Valor Humano

UNA ENFERMEDAD MÁS PELIGROSA QUE UN VIRUS

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Por el Padre Ángel García

Todos la hemos experimentado en algún momento de nuestra vida y no exagero: niños, abuelos, hombres, mujeres… Afecta a todo tipo de personas: a los políticos, a los médicos, a los sintecho, a los enfermos… hasta los curas hemos pasado muchas veces por esta situación. Os quiero hablar de la soledad. En concreto, de la soledad no deseada. Esa que no queremos ver nadie ni en pintura.

Imagen de manos

Muchos de vosotros me habréis escuchado decir, que la madre Teresa de Calcuta decía que la soledad mata más que el hambre. Sabía de lo que hablaba porque ella daba comida y compañía a las personas moribundas que nadie quería. Y no solo esta santa de gran carácter lo decía. El Papa Juan Pablo II, al que tuve la ocasión de conocer allá por los años 80 y a quien llevé un teléfono para explicarle que Mensajeros había inaugurado un servicio de escucha para las personas que se sentían solas, me dijo: ¿Sabes Ángel que los Papas nos sentimos solos muchas veces? Yo le dije que tenía remedio y le di un teléfono para que me llamara cuando se sintiera solo, pero claro, no me llamó nunca.

Pero es que también Felipe González, el exPresidente del Gobierno de España, ese a quien veíamos tan firme y tan seguro de sí mismo, me confesó en una de nuestras charlas que se sentía solo muchas veces ante la toma de grandes y difíciles situaciones. Le di un consejo típico de cura, que hablara con Dios, y él se rió y me dijo que lo había intentado pero que siempre le daba comunicando. Nos puede parecer gracioso pero yo sé que la soledad no deseada es esa que se nos echa encima como una mata negra que nos ahoga y no nos permite ver que detrás hay luz y esperanza.

Padre Ángel subiendo al altar

Cuando comencé la obra de Mensajeros, en los años 60, con mi compañero también cura que se llamaba Ángel, como yo, una de nuestras obsesiones era dar hogares de verdad a los niños huérfanos; también a los que aún teniendo familia no tenían hogar y desde luego, una de nuestras misiones fue la de no separar a los hermanos. Bastante tenían los pobres con no tener hogar ni familia, para dejarles además sin la única referencia que les podría consolar de su soledad abismal, esa que se siente cuando pierdes a tus padres, a tus familiares o a tus amigos más queridos. Hoy quiero contaros dos historias de soledad: la de un niño, Tinín, de seis años y la de una anciana, cuyo nombre, aunque no sus ojos,  se perdió en mi memoria.

Arbol

Tinín, que así se llamaba ese guaje de 6 años, bajó de aquél autobús que le traía a Oviedo y vino hacia mí, con esos ojos tristes y asustados, casi sin hablar y cabizbajo. Le recibí con un beso y una caricia en la cara y me miró atónito. No soltó ni una sonrisa.  Yo le pregunté: Pero Tinín, ¿qué te pasa? Y me contestó clavándome esos ojitos medio llorosos: Nada. Es que nadie me ha dado un beso nunca. ¿Cómo era posible que un niño de 6 años no recordara que alguien, alguna vez si quiera, hubo de darle un beso? Y si no tenía ese recuerdo… ¿Cómo había sido su vida hasta entonces? Ver la soledad de un niño es terrible. Palparla de esa manera te deja el alma rota. No ha sido la única soledad de niño que he vivido tan de cerca. Los he visto huir de la guerra de Siria de la mano de sus padres;  pero también estar perdidos en los campos de los refugiados, solos, descalzos, sin abrigo y al albur de las buenas personas que les recogían para compartir con ellos un poco de comida y de calor.  Los he visto muertos en la orilla del mar. Aylan, ese ángel que fue el símbolo del horror del drama de los refugiados y que presidió uno de los Belenes de Navidad que pusimos en la iglesia de San Antón. Allí dormía Aylan, mecido por las olas de un mar que no se apiadó de él. Allí solo se durmió, arropado por la espuma, hasta que su padre lo encontró por fin.  He visto nacer a niños solos en medio de los escombros que dejan los terremotos, y he visto morir a la madre en el parto y al padre huir de la responsabilidad de tener que alimentar a una vida nueva en medio de esa realidad devastada por el hambre, la destrucción y la pobreza. Nacer solo.

