RAMABAI RANVEER
CORRER POR SUS HIJAS
Por Redacción GraZie Magazine
Hay carreras que se corren para llegar primero.
Y hay otras que empiezan mucho antes de que alguien dé la salida.
La de Ramabai Ranveer comenzó muchos años atrás, cuando la vida le puso delante una responsabilidad que no había elegido: sacar adelante a sus dos hijas después de la muerte de su marido.
Tiene 47 años. Vive en Ambajogai, en el distrito de Beed, en Maharashtra, India, y trabaja como cocinera. Durante años ha realizado trabajos que le permitieran mantener a su familia y, sobre todo, procurar que sus hijas pudieran continuar estudiando.
El pasado 29 de agosto, sin embargo, Ramabai decidió correr.
No tenía ropa deportiva.
No tenía zapatillas de competición.
No tenía entrenamiento como corredora.
Tenía un sari, unas sencillas zapatillas y una razón.
Sus hijas.
UNA CARRERA QUE NO ESTABA EN SUS PLANES
La carrera, denominada Amrit Daud, se celebró en Ambajogai con motivo del 75.º aniversario del Kholeshwar Educational Complex, perteneciente a Bharatiya Shikshan Prasarak Sanstha.
El recorrido era de unos tres kilómetros.
Ramabai se presentó como una participante más. Al comienzo llevaba sus zapatillas, pero pronto comprobó que no podía correr cómodamente con ellas. Resbalaban y dificultaban su avance.
Entonces hizo algo tan sencillo como definitivo.
Se las quitó.
Las tomó en una mano y continuó corriendo descalza.
El camino no era precisamente un lugar preparado para alguien que corriese sin protección. Había asfalto húmedo y piedras. Ella, sin embargo, siguió adelante, sujetando con una mano el borde de su sari y avanzando con la otra.
Poco a poco fue dejando atrás a las demás participantes.
Y llegó primera.
No había salido pensando en convertirse en noticia.
Había salido pensando en sus hijas.

Recreación artística creada para GraZie Magazine que representa a Ramabai mientras trabaja y sus hijas continúan sus estudios.
CUANDO EL PREMIO SIGNIFICA MUCHO MÁS
El premio que recibió fue de 3.000 rupias, además del trofeo de la carrera.
Para muchos podría parecer una cantidad pequeña.
Para Ramabai no lo era.
Era dinero que podía convertirse en libros, cuadernos, material de estudio o en una ayuda para que sus hijas continuasen preparándose para su futuro.
Porque ese es el centro de esta historia.
No la carrera.
No el hecho de correr descalza.
No siquiera la victoria.
La educación de sus hijas.
Ramabai había abandonado sus propios estudios siendo muy joven. Su vida estuvo marcada por el trabajo y por unas circunstancias económicas que no le permitieron elegir demasiado.
Pero quiso que la historia fuese diferente para sus hijas.
Una de ellas, Pooja, de 22 años, se prepara para acceder a la policía. Su hermana Arti, de 20, estudia Ciencias de la Computación y también continúa su formación.
Dos caminos distintos.
Una misma madre detrás de ambos.
UNA COCINA, DOS HIJAS Y UN FUTURO
Para poder ayudar a sus hijas, Ramabai trabaja como cocinera en una academia de preparación.
Allí prepara comida para los estudiantes. Algunas informaciones publicadas tras la carrera señalan que llega a elaborar más de 200 chapatis al día.
No es una imagen especialmente espectacular.
No hay cámaras.
No hay una línea de meta.
No hay aplausos.
Es simplemente trabajo.
Cada día.
Mientras sus hijas estudian, ella cocina.
Mientras ellas preparan sus exámenes, ella trabaja.
Mientras ellas imaginan aquello que quieren llegar a ser, ella intenta conseguir que tengan la oportunidad de conseguirlo.
Y quizá ahí se encuentre la parte más importante de esta historia.
Hay personas que ayudan a construir un futuro sin llegar a formar parte de él.
Personas que trabajan para que otros puedan estudiar.
Personas que renuncian a muchas cosas para que sus hijos tengan alguna posibilidad más.
Ramabai es una de ellas.
TRES KILÓMETROS
Tres kilómetros pueden parecer poca distancia.
Pero hay días en los que tres kilómetros pueden contener una vida entera.
El cansancio de una madre.
La ausencia de un marido.
Los años de trabajo.
Las preocupaciones por llegar a fin de mes.
El deseo de que sus hijas estudien.
La incertidumbre ante el futuro.
Y también una pequeña esperanza.
Por eso quizá aquella mañana Ramabai no estaba corriendo únicamente sobre el asfalto de Ambajogai.
Estaba corriendo con todo lo que había vivido.
Y cuando las zapatillas dejaron de servirle, siguió adelante sin ellas.
A veces la vida funciona así.
Cuando aquello que tenemos deja de servirnos, no siempre podemos detenernos a buscar algo mejor.
A veces simplemente hay que continuar.
Descalzos.

Recreación artística de Ramabai corriendo descalza con sus chancletas en la mano durante la carrera.
UNA MADRE NO SIEMPRE PUEDE DARTE TODO
Ramabai no podía comprar unas zapatillas de competición.
Pero podía ofrecer algo diferente.
Su tiempo.
Su esfuerzo.
Su trabajo.
Su preocupación.
Y una voluntad enorme de que sus hijas tuvieran aquello que ella no pudo tener.
Después de que las imágenes de su carrera comenzaran a difundirse, la historia de Ramabai recibió atención en distintos lugares de India. Llegaron muestras de apoyo y ayudas económicas, incluida una aportación de la administración local.
También aparecieron personas dispuestas a ayudarla de otras maneras.
Pero quizá lo más importante ya había sucedido antes.
Una madre había decidido que sus hijas merecían seguir adelante.
Y para conseguirlo había hecho lo que llevaba toda su vida haciendo:
trabajar.
LA META ESTABA EN OTRO LUGAR
Cuando Ramabai cruzó aquella línea de llegada, había ganado una carrera.
Pero la verdadera carrera continúa.
Está en las aulas.
En los libros.
En los exámenes.
En las madrugadas de estudio de sus hijas.
En el sueño de Pooja de convertirse algún día en policía.
En el futuro que Arti está intentando construir.
Y en una madre que, después de haber recorrido tantos caminos difíciles, todavía sigue avanzando.
Quizá por eso la imagen de Ramabai corriendo descalza resulta tan poderosa.
No porque una mujer de 47 años haya conseguido vencer a otras corredoras.
Sino porque, durante unos minutos, pudimos ver algo que normalmente permanece oculto:
el esfuerzo silencioso que muchas madres hacen para que sus hijos puedan llegar más lejos que ellas.
Ramabai corrió tres kilómetros.
Pero llevaba mucho más tiempo corriendo.
Y probablemente todavía no ha llegado a la meta.
Porque cuando una madre corre por el futuro de sus hijos, la meta nunca está únicamente al final del camino.
Está un poco más adelante.
Siempre un poco más adelante.

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