EL VALOR DE LA COMUNIDAD PARA EL DESARROLLO Y LA MADURACIÓN DE LA PERSONA

por Javier Barraca Mairal | Autores, Compromiso social, Destacada

EL VALOR DE LA COMUNIDAD PARA EL DESARROLLO Y LA MADURACIÓN DE LA PERSONA

Dr. D. Javier Barraca Mairal
Profesor titular de Filosofía de la URJC

Hay textos que no solo invitan a leer, sino también a detenerse. En este artículo, el Dr. Javier Barraca Mairal propone una reflexión profunda sobre una verdad que, a veces, la vida moderna parece olvidar: nadie madura solo. A través de una mirada filosófica y profundamente humana, el lector se encontrará con una defensa serena del valor de la comunidad, de la familia, de los vínculos y de esa experiencia compartida que no limita a la persona, sino que la ayuda a crecer, a reconocerse y a encontrar sentido junto a los demás.

La comunidad como experiencia humana compartida

Podemos hablar de la comunidad desde la Sociología, en cuanto a la dimensión más empírica o experiencial de esta rama del conocer, o sea describiendo qué es una comunidad a partir de su observación. A ese respecto, todos atestiguaremos, ya que vivimos en comunidades de distinto tipo (familias, grupos de amigos, equipos de trabajo, etc.) que las comunidades son grupos humanos en los que se dan unos rasgos, rasgos como: ciertos valores e historia compartidos, un afecto de pertenencia, alguna interdependencia mutua y determinada responsabilidad compartida.

Ahora bien, cabe un enfoque más hondo de lo que implica una comunidad y de su valor, y ese enfoque pasa por la reflexión. Además, de cara a ver el papel que desempeña lo comunitario en la persona y su maduración, conviene también que nos planteemos una pregunta:

“¿Cuál es la razón de fondo por la que la maduración o formación humana precise de la comunidad?”.

La persona, un ser llamado a la relación

La respuesta a este interrogante comporta advertir que esto obedece a que el ser humano representa una “persona”, y la persona es constitutivamente “relacional”. La persona no es que realice solo “actos de relación”, sino que está “hecha para” la relación, llamada desde su raíz a la relación. La antropología filosófica contemporánea no deja de repetir este dato. Así, Martin Buber, en su obra Yo y tú (Ich und du), llegó a afirmar que el sujeto no se da sino en el encuentro recíproco del par “yo-tú”. Por esto, sostuvo que lo fundamental para la persona es la relación, y la relación con las otras personas, mucho antes que con las meras cosas. De aquí afirmaciones suyas tan elocuentes como: <<en el comienzo es la relación>>, o <<(…) las palabras primordiales no significan cosas, sino que indican relaciones (…) La palabra primordial yo-tú (…)>>, o <<cuando digo tú, no tengo nada, no poseo nada, pero estoy en relación…>>, etc. Aunque cabe advertir también el que, tal como insiste Lévinas, esto no ha de implicar el que se disuelva la diferencia radical que distingue a una persona de otra, la unicidad, lo irrepetible de cada persona.

Asimismo, en el reciente documento Quo vadis, humanitas se afirma claramente que la más fecunda antropología <<(…) se presenta como constitutivamente relacional y responsorial y, por ello mismo, responsable>> (Quo vadis, humanitas?, 4 de marzo de 2026, nº 10). Esto hasta el extremo de que se ha sostenido respecto de este texto que, de acuerdo con esta visión del hombre, el futuro de la humanidad está en las relaciones y no en la tecnología como, en cambio, se cree hoy a menudo.

Persona abriendo una cortina junto a una ventana iluminada, en una escena serena que evoca apertura, intimidad y crecimiento humano.

A veces, madurar también es abrirse a la luz que llega a través de los otros y del mundo que compartimos.

