DE IZQUIERDAS A DERECHAS
Cómo la experiencia, el trabajo y la vida pueden cambiar nuestra manera de pensar
Por GraZie Magazine
Hay cosas que aprendemos antes incluso de saber que las estamos aprendiendo.
Aprendemos cómo se habla en casa. Qué cosas están bien y cuáles están mal. Qué equipo de fútbol es el nuestro. Qué costumbres pertenecen a nuestra familia. Y, en muchas ocasiones, también aprendemos dónde se supone que debemos colocarnos políticamente.
Durante mucho tiempo, en España, parecía existir una especie de regla no escrita: si eras trabajador, eras de izquierdas.
Si eras humilde, de izquierdas.
Si estudiabas en la enseñanza pública, de izquierdas.
Si venías de una familia con pocos recursos, todavía más de izquierdas.
Y si además defendías determinadas causas sociales, la etiqueta parecía venir incorporada de fábrica.
Pero hay una pregunta que merece la pena hacerse:
¿En qué momento una persona tiene derecho a dejar de ser aquello que otros decidieron que debía ser?
Porque nadie nace de izquierdas.
Ni de derechas.
Nacemos sin ideología.
La ideología llega después.
UNA ETIQUETA QUE VIENE DE LEJOS
Durante la dictadura franquista, evidentemente, la realidad política era otra. No existía la libertad política que hoy conocemos y pertenecer a la oposición al régimen podía tener consecuencias muy graves.
Después llegó la Transición.
Y aquella España dividida, herida y todavía marcada por una guerra y por décadas de dictadura tuvo que aprender algo extraordinariamente difícil: convivir.
La Transición no fue perfecta. Ningún proceso histórico de semejante magnitud lo es.
Pero hubo personas capaces de comprender que para construir una democracia no bastaba con que cada uno defendiera sus propias ideas. Había que sentarse con quien pensaba diferente.
Y aquí aparece una figura que resulta especialmente interesante para esta reflexión: Santiago Carrillo.
No porque haya que convertirlo en modelo de nada ni porque sus ideas comunistas tengan que ser compartidas. Carrillo fue un dirigente comunista y defendió durante décadas posiciones políticas que hoy muchos españoles no compartirían.
Pero hizo algo políticamente significativo.
Comprendió que la democracia exigía convivir con quienes no pensaban como él.

De la protesta a la negociación: una generación política ante el reto de construir la democracia.
En 1977, el PCE aceptó que la bandera española estuviera presente junto a la bandera del partido y Carrillo declaró que, en aquellas circunstancias, la disyuntiva fundamental no era monarquía o república, sino dictadura o democracia.
Incluso defendió públicamente que el comunismo podía convivir con una monarquía democrática y constitucional.
Y poco después llegó otro ejemplo extraordinario de aquella voluntad de entendimiento.
Los Pactos de la Moncloa.
El 25 de octubre de 1977 los firmaron representantes del Gobierno y de las principales fuerzas políticas, entre ellos Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, Felipe González y Santiago Carrillo. El objetivo era afrontar una situación económica muy complicada y, al mismo tiempo, consolidar la democracia recién recuperada.
Aquello no significaba que todos pensaran igual.
Precisamente significaba lo contrario.
Pensaban diferente y, aun así, fueron capaces de ponerse de acuerdo.
Quizá esa sea una de las grandes lecciones que estamos olvidando.
EL TRABAