EDITH EGER
LA BAILARINA QUE AUSCHWITZ NO PUDO SILENCIAR
Por Redacción GraZie Magazine
Antes de que su nombre quedara unido para siempre a Auschwitz, Edith era una muchacha que bailaba.
Tenía dieciséis años y soñaba con los escenarios. Había crecido en Košice, entonces Checoslovaquia, en una familia judía, y destacaba en la gimnasia y el ballet. Como tantas muchachas de su edad, tenía delante una vida que todavía estaba por escribir.
Pero en 1944 aquella vida cambió.
Los nazis ocuparon Hungría y Edith fue deportada junto a sus padres y sus hermanas. El viaje terminó en Auschwitz-Birkenau.
Allí, en cuestión de minutos, dejó de ser una adolescente para convertirse en una prisionera.
Sus padres fueron separados de ella y nunca volvería a verlos. Edith quedó junto a su hermana Magda.
Aquella primera noche ocurrió algo que muchos años después se convertiría en una de las imágenes más conocidas de su historia.
Josef Mengele entró en el barracón de las mujeres buscando entretenimiento. Alguien dijo que Edith era bailarina.
La música comenzó a sonar.
Era El Danubio azul, de Johann Strauss.
Y Edith bailó.
Pero mientras su cuerpo se movía delante de Mengele, ella intentó marcharse de allí con la imaginación. Cerró los ojos y se trasladó mentalmente a otro lugar. A un escenario. A la música. A la vida que había tenido antes.
Durante unos minutos, aquel lugar dejó de existir para ella.
Cuando terminó, Mengele le lanzó un pedazo de pan.
Edith lo compartió con otras muchachas.
Aquel gesto, contado décadas después por ella misma, no convierte aquella noche en algo menos terrible. No hay nada hermoso en Auschwitz.
Pero sí hay algo profundamente humano en aquella muchacha que, incluso allí, encontró dentro de sí un lugar al que sus captores no podían entrar.
Un lugar propio.

La danza que mantuvo viva en su interior una parte de la muchacha que había sido.
Los siguientes meses fueron una lucha por sobrevivir.
Edith permaneció aproximadamente seis meses en Auschwitz. Después, ella y Magda fueron trasladadas por diferentes campos de trabajo y obligadas a participar en marchas de la muerte.
El hambre, el frío, la enfermedad, los golpes y el agotamiento formaban parte de cada día.
En los últimos meses de la guerra, Edith llegó a pesar tan poco que apenas podía caminar.
En una de aquellas marchas llegó un momento en que ya no podía continuar.
Entonces ocurrió otra cosa que también permanecería en su memoria.
Las muchachas con las que había compartido aquel pedazo de pan años —o apenas meses— atrás formaron una especie de silla con sus brazos y la llevaron.
No sobrevivió sola.
Sobrevivió también porque hubo personas que decidieron sostenerla.
El 4 de mayo de 1945, las tropas estadounidenses liberaron el campo de Gunskirchen.
Edith estaba tendida entre cadáveres cuando un soldado la encontró.
Ella y Magda habían sobrevivido.
Sus padres, no.
Regresó a Europa después de la guerra y finalmente se reunió con su hermana Klara, que también había sobrevivido.
En 1946 se casó con Béla Eger.
Tres años después, la familia abandonó la Checoslovaquia comunista y terminó emigrando a Estados Unidos.
Podría parecer que ahí empezaba una nueva vida.
Pero algunas cosas no terminan cuando termina una guerra.
Edith llevaba consigo aquello que había ocurrido.
Durante años tuvo que convivir con los recuerdos, con la pérdida de sus padres y con todo aquello que había sucedido cuando apenas era una adolescente.
Y fue entonces cuando comenzó otro viaje.
Uno que no se hacía en trenes ni atravesaba fronteras.
Comenzó a estudiar Psicología.
Obtuvo su título universitario en 1969 y, en 1978, consiguió el doctorado. Se convirtió en psicóloga clínica y dedicó buena parte de su vida a trabajar con personas que habían sufrido traumas, entre ellas supervivientes de genocidios, víctimas de abusos y soldados traumatizados.
Quizá resulte extraño pensar que una mujer que había pasado por Auschwitz acabara dedicando su vida a ayudar a otros a comprender sus heridas.
Pero Edith no hablaba solamente de las heridas de los demás.
También hablaba de las suyas.