El desarrollo humano necesita encuentro

Junto al carácter personal de nuestro ser, los sujetos humanos participamos de una naturaleza o esencia activa común: la “humana”. Esto implica el que vivamos desde nuestra naturaleza corpóreo-racional. Como esta es finita y llamada a madurar, necesita “desarrollarse”. Ahora bien, su desarrollo integral o completo exige a cada persona humana vivir relaciones de “encuentro” —o sea, de aprecio o estima, amistad, amor— con respecto a sí misma, los otros —especialmente, otros sujetos humanos— y con lo trascendente. A la vez, esta necesidad de desarrollo brinda el fundamento no solo de lo comunitario sino también de la formación o educación. El hombre está llamado a crecer por dentro y por fuera, en todos los aspectos, integradora e integralmente, y por ello ha de formarse, cultivarse. Es, se ha dicho, un “ens educandum”, un ente que ha de verse educado.

De la relación personal a la dimensión comunitaria

Lo relacional del sujeto humano no se limita al encuentro entre individuos, sino que se proyecta de modo comunitario; es decir, grupal y social. De lo meramente interpersonal, del tú a tú, del rostro a rostro o cara a cara, de la intimidad de la amistad recíproca, se pasa a lo “comunitario”, es decir, al unirse varios en un tercero u otro; de manera que se conforma ya un grupo interpersonal integrado. Por esto, Aristóteles definió al hombre como un “animal político” (“social”), entendiendo con esto no solo que administrase los asuntos públicos, sino que vivía en comunidad, en “sociedad” (polis). Y el ya citado Buber lo explicó del modo que sigue:

«El hecho fundamental de la existencia humana no es el individuo en cuanto tal ni la colectividad en cuanto tal. Ambas cosas consideradas en sí mismas, no pasan de ser considerables abstracciones […] También el gorila es un individuo, también la termitera es una colectividad, pero el «yo» y el «tú» solo se dan en nuestro mundo, porque existe el hombre y el yo, ciertamente, a través de la relación con el tú» (M. Buber, ¿Qué es el hombre?, Fondo de Cultura Económica, México, p. 142).

Varias manos unidas en un gesto de apoyo y encuentro, imagen que simboliza la dimensión comunitaria y la integración de la persona.

La comunidad nace cuando el yo deja espacio al nosotros y el vínculo se convierte en fuerza compartida.

La comunidad no disuelve: integra

Según lo visto, la comunidad interhumana no es la simple asociación biológica o la cercanía e interacción colectiva física, que comparten algunos seres vivos —el hormiguero, el termitero, la colmena, la manada, etc.—. Lo comunitario humano no es lo colectivo, no equivale al colectivismo, a la simple pluralidad de entes disueltos en un todo mayor (como sucede en los totalitarismos, como puede apreciarse al contemplar los documentales sobre las manifestaciones colectivistas nazis o soviéticas). La comunidad no desintegra a la persona, sino que la integra, pues se ata con los lazos de la convivencia y el amor propios de las personas. Por eso, nada educa más hondo que una comunidad compenetrada en valores, ya que esta se basa en la forma de unión más estrecha que existe entre seres distintos: el amor personal, la sintonía entre los corazones. Así, vivir en comunidad nos educa no simplemente a través del conocer ideas o conocimientos, sino que nos forma en el saber más profundo —de “sapere”, saborear—, que es del interior de los sujetos y las vivencias compartidas.

El tercero, la justicia y la responsabilidad

Una comunidad es, por tanto, mucho más que un vínculo dual, entre dos. Por eso, Lévinas explicó la importancia del “tercero”, de la dimensión comunitaria que comporta un ir más allá del nudo que se limita a ligar entre sí a un par de personas. Lo comunitario nos sitúa en la esfera de lo social, la de la necesidad de simetría y proporción, de medir o calibrar derechos y deberes, a fin de que la justicia alcance a todos, delimitando lo asimétrico de una generosidad sin cálculo que inspira lo íntimo del amor. Esta dimensión comunitaria, según los pedagogos, resulta esencial para nuestra maduración integral, pues abre y educa al sujeto hacia valores cruciales, como la responsabilidad, la justicia o equidad, el compromiso, etc. Hoy, los filósofos de la educación describen, por esto mismo, que la formación siempre comporta una serie de relaciones bidireccionales que además se entrecruzan, configurando una “red relacional”: padres-hijos con profesores-instituciones, etc.

