Cuando el ruido no sirve
Por Bernabé García-Heras Díaz
Hay días que no te enseñan algo nuevo: te recuerdan lo importante. Y casi siempre tiene que ver con personas, no con titulares.
Lo digo porque lo he comprobado en lo pequeño, donde la vida no se disfraza: una conversación que llega sin agenda, una mirada que no compite, un gesto de cuidado que no pide devolución. Mientras tanto, fuera, el mundo sigue su ritmo: velocidad, opinión, prisa, rendimiento. Como si todo tuviera que estar ocurriendo a la vez para que tenga valor.
Pero hay algo que no se aprende en el ruido: la presencia.
Y la presencia —esa forma de estar de verdad— es, quizá, el bien más escaso de nuestro tiempo.
El cansancio de lo inmediato
Nos hemos acostumbrado a la urgencia como si fuera un lenguaje natural. Contestamos antes de pensar. Opinamos antes de comprender. Saltamos de un tema a otro como si lo profundo fuera una pérdida de tiempo. Y sin darnos cuenta, esa dinámica va moldeando la mirada: nos vuelve impacientes, reactivos, más frágiles.
El problema no es solo el exceso de información. Es el efecto que produce cuando no la digerimos: vivimos más informados, sí, pero no necesariamente más conscientes.
A mí me preocupa esa confusión: creer que estar al día es estar despiertos. No siempre. A veces estar al día es, simplemente, estar distraídos con eficacia.
La conciencia no crece en la saturación. Crece en el silencio suficiente para escuchar lo que de verdad está pasando dentro y fuera de nosotros.

Las personas que no hacen ruido
Hay personas que no necesitan imponerse para dejar huella. No son las más ruidosas ni las más visibles, pero cuando aparecen en tu vida algo se ordena. Te devuelven una idea sencilla: lo importante no es ganar, es sostener.
Sostener un vínculo. Una palabra. Un gesto. Un “¿cómo estás?” que no es protocolo, sino presencia.
He aprendido a valorar a quien cuida el tono. A quien no convierte una conversación en una batalla. A quien sabe escuchar sin estar pensando en su respuesta. Porque ahí hay una ética. Y la ética, en el fondo, no es un discurso: es una manera de existir junto a los demás.
Me impresiona lo poco que cuesta humanizar un día: mirar a los ojos, hablar con honestidad, no ironizar sobre el dolor ajeno, no usar a nadie como escalón. Son cosas pequeñas, sí. Pero construyen el clima invisible donde vivimos.
Y ese clima se nota. Se respira. Se hereda.
Conciencia: eso que empieza en lo cotidiano
A veces se habla de conciencia como si fuera una cima espiritual, algo reservado a momentos extraordinarios. Yo la entiendo de otra forma: como una práctica diaria. Un entrenamiento del alma en lo simple.
Conciencia es preguntarse qué efecto tienen mis palabras. Conciencia es darse cuenta de cuándo estoy ocupando demasiado espacio. Conciencia es elegir no humillar aunque pudiera. Conciencia es reconocer que tengo prisa y aun así no atropellar a nadie con esa prisa.
También es aceptar que no todo lo que pienso debo decirlo, y no todo lo que siento debo convertirlo en sentencia.
La conciencia, para mí, empieza cuando dejamos de vivir en automático. Cuando decidimos ser responsables de nuestra huella.
Y huella no es solo lo que hacemos “grande”. Huella es cómo tratamos a quien nos atiende, a quien nos contradice, a quien no nos interesa. Huella es qué normalizamos con nuestros hábitos. Huella es qué toleramos por comodidad.
Lo cotidiano es el lugar donde se ve si somos coherentes.

El bien común no es una idea: es un hábito
Hay una palabra que me parece urgente recuperar sin grandilocuencia: bien común. No como eslogan, sino como brújula.
El bien común se juega en escenarios muy concretos: en cómo cuidamos lo compartido, en cómo consumimos, en cómo nos movemos por el mundo, en cómo tratamos al planeta y a las personas que no veremos nunca.
Porque lo común no es abstracto. Es el aire que respiramos. El agua que bebemos. La educación que recibimos. La dignidad que defendemos —o que dejamos caer— cuando pensamos que “no es cosa nuestra”.
No me interesa una conciencia que se queda en la emoción del momento y luego olvida. Me interesa una conciencia que se convierte en hábito: menos desperdicio, más respeto; menos cinismo, más responsabilidad; menos señalamiento, más compromiso.
Y aquí hay un punto delicado: el planeta no se cuida solo con mensajes bonitos. Se cuida con decisiones incómodas. Con coherencia. Con límites. Con un cambio real de prioridades.
Cuando tratamos la tierra como un recurso infinito, terminamos tratando a las personas como si fueran reemplazables. Todo está conectado.
Y el futuro —aunque a veces lo olvidemos— no es una promesa. Es una consecuencia.
Menos titulares, más verdad
Me gustaría que recuperáramos algo esencial: el valor de lo verdadero. Lo verdadero no necesita exageración. No necesita disfraz. No necesita demostrar.
Lo verdadero se sostiene.
Sostener una amistad sin convertirla en trámite. Sostener una familia sin vivir de espaldas. Sostener un equipo sin convertirlo en una máquina. Sostener una conversación sin necesidad de tener la última palabra.
Y sostener también una forma de comunicar que no se alimente del miedo, del escándalo o de la polarización constante.
Porque, sinceramente, hay una fatiga colectiva que no se cura con entretenimiento. Se cura con sentido. Con propósito. Con memoria.
La memoria no es nostalgia: es identidad. Es saber de dónde venimos para no repetir lo peor. Y también para rescatar lo mejor: la ternura, el respeto, la comunidad, la palabra dada.
A veces el mundo parece exigirnos que seamos duros para sobrevivir. Yo creo lo contrario: si nos endurecemos por dentro, sobrevivimos peor. Perdemos lo que nos hace humanos.
Reflexión GraZie
Al final, no nos define lo que publicamos, sino lo que cuidamos.
Personas. Tiempo. Palabras. Planeta.
Que el ruido no nos robe lo esencial: ser humanos de verdad.
Y ahora, sin titulares: ¿qué vas a cuidar mejor desde hoy?
Sobre la autoría

Bernabé García-Heras Días
Creativo editorial | Diseño de identidad corporativa | Cofundador de GraZie Magazine
Creativo editorial y diseñador especializado en identidad corporativa, con una trayectoria centrada en proyectos culturales, editoriales e institucionales, especialmente en el ámbito de la salud.
Es cofundador, junto a Custodia Ponce, de GraZie Magazine, medio digital e impreso comprometido con la cultura, la superación y el impacto social.
Ha diseñado más de cuarenta cubiertas para la editorial Última Línea, consolidando una línea visual reconocible dentro del sector editorial independiente. Es responsable de la identidad corporativa del Instituto Médico de Oncología Avanzada (INMOA) y del Centro Nacional de Prevención del Cáncer (CNPC), desarrollando marcas alineadas con valores de rigor científico, confianza y sensibilidad humana.
Participó en la edición integral del libro “Cocinando Tu Salud” como fotógrafo, videógrafo, diseñador y maquetador, integrando comunicación visual y narrativa editorial en un proyecto de divulgación sanitaria centrado en la alimentación oncológica.
Su trabajo combina dirección de arte, diseño editorial, branding e imagen estratégica, con una convicción clara: la comunicación visual no solo debe ser estética, sino también tener propósito, coherencia y memoria.













