shubert, St.James, Helen Hayes, Ambassador, Lunt-Fontanne, Imperial, New Amsterdan, Palace… son sólo algunos de los nombres más emblemáticos de los teatros que vas a encontrar a cada esquina ofreciendo obras de texto o musicales, por supuesto estos últimos son los que más fama han dado a la zona.

Más de cuarenta escenarios sólo entre la calle 42 y la 54 -que se considera el núcleo duro- extendiéndose hasta los confines de la ciudad en lo que se llama el Off Broadway, donde la única diferencia es el tamaño del aforo o la distancia del centro, no necesariamente la calidad del espectáculo. Algunos son nuevos, incluso están integrados dentro de modernos rascacielos, como el Marquis o el Minskoff, pero la mayoría lucen la solera que le han dado noches de gloria –así como estrepitosos fracasos- protagonizadas por Katherine Hepburn, Paul Newman o Lauren Bacall. Salones de estilo ecléctico, telones de terciopelo ajado, estucos cubiertos de pan de oro y grandes lámparas de araña, templos del brillo y del glamour, pero sobre todo del esfuerzo y la profesionalidad. En sus marquesinas han lucido los nombres de los más grandes, de los mismos que salen cada noche después de acabar su función por la puerta de actores y se paran amablemente a firmarte un autógrafo o a hacerse una foto contigo con toda la humildad que sólo tienen los que son así de grandes. Y es bonito verles en zapatillas y mochila al hombro cuando un rato antes salpicaban polvo de estrellas sobre el escenario. Si vas este verano vas a encontrar piezas contemporáneas de enorme éxito como Hamilton, Dear Evan Hansen o Frozen junto a los clásicos que nunca faltan, My Fair Lady, Oklahoma o Kiss Me Kate, en cuanto a musicales se refiere. Si buscas drama a pelo, es decir, sin música ni bailes, podrás ver a Jeff Daniels en Matar a un ruiseñor o a Glenda Jackson en El Rey Lear, y no, aunque te parezca algo inalcanzable, hay formas de poder probar un poquito de ese gran pastel. Mi consejo es que no compres entradas por anticipado a no ser que tengas mucho interés en ver algo específico o mucha pasta que gastar, porque hay taquillas en varios sitios de la ciudad en las que podrás encontrar una más que suculenta oferta de entradas a precio reducido para las funciones de ese mismo día o del día siguiente. Se llaman TKTS (Tickets Times Square) y aunque la más conocida es la de dicha plaza (y las colas más legendarias también), yo te recomiendo que acudas a las que se retiran más de ese punto –South Street Seaport o Lincoln Center-, mucho más cómodas y rápidas. No completas la experiencia neoyorkina si no vas, por lo menos, a un show de Broadway, y lo más normal es que una vez lo hayas probado quieras repetir, ¡dímelo a mí!.

Our love is here to stay… Después de varias jornadas vagabundeando por este enjambre vertical, te preguntarás cómo alguien en su sano juicio puede querer vivir aquí, y al mismo tiempo desearás instalarte para siempre, tendrás ganas de alejarte de toda esta locura y a la vez lamentarás irte sin haber visitado tantas cosas que aún te faltan, y es que ya te lo dije al principio, Nueva York es cielo e infierno, oasis y laberinto, guerra y paz. Desde Bernstein a Gershwin –que pusieron música a sus calles-, hasta Capote o Paul Auster que soñaron allí sus novelas, todos se han rendido ante su arrebatador encanto y también quisieron huir lejos, pero al final siempre se vuelve a por más. Ya me dirás tú.

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¿Un día en Nueva York? Una semana o diez días si puede ser, y no hagas demasiado caso de lo que te cuenten, ni siquiera de lo que te estoy contando yo ahora, porque lo mejor es ir donde te lleven tus pies y tus ojos y lanzarte a la aventura de conocer una ciudad apasionante como pocas hay, una urbe en blanco y negro o a todo color -depende de la película en la que estés- que de seguro va a saquear tus bolsillos además de tu corazón.

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FOTOGRAFÍA: Juan José Curado
DISEÑO y MAQUETACIÓN: GraZie Magazine

 

 

By: GraZie Magazine

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