EL BUZÓN
CAPÍTULO IV
CUANDO LAS CARTAS DEJARON DE LLEGAR
–Bb–
El cambio no ocurrió de repente.
El buzón no amaneció una mañana completamente vacío.
Simplemente empezaron a llegar menos cartas.
Al principio nadie le dio demasiada importancia.
Una semana sin noticias.
Después otra.
Luego algún sobre perdido entre facturas y publicidad.
La vida seguía.
Las personas seguían hablando.
Seguían felicitándose.
Seguían contando lo que les ocurría.
Pero cada vez lo hacían de otra manera.
Primero llegó el teléfono.
La voz de alguien que estaba lejos podía entrar en una casa sin necesidad de esperar varios días.
Después llegaron otras formas de comunicarse.
El correo electrónico.
Los mensajes.
Las fotografías enviadas casi al instante.
Las conversaciones que podían comenzar en un lugar y terminar en otro sin que la distancia pareciera existir.
Fue una revolución silenciosa.
Y el buzón la contempló desde su pequeño rincón.
No tenía nada contra aquellas nuevas formas de comunicación.
¿Cómo iba a tenerlo?
Eran rápidas.
Prácticas.
Cómodas.
Permitían saber que alguien estaba bien casi inmediatamente.
Permitían hablar con personas que se encontraban al otro lado del mundo.
Permitían compartir una fotografía en el mismo instante en que era tomada.
El mundo se hizo más pequeño.
Y eso también tenía algo hermoso.
Pero mientras todo aquello ocurría, el buzón empezó a quedarse solo.
Ya no había tantas manos levantando su pequeña puerta.
Ya no había tantos rostros esperando encontrar un sobre.
Las cartas dejaron de ser una parte habitual de la vida.
Y poco a poco se convirtieron en algo especial.
Algo que se escribía para determinadas ocasiones.
Una felicitación.
Una invitación.
Una despedida.
Una declaración.
Una carta que alguien escribía porque necesitaba decir algo de una manera diferente.
El papel comenzó a parecer antiguo.
La letra manuscrita, poco práctica.
El sello, innecesario.
Esperar, demasiado lento.
Y el buzón, que durante tantos años había recibido palabras cargadas de tiempo, comenzó a recibir principalmente aquello que nadie esperaba con ilusión.
Facturas.
Publicidad.
Avisos.
Papeles que se abrían sin emoción y que muchas veces terminaban en la papelera pocos minutos después.
Quizá fue entonces cuando el buzón empezó a comprender que no había desaparecido.
Simplemente había cambiado su lugar en nuestras vidas.
Antes había sido un puente.
Ahora era casi una pieza del paisaje.
Las personas seguían teniendo cosas que decirse.
Probablemente tenían incluso más que antes.
Pero ya no necesitaban un sobre para decirlas.
Ni un sello.
Ni una dirección escrita a mano.
Ni varios días de espera.
Bastaban unas palabras en una pantalla.
Y quizá ahí estaba la verdadera transformación.
No dejamos de comunicarnos.
Aprendimos a hacerlo de otra manera.
Más rápido.
Más lejos.
Más frecuentemente.
Pero también más deprisa.
Porque las palabras que antes podían permanecer durante días dentro de un sobre ahora podían desaparecer entre cientos de mensajes recibidos en una misma jornada.
Una conversación podía comenzar y terminar en minutos.
Una fotografía podía cruzar un continente en segundos.
Una felicitación podía llegar a cientos de personas al mismo tiempo.
Habíamos ganado velocidad.
Y nadie quería renunciar a ella.
El buzón lo veía todo.
Veía pasar los años.
Veía cambiar las casas.
Cambiar los nombres de las personas que vivían en ellas.
Cambiar las puertas.
Cambiar las calles.
Y cada vez encontraba menos palabras esperándolo.
Pero algunas seguían llegando.
De vez en cuando aparecía una carta.
Y cuando ocurría, algo extraño sucedía.
La persona que la recibía parecía detenerse.
Como si aquel sobre tuviera un peso diferente.
Como si, por unos instantes, el tiempo recuperara una velocidad antigua.
Se miraba el nombre.
Se reconocía la letra.
Se tocaba el papel.
Y entonces la carta volvía a tener algo que los mensajes rápidos habían hecho difícil de conservar:
permanencia.
Una carta podía guardarse durante años.
Podía aparecer mucho tiempo después dentro de un cajón.
Podía volver a leerse.
Podía conservar la letra de alguien que ya no estaba.
Un mensaje también puede conservarse.
Pero la carta llevaba consigo algo más.
Había sido tocada.
Doblada.
Guardada.
Transportada.
Había estado en las manos de quien la escribió.
Y había cruzado una parte del mundo para terminar en las manos de quien la esperaba.
Por eso quizá las cartas no desaparecieron realmente.
Simplemente dejaron de ser necesarias.
Y cuando algo deja de ser necesario, comienza a convertirse en recuerdo.
El buzón permaneció allí.
Sin protestar.
Sin pedir que volvieran las cartas.
Sin echar de menos una época que ya había terminado.
Solo observando.
Porque los objetos no juzgan los cambios.
Los sobreviven.
Y mientras nosotros avanzábamos hacia una forma de comunicación cada vez más inmediata, él permanecía en el mismo lugar.
Recibiendo cada vez menos palabras.
Hasta que llegó un momento en que muchas personas comenzaron a pasar junto a él sin mirarlo.
Ya nadie parecía preguntarse qué podía contener.
Y el buzón comprendió que aquella era quizá la parte más extraña de todo lo que había ocurrido.
No habíamos dejado de tener cosas que decir.
Habíamos dejado de necesitar esperar para decirlas.
Y quizá, sin darnos cuenta, también habíamos dejado de comprender el valor de algunas palabras.
Porque cuando todo puede llegar en un instante…
también existe el riesgo de que nada nos dé tiempo a sentirlo.
El buzón permaneció allí.
Vacío durante muchos días.
Esperando, aunque nadie se lo hubiera pedido.
Y quizá todavía guardaba una última historia.
Una historia que no hablaba de las cartas que habían llegado.
Sino de todas aquellas que ya nadie esperaba.
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⬅ Capítulo III · Palabras que tardaban en llegar
➡ Capítulo V · El buzón vacío (próximamente)
Sobre la autoría
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