He hablado con políticos, con sintecho, con médicos, con mujeres maltratadas, con enfermos, con presos, con drogo dependientes, con creyentes y con agnósticos, hasta con ateos… y os digo que todos tenemos miedo a la soledad no deseada. Cuantas veces he cogido de la mano a personas que en su último viaje me han pedido no irse de este mundo sin agarrar una mano amiga. Seguro que habéis oído decir, para consolarnos, que en ese momento del viaje final, no debemos tener miedo porque nos estarán esperando allí, en ese lugar que desconocemos, nuestros seres mas queridos para que no nos sintamos solos.

Foto del Padre Ángel en la iglesia de San Anton

Muchas veces me tachan de cura rebelde, y lo soy.  He despertado a un ministro como Pepe Bono a las 2 de la mañana (estoy seguro de que no se le ha olvidado porque me exclamó: “Y ahora, ¿qué querrá este cura?”). Le desperté para que me ayudara a dar de comer a un grupo de niños que traíamos desde Irak a España para que les curaran sus heridas. Sí, soy un rebelde y no me he escondido nunca. Siempre he dicho que prefiero pedir perdón a pedir permiso. Si lo hubiera hecho al revés, no hubiera conseguido nada, estoy convencido. Desde siempre he luchado contra la soledad no deseada de los demás. Y eso se consigue cuidando de ellos.

Claro que yo también me he sentido solo en muchas ocasiones. Tal vez en la que más lo sentí fue cuando me diagnosticaron un cáncer de colon. Tenía tanto por hacer que solo la idea de irme antes de tiempo me torturaba, pero no podía compartirlo con nadie porque veía tan preocupadas a las personas que me rodeaban que no quería atormentarles con mi angustia. Sin embargo, me acordé de la receta que tantas veces doy yo a los demás: en la vida tan importante es querer como dejarse querer. Y ese momento había llegado para mí: tenía que dejarme querer y fue eso lo que me salvó, dejar de sentir esa soledad abismal estoy convencido de que me ayudó a curarme de aquel mal, que gracias a Dios y al amor que me rodeaba y que supe admitir, hoy está tan lejos que apenas lo recuerdo. Dejarse querer. No es fácil, hay que enfrentarse al ego para decirle que en ese momento tiene que dejar paso a los egos de los demás que también quieren lucirse contigo. El resultado es, como se dice ahora, un win to win, es decir, que ganamos todos.

Imagen de manos con brillos del sol

La otra historia, la de la anciana cuyo nombre no recuerdo, sucedió en una de las residencias de Mensajeros. Cuando una vez pasé a saludar a los residentes, le tuve delante y la besé ¿Sabéis qué me dijo? Sí, lo sabéis, porque os estoy contando una historia circular.  Me dijo lo mismo que Tinín: Hace tanto tiempo que nadie me besa… Al menos ella sí recordó que alguna vez, aunque fuera hace mucho tiempo, alguien lo hizo. En ese momento tenía delante  una carita llena de arrugas, pero en sus ojos, yo vi los ojos llorosos de Tinín.

Desde entonces no he dejado de acariciar, besar, dejarme también besar y acariciar hasta que ha venido una pandemia de la que no escapamos nadie. Ni siquiera un cura rebelde como yo. Aunque la verdad, si os soy sincero, he seguido haciéndolo con la mascarilla, pero no se lo digáis a nadie que luego me regañan.

Por eso, si este artículo tiene que motivarnos para algo, que nos sirva para fomentar la compañía, para emplear parte de nuestro tiempo en hacer compañía a los demás.  Y esto no significa perder dinero, ni tiempo. Significa ganar felicidad, ganar paz, ganar sentimiento y ganar valor y confianza en uno mismo. Porque es un dar en doble sentido. Eso es los que nos dan los demás cuando nosotros damos compañía.  Nunca me conformaré con la injusticia, con la pobreza ni con la soledad. Quiero combatirlas desde la pasión que me he movido siempre: creer en Dios y en los hombres. Creo en vosotros y creo que todos juntos podemos, no solo combatir la soledad, sino hacer un mundo mejor y más justo para todos. Aunque ahora tengamos que abrazarnos y tocarnos con la mirada. Que Dios os bendiga.

Firma del padreÁngel

Por:Padre Ángel García Rodríguez

Ficha del autor:

Padre Ángel García Rodríguez

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