La familia, primer ámbito de maduración

Ahora bien, el grupo o la comunidad supera a lo meramente intersubjetivo, al binomio yo-tú, y lo abre al tercero, a los otros ajenos a la pareja, de manera que enriquece enormemente el alcance y las posibilidades, la fecundidad de la relación. Pensemos en un matrimonio que acoge a un hijo, en un hijo que además de sus padres tiene a sus hermanos, etc. Esto, pues se conforma así un “ámbito” ya comunitario, un campo de relación propio y colectivo, que genera vínculos compartidos proyectados hacia los demás desde la llegada del tercero. De alguna manera, la comunidad, comprendida filosóficamente, integra al yo y al tú del par inicial, pero los enlaza con fruto en el otro, formando así una “familia”, en sentido analógico. Esto resulta clave para nuestro desarrollo personal, para poder crecer y madurar en nuestra subjetividad que nos llama a salir fuera de nosotros y encontrarnos, integrándonos en un grupo. Sin familia, no nos formamosintegralmente, pues la familia como sabemos por experiencia ofrece un campo indispensable para el cultivo de nuestro ser por parte de los hombres. Y ello, hasta el punto de que se ha sostenido que sin comunidad no hay sujeto: <<No hay identidad sin pertenencia a un pueblo aunque se viva críticamente>> (Quo vadis, humanitas?, cit., nº 90).

Grupo intergeneracional de personas compartiendo un momento juntos al aire libre, imagen que simboliza la familia y las comunidades que ayudan a madurar a la persona.

La persona empieza a crecer en la familia, pero termina de comprenderse en esa red más amplia de generaciones, afectos y comunidades que también la sostienen.

Otras comunidades que también nos construyen

Además de la familia, están otras formas de unidad o comunidad. Por ejemplo, el grupo de amigos, el de colegas de trabajo, el de nuestra comunidad espiritual, el de nuestra patria. En todas estas formas de unión “participamos de un propósito, de un sentido, de unas metas comunes”, no somos meros individuos agregados como granos de arena o gotas de agua físicamente, sino que comulgamos en una realidad espiritual, con un significado profundo.

Educar en comunidad multiplica la fecundidad

En comunidad, la fecundidad de la formación se multiplica exponencialmente, geométricamente, no es una mera suma o adición de esfuerzos o sujetos. La comunidad verdaderamente unida posee una fuerza especial para educar, como sabía Don Bosco, quien insistió en que es ella la educadora, el ambiente familiar en valores compartidos. Agustín de Hipona habló a este fin de lo valioso de alcanzar una “concordia”, de ese tener un mismo corazón, y esto solo lo logra el amor que armoniza las comunidades interiormente, engendrando un caldo de cultivo incomparable para nuestro desarrollo. De aquí el proverbio: “para educar a un hombre hace falta toda una aldea” o “la tribu entera”, según el proverbio africano.

El roce de convivir también forma

De acuerdo con lo anterior, cabe advertir que “a la verdad y al bien se va en comunidad”, como enseña López Quintás. Aunque siempre hay que concienciarse de que en toda comunidad hay asperezas, roces, heridas, pues todos somos imperfectos, frágiles y vulnerables y nos hacemos daño, no solo bien. Mas, precisamente por eso, vivir en comunidad forma por el hecho mismo de que educa en la tolerancia, la paciencia y la humildad. El roce de la vida comunitaria, como el viento o el mar que erosionan, nos liman por dentro, aunque duela, o nos dan ocasión al menos de ello si, en vez del rencor, vivimos desde el perdón. Por eso, ser fiel y permanecer en la comunidad, sin perder a pesar de ello nuestro pensamiento o juicio propio y crítico, y aunque busquemos corregir lo malo y potenciar lo mejor de ella, nos forma, nos va “con-formando” con esa alma o espíritu común de los que somos parte.

