NICHOLAS WINTON
Por Redacción GraZie Magazine
El hombre que nunca quiso que le llamaran héroe
Praga, diciembre de 1938
La ciudad seguía teniendo tranvías, cafés, escaparates y calles llenas de gente.
Pero para miles de personas que habían llegado hasta Praga huyendo de la persecución nazi, aquella normalidad era solo una apariencia.
Habían perdido sus casas. Habían abandonado sus ciudades. Algunas familias habían conseguido escapar de Alemania y de los territorios incorporados al Reich. Otras habían llegado desde los Sudetes, después de que Alemania los anexionara en octubre de 1938.
Entre quienes esperaban una salida había muchos niños.
Y fue allí, en aquella ciudad que todavía parecía continuar con su vida cotidiana mientras Europa comenzaba a resquebrajarse, donde llegó un joven británico de 29 años.
Se llamaba Nicholas Winton.
Había viajado a Praga después de cambiar sus planes de vacaciones. Su amigo Martin Blake, que trabajaba ayudando a refugiados, le había pedido que acudiera.
Winton pensaba quedarse unos días.
Aquello sería solo el principio.

Praga, diciembre de 1938, una ciudad aparentemente normal mientras miles de refugiados buscaban una salida.
Lo que encontró en Praga
Winton trabajaba en Londres como corredor de bolsa.
No era diplomático.
No pertenecía a una organización internacional de rescate.
No tenía autoridad política ni experiencia especial en operaciones humanitarias.
Pero cuando llegó a Praga comenzó a visitar los lugares donde se encontraban los refugiados.
Allí conoció a personas como Doreen Warriner, que trabajaba con el British Committee for Refugees from Czechoslovakia.
Lo que vio fue suficiente para comprender que la situación podía empeorar rápidamente.
La persecución contra la población judía se había intensificado de forma brutal después de la Kristallnacht, la oleada de violencia antijudía desencadenada en Alemania y Austria en noviembre de 1938.
Y ahora había niños que necesitaban salir.
Winton comenzó a pensar en una posibilidad que, sobre el papel, parecía casi imposible:
sacar a aquellos niños de Checoslovaquia y llevarlos a Gran Bretaña.
No sabía todavía cómo.
Pero sabía que había que intentarlo.
Volver a Londres no significaba olvidarlo
Winton regresó a Gran Bretaña.
Pero Praga viajó con él.
La idea del rescate comenzó a ocupar sus horas libres.
En Gran Bretaña ya existía el Kindertransport, que había permitido la llegada de miles de niños refugiados procedentes de Alemania, Austria y otros territorios amenazados por la persecución nazi.
Winton comprendió que podía intentarse algo semejante con los niños de Checoslovaquia.
La dificultad era enorme.
Había que conseguir permisos.
Había que encontrar familias dispuestas a acoger a los menores.
Había que reunir dinero.
Había que organizar los transportes.
Había que cumplir los requisitos establecidos por las autoridades británicas.
Y había que hacerlo deprisa.
El Gobierno británico exigía una garantía de 50 libras por cada niño y una familia que asumiera su acogida.
Winton empezó a escribir cartas, llamar a posibles colaboradores y buscar familias.
Durante el día continuaba trabajando en la Bolsa.
Fuera de su jornada laboral, organizaba un rescate.
No tenía una oficina llena de empleados.
Tenía documentos.
Listas.
Teléfonos.
Cartas.
Y una cantidad extraordinaria de insistencia.