Nadie debería tener que sobrevivir sola. A veces, una mano tendida lo cambia todo.
En 1980 regresó a Auschwitz.
Habían pasado treinta y cinco años.
Volver al lugar donde había perdido a sus padres no era una visita turística ni un viaje al pasado.
Era enfrentarse de nuevo a un lugar que había formado parte de su vida aunque ella hubiera intentado seguir adelante.
Aquel regreso tuvo para Edith un significado especial.
Con el tiempo explicaría que necesitaba volver para recuperar algo que sentía que todavía pertenecía a aquel lugar: su libertad.
No podía cambiar lo sucedido.
No podía recuperar a sus padres.
No podía borrar los años de hambre, miedo y dolor.
Pero podía decidir qué lugar ocuparía todo aquello en el resto de su vida.
Y esa distinción acabaría siendo una de las ideas centrales de su pensamiento.
No se trataba de olvidar.
Tampoco de fingir que aquello no había ocurrido.
Se trataba de aprender a vivir sin permanecer para siempre allí.
Como ella misma explicó años después, no sentía que hubiera simplemente “superado” lo ocurrido. Había necesitado décadas para llegar a integrarlo en su vida.
Edith Eger siguió trabajando durante décadas.
Vivió en California, ejerció como psicóloga, colaboró con militares, enseñó y dio conferencias en distintos lugares del mundo.
Y cuando muchas personas pensarían que ya había contado todo lo que tenía que contar, Edith empezó a escribir.
Tenía noventa años.
En 2017 publicó The Choice: Embrace the Possible.
En España apareció un año después con un título que terminaría asociando para siempre su nombre con aquella muchacha que bailó en Auschwitz:
LA BAILARINA DE AUSCHWITZ.
El libro no es solamente el relato de una superviviente.
Edith mezcla en él sus recuerdos con las historias de algunas de las personas a las que ayudó como psicóloga. La experiencia del campo y su trabajo posterior aparecen unidos por una misma pregunta: qué puede hacer una persona con aquello que le ha ocurrido.
Y quizá por eso el libro llegó tan tarde.
Porque algunas historias necesitan muchos años antes de encontrar las palabras.

A los noventa años, Edith Eger encontró las palabras para contar su historia.
Edith Eger murió el 27 de abril de 2026, a los 98 años.
Pero quizá su historia no termine ahí.
Porque una vida no se mide únicamente por aquello que le sucede.
También por aquello que hacemos después.
Edith perdió a sus padres.
Perdió su adolescencia.
Perdió una parte de la vida que había imaginado cuando todavía era una niña.
Y, sin embargo, no permitió que Auschwitz fuera el último capítulo de su historia.
Durante más de ochenta años vivió después de aquella noche.
Amó.
Tuvo hijos.
Estudió.
Trabajó.
Escribió.
Ayudó a otras personas.
Regresó al lugar del que había escapado.
Y siguió bailando, aunque aquella primera danza hubiera ocurrido en el lugar más oscuro imaginable.
Quizá ahí esté la verdadera historia de Edith Eger.
No en que consiguió olvidar.
No en que consiguió convertir el dolor en algo hermoso.
Sino en que consiguió que su vida fuera mucho más grande que aquello que intentó destruirla.

De la oscuridad de Auschwitz a una vida dedicada a ayudar a otros. La historia de Edith Eger.
En 2018, Editorial Planeta publicó en España La bailarina de Auschwitz, la edición española de The Choice. Son 416 páginas en las que Edith Eger cuenta su experiencia y entrelaza su memoria con las historias de las personas a las que acompañó como psicóloga.
Quizá sea una buena manera de acercarse a su historia.
No para encontrar respuestas fáciles.
Sino para conocer a aquella muchacha que una noche, en Auschwitz, comenzó a bailar.
Y descubrir qué hizo con su vida cuando la música terminó.
PARA SEGUIR PENSANDO…
Sobre la autoría
GraZie Magazine es mucho más que una revista; es un abrazo cálido en forma de palabras e imágenes que celebra el alma humana. En un mundo a menudo tumultuoso, encontramos la belleza y la esperanza en cada persona. Creemos en el poder de las historias humanas para inspirar y conectar corazones.
