Dar a los demás también nos forma

A veces, madurar también es aprender que al cuidar de otro, algo profundo en nosotros también crece.

Darse a los demás también nos madura

Junto a lo ya dicho, cabe señalar que muy pocas veces se advierte que no es solo la necesidad de madurar y educarnos la que fundamenta lo fértil de la comunidad, nuestra sed de recibir de ella y en ella. También resulta cardinal, para poder realizarnos, el “donarnos” a los otros, el “darnos” y cooperar a la maduración de los demás. La comunidad es formativa también al propiciar un cauce donde podemos aportar. Crecemos acogiendo lo de los otros, pero también dándonos, generando en suma una espiral o círculo virtuoso de valores y de formación compartida. El sujeto humano no busca, entonces, solo beneficiarse de la relación con los otros, también está hecho para aportarles, para entregarse a ellos, para colaborar y convivir —no meramente coexistir— con los demás.

El nacimiento del “nosotros”

El sentido de comunidad trasciende, en fin, al sujeto, integrándolo por elevación. Este sentido hace que configuremos un “nosotros”, que sintamos una “identidad común”. Ello no solo aumenta nuestras fuerzas con la coordinación o sinergia, sino que las ordena u orienta hacia un sentido más elevado y unitivo, que “trasciende” o “transfigura”, en el lenguaje de López Quintás, lo individual. Es el sentido de la “fraternidad”, un ser todos hermanos gracias a compartir un principio original común, un padre, una figura, una persona, un amor que nos intervincula. Por ejemplo, podemos ser “compatriotas” en una patria o terruño común que amamos. Esta transfiguración de la relación —que se opera en la comunidad cuando se la habita con creatividad y generosidad— convierte los lazos humanos en toda “una comunión de vida y de amor”.

Una última lección sobre la auténtica comunidad

Hay obras cinematográficas que muestran estos procesos de conformación o desintegración de lo comunitario. Así, en sentido negativo, lo vemos en la falsa comunidad de la mafia de la serie de El padrino, o en el cainismo social de la cinta española As bestas. Por el contrario, ejemplos de comunidad fecunda, aunque imperfecta, de misión-fraternidad, nos lo brinda la serie de films de El señor de los anillos, basada en las novelas de Tolkien, donde se habla de “la comunidad o compañía del anillo” y, en el fondo, de esa hoguera o fuego congregante de la amistad. Extraigamos, en fin, de estas obras, la necesaria lección: solo cuando la búsqueda del propósito compartido logra anudar los lazos del afecto, el aprecio mutuo sincero y, en definitiva, el amor, cabe forjar el sólido vínculo que precisa toda auténtica comunidad.

Reflexión GraZie

A veces creemos que crecer es resistir solos, cuando en realidad madurar también es aprender a pertenecer, a cuidar y a dejarnos cuidar. Porque allí donde existe una comunidad verdadera, el ser humano no se empequeñece: florece.


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Sobre la autoría

Dr. Javier Barraca Maira / PROFESOR TITULAR DE FILOSOFÍA EN LA URJC

Dr. Javier Barraca Mairal / PROFESOR TITULA DE FILOSOFÍA EN LA URJC

Javier Barraca Mairal nació en Zaragoza en 1964, y es, desde 2012, académico correspondiente de la Real Academia de jurisprudencia y legislación, sección de “Filosofía”. Y, desde 2010, profesor titular de universidad en la Universidad Rey Juan Carlos. En 1997 obtuvo el título de doctor en Derecho por la UCM. Su tesis se tituló "Los Derechos del hombre en el pensamiento de E. Lévinas". En 1992, había conseguido ya el título de Doctor en Filosofía y ciencias de la educación por la UCM, con la tesis "Arte y Derecho: su encuentro en la Filosofía". Es experto en pensamiento contemporáneo, en A. López Quintás y E. Lévinas entre otros autores. Ha obtenido diversos premios y reconocimientos académicos nacionales e internacionales y dirigido grupos y redes de investigación. Es asimismo Diplomado en Dirección de Empresas por la Cámara de comercio e industria de Madrid.