Listas, cartas y documentos evocan el trabajo invisible que permitió organizar los transportes de niños desde Checoslovaquia.
Detrás de un nombre había muchas personas
Aquí conviene detenerse.
La historia de Nicholas Winton se ha contado a menudo como la historia de un hombre que salvó a 669 niños.
La cifra es cierta.
La historia, sin embargo, es mucho más amplia.
Winton desempeñó un papel fundamental en la organización del rescate desde Londres, pero no estuvo solo.
En Praga trabajaron personas como Doreen Warriner y Trevor Chadwick. Hubo colaboradores que localizaron a los niños y recopilaron información. Personas que prepararon documentos. Familias que aceptaron acoger a los menores. Voluntarios que acompañaron los viajes.
También estuvieron los padres.
Los padres que tuvieron que decidir si enviaban a sus hijos lejos, posiblemente sin saber cuándo volverían a verlos.
Aquello no fue una operación construida alrededor de una sola persona.
Fue una cadena de decisiones.
Y si una de ellas hubiera fallado, quizá alguno de aquellos trenes nunca habría salido.
El primer niño ya no era un número
El primer grupo salió de Praga el 14 de marzo de 1939.
Viajó en avión.
Al día siguiente, las tropas alemanas ocuparon Bohemia y Moravia.
El margen que quedaba se había reducido todavía más.
Después comenzaron los transportes ferroviarios.
Los niños llegaban a las estaciones con sus pequeñas pertenencias.
Al otro lado del viaje les esperaban familias británicas que habían aceptado recibirlos.
Desde fuera podía parecer una operación de transporte.
Pero para cada familia significaba mucho más.
Un niño que se marchaba.
Una madre que despedía.
Un padre que esperaba.
Una maleta.
Un nombre escrito en una lista.
Y una esperanza que nadie podía garantizar.

Los transportes permitieron que cientos de niños abandonaran Checoslovaquia antes del cierre definitivo de las fronteras.
669 historias
Entre marzo y agosto de 1939 salieron de Checoslovaquia ocho transportes vinculados a la operación organizada por Winton.
La cifra que ha quedado asociada a su nombre es 669.
Pero incluso ese número merece una explicación.
El álbum conservado por Winton documentaba 664 niños. Investigaciones posteriores identificaron cinco niños más que habían llegado en transportes financiados por su operación.
Por eso, la cifra generalmente aceptada es 669.
Puede parecer una cuestión menor.
No lo es.
Porque detrás de cada número hay una persona.
Y una historia.
El niño que después sería médico.
La niña que terminaría formando una familia.
El adolescente que aprendería un idioma nuevo.
La persona que viviría una vida entera sin saber durante años quién había ayudado a hacer posible aquella huida.
Los números permiten contar una historia.
Los nombres permiten comprenderla.
Y entonces llegó septiembre
Había otro tren preparado.
Debía salir de Praga el 1 de septiembre de 1939.
A bordo esperaban 250 niños.
Pero aquel tren nunca llegó a Gran Bretaña.
Ese mismo día comenzó la Segunda Guerra Mundial con la invasión alemana de Polonia.
Las fronteras se cerraron.
La posibilidad de escapar desapareció.
Muchos de aquellos niños quedaron atrapados.
La mayoría no sobreviviría al Holocausto.
Es imposible contar la historia de Winton sin detenerse aquí.
Porque el rescate no fue una historia de éxito absoluto.
Hubo niños que llegaron.
Y hubo niños que no pudieron hacerlo.
Hubo familias que volvieron a encontrarse.
Y familias que desaparecieron.
También por eso la historia de Winton no debería convertirse en una leyenda limpia y perfecta.
La historia real nunca lo es.
Después vino la vida
La guerra terminó.
Winton siguió adelante.
Trabajó.
Se casó.
Tuvo hijos.
Participó en diferentes iniciativas sociales.
Y durante décadas aquella historia permaneció prácticamente en silencio.
No había construido su vida alrededor de lo sucedido en Praga.
No publicó grandes relatos sobre su actuación.
No convirtió aquellos acontecimientos en una explicación de quién era.
El mundo siguió avanzando.
Y los niños también.
Ya no eran niños.
Habían crecido.
Habían trabajado.
Habían formado familias.
Algunos tuvieron hijos y nietos.
Muchos de ellos ni siquiera conocían toda la historia de cómo habían llegado a Gran Bretaña.
Hasta que, casi cincuenta años después, apareció un álbum.