Tras su estancia de investigación y formación en París, logró en 1992 el diploma de doctorado de Filosofía (D.E.A.: Diplôme d´EtudesApprofondies) o Diploma de Estudios avanzados en Ciencias Humanas y especialidad ÉTICA de la Universidad “PANTEÓN-SORBONA”, PARÍS I, con calificación “très bien”. En 1988, había pasado a ser Licenciado en Filosofía y ciencias de la educación por la Facultad de Filosofía de la UCM, en concreto el 4 de agosto de 1988. Ese mismo año, de 1988, logró el título de licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la UCM, el 2 de marzo de 1988.

Entre las acreditaciones y reconocimientos logrados, cuenta con 3 sexenios de investigación ANECA. El último en 2024. Y puede citarse que en 2020 alcanzó la acreditación de sexenio de transferencia por la CNEAI-ANECA para el período 2002-2017. Y en 2019 su segundo sexenio de investigación también por la CNEAI del Ministerio de Educación para el período 2010-2017. En 2011, había logrado ya su primer sexenio de investigación de la CNEAI del Ministerio de Educación, para el período 2000-2008.

En cuanto a experiencia profesional, ejerce desde 2010 como profesor titular de la Universidad Rey Juan Carlos. Esto, hoy, en el departamento de “Arte y Humanidades”, y antes en el de “Ciencias de la educación, el lenguaje, la cultura y las artes, ciencias histórico-humanísticas y lenguas modernas”. Su área es la Filosofía. Y cuenta con 3 quinquenios de antigüedad reconocidos oficialmente por la Universidad Rey Juan Carlos. Antes fue profesor contratado doctor de esa misma universidad.

En relación con sus actividades de gestión, innovación y transferencia, desde la finalización de su primer doctorado –el de Filosofía-, en 1992, hasta hoy, durante 30 años, ha venido compatibilizando estas labores. Ha desarrollado estas actividades de transferencia tanto en instituciones públicas, como el Ministerio de Educación de España, como privadas, y ha sido MIEMBRO DEL CONSEJO DIRECTIVO DE ACCIÓN SOCIAL EMPRESARIAL. De este modo, entre otras tareas, puede mencionarse que actualmente es miembro del Comité Ético de la Universidad Rey Juan Carlos y miembro del CLAUSTRO DE LA FACULTAD DE ARTES Y HUMANIDADES de esta universidad; así como miembro del Consejo Asesor de la Cátedra de la Mujer de la Universidad Vicente Ferrer de Valencia; también fue miembro de la Subcomisión de Humanidades de la Comisión de Calidad URJC de Títulos Propios entre 2020-22. Actualmente, es Vice-Presidente de la Asociación Pro Universidad Juan de Ávila (desde el 4 de octubre de 2019) y miembro del Comité Asesor del Instituto de Oficiales de Cumplimiento (Compliance Officers) desde octubre de 2019. Fue miembro electo del Claustro, por el sector A, en la URJC de Madrid desde 2014 a 2018.

Ha participado en diversos proyectos y equipos de investigación. Así entre 2023-2015 fue IP y coordinador del Grupo propio de investigación URJC en Bio-estética (emergente, 2019) y director del grupo inter-universitario de investigación asociado de la Cátedra de Estética de la Asociación pro Universidad Juan de Ávila. Este grupo ha publicado ya diversos volúmenes colectivos de investigación en colaboración con otras instituciones, como el grupo internacional de Bioestética-GBE, etc. También entre 2021-12 fue director-coordinador del equipo internacional e interdisciplinar de I+D GBE en “Estética y Bioética” (BIO-ESTÉTICA) vinculado a la Red Internacional de Bioética de la Cátedra UNESCO de Bioética de la UE de Roma.  Entre 2021-17 fue miembro del grupo de investigación “Ética, política y derechos humanos en la sociedad tecnológica” (941719), coord., por G. González, Dpto. de Filosofía del Derecho, Moral y Política II de la UCM.