Fotografías, nombres y documentos que ayudaron a recuperar la historia de los niños rescatados por Nicholas Winton.
Una caja en el ático
En 1988, la esposa de Winton, Grete, encontró en el ático de su casa un álbum con fotografías y documentación relacionada con los niños rescatados.
Aquello permitió reconstruir una historia que había permanecido prácticamente desconocida.
Y entonces apareció una pregunta inevitable:
¿quiénes eran aquellos niños?
La respuesta estaba en las listas.
Algunos pudieron ser localizados.
Y poco después Nicholas Winton fue invitado al programa británico That’s Life!, presentado por Esther Rantzen.
Lo que él no sabía era que entre el público había personas cuya vida había quedado ligada a la suya desde 1939.
Eran algunos de aquellos niños.
Ahora eran adultos.
Cuando comenzaron a levantarse de sus asientos, Winton descubrió que el pasado no había desaparecido.
Simplemente había estado esperando.
El hombre al que llamaron héroe
Después llegaron los reconocimientos.
En 2003 fue nombrado caballero por sus servicios a la humanidad.
En 2014, con 105 años, recibió en Praga la Orden del León Blanco, la máxima distinción de la República Checa.
Su nombre comenzó a aparecer en periódicos, documentales y libros.
Pero Winton no parecía sentirse demasiado cómodo con aquella nueva identidad.
La de héroe.
Prefería otra explicación.
Decía, en esencia, que había hecho lo que cualquiera podría haber hecho.
Es una frase que puede sonar humilde.
Pero también merece ser mirada de frente.
Porque no cualquiera lo hizo.
Hubo muchas personas que vieron la persecución.
Muchas que sintieron miedo.
Muchas que ayudaron de diferentes maneras.
Pero aquella posibilidad concreta —organizar aquellos transportes, buscar familias, reunir dinero, conseguir permisos y continuar insistiendo— necesitó que alguien decidiera ponerse a trabajar.
Y Winton lo hizo.
No solo.
Pero lo hizo.
Quizá no hacía falta ser un héroe
La palabra héroe puede resultar cómoda porque parece explicar una historia de una sola vez.
Alguien extraordinario.
Una acción extraordinaria.
Un resultado extraordinario.
Pero la vida de Winton resulta más interesante cuando quitamos esa palabra.
Porque entonces aparece un hombre.
Un hombre de 29 años.
Con un empleo.
Con una vida propia.
Que llegó a Praga.
Vio lo que estaba sucediendo.
Y empezó a buscar una solución.
No sabía cuántos niños conseguiría sacar.
No sabía cuánto tiempo tendría.
No sabía si las autoridades aceptarían sus solicitudes.
No sabía si encontraría suficientes familias.
No sabía siquiera cómo terminaría aquella historia.
Solo sabía que había niños que necesitaban salir.
Y empezó por ahí.

Nicholas Winton, el hombre cuya decisión permitió que cientos de niños tuvieran una nueva oportunidad de vida.
Lo que cabe dentro de una vida
Winton murió el 1 de julio de 2015.
Tenía 106 años.
Habían pasado más de siete décadas desde aquellos trenes.
Para entonces, los niños que habían viajado en ellos eran hombres y mujeres mayores.
Algunos tenían hijos.
Otros tenían nietos.
Habían construido carreras, hogares y familias.
Habían vivido.
Y quizá ahí esté la verdadera dimensión de aquellos viajes.
669 no es solamente una cifra.
Son 669 posibilidades de futuro.
Y el futuro no termina en la persona que aparece en una lista.
Continúa en sus hijos.
En sus nietos.
En las personas que conocieron.
En los libros que escribieron.
En las familias que formaron.
En las conversaciones que tuvieron.
Una vida puede contener muchas otras vidas.
El hombre que nunca quiso que le llamaran héroe
Quizá por eso no necesitamos terminar esta historia con una medalla.
Ni con una estatua.
Ni siquiera con la palabra héroe.
Podemos terminarla en aquel momento mucho más sencillo.
Un joven de 29 años llega a Praga.
Mira a su alrededor.
Comprende que el tiempo se está acabando.
Regresa a Londres.
Empieza a escribir cartas.
Busca familias.
Reúne dinero.
Organiza documentos.
Insiste.
Y consigue que los trenes comiencen a salir.
No sabe todavía cómo terminará la guerra.
No sabe qué será de aquellos niños.
No sabe que algún día tendrá 105 años y recibirá la máxima distinción de un país que entonces apenas conocía.
No sabe que un día una mujer encontrará un álbum en un ático y que aquel descubrimiento cambiará para siempre la manera en que el mundo recuerda su nombre.
Solo sabe una cosa:
hay niños que necesitan una oportunidad.
Y decide intentarlo.
Eso fue Nicholas Winton.
Y quizá esa sea la parte de su historia que más merece ser recordada.
No que quisiera ser un héroe.
Sino que, cuando todavía nadie sabía cómo terminaría aquella historia, decidió empezar a hacer algo.

Los lugares desde donde partieron aquellos trenes conservan la memoria de los niños que encontraron una nueva oportunidad.
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