* Respecto de sus publicaciones, se mencionan y anotan las que siguen:

2023“Las relaciones con los otros y con la transcendencia en La vida es sueño: enseñanzas para la sociedad actual”, DOI: https://doi.org/10.15366/bp2023.34.007, en Bajo Palabra. II Época. Nº 34. Pgs. 141-160.

2021“Humanismo digital y uso prudente de las TIC en lo interpersonal”. En Human review, Revista Internacional de Humanidades / Revista Internacional De Humanidades, 10 (1), págs. 87–97. https://doi.org/10.37467/gkarevhuman.v10.3111.

2021“La filosofía en torno al sujeto en la auto antología poética de Borges”. En: Bajo Palabra. II Época. Nº 27. Pp. 443-464. DOI: https://doi.org/10.15366/bp2021.27.

2020“Unicidad y Derechos Humanos: un aliento de la dignidad distinto de la mera                reciprocidad”, en Los Derechos Humanos en el siglo XXI, tomo I, editores J. A. Pinto y A. Sánchez de la Torre, Ed. Real Academia de Jurisprudencia y Legislación-Edisofer libros jurídicos, septiembre, 2020, pp. 33-38, isbn 978-84-18493-00-3.

2019“El ser humano como sujeto vulnerable”, cap. en el libro colectivo: La persona en el S. XXI: una visión desde el derecho, coord. por Esther Alba Ferré; Aránzazu Roldán Martínez (dir.), Editores: Thomson Reuters Aranzadi, Año de publicación: 2019, Colecciones: Estudios, ISBN 9788413098999, segunda parte, cap. I, págs. 143-152.

2019“Tras las huellas del sujeto en Claros del bosque”, Revista de Hispanismo Filosófico, nº 24, pp. 159-170.  ISSN 11368071 (Madrid).

2019 “Lo irrepetible de la persona como innegable trasunto para el pensamiento actual: algunas elucidaciones de Urbano Ferrer“, en: La humildad del maestro: homenaje a Urbano Ferrer, Ed. Encuentro, coord.. por P. García Casas y A. R. Miñón, Madrid, AA.VV., pp.  618-625. ISBN 978-84-1339-005-5.

2018 Aportaciones a una antropología de la unicidad, Ed. Dykinson, Madrid.

2018 Lévinas y los Derechos Humanos como deudas con el otro, Avarigani editores, Madrid.

2017 Originalidad e identidad personal: claves antropológicas frente a la                                     masificación, Ed. San Pablo, colecc. Frontera nº23, Madrid.

2013“Una distinción levinasiana capital para los Derechos Humanos: los derechos del otro y el tercero”,revista Prisma jurídico, vol. 12, nº 1, Sao Paulo, UNINOVE, Brasil, (enero-junio) 2013, pp. 201-223.

2011“Lo irrepetible de la persona: la vida humana como realidad única y personal” enEl giro personalista: del qué al quién.Juan Manuel Burgos Velasco (ed. lit.), Fundación Emmanuel Mounier, Madrid, 2011, ISBN 978- 84-96611-74-0, págs. 141-155.

2009“El lenguaje de los Derechos Humanos y la cuestión de los límites. Algunas                      aportaciones de E. Lévinas”, en: Revista Prisma Jurídico, Sao Paulo, Brasil, nº 8 (2009).

2008 “E. Lévinas y la dignidad humana a la luz del acontecimiento                                                  antropológico”, en: Revista Prisma Jurídico, Sao Paulo, Brasil, nº 7 (2008).

2007“La alternativa de E. Lévinas a la versión moderna de la universalidad de los Derechos Humanos, en: Revista Persona y Derecho, Universidad de Navarra, vol. 56, pp. 393-408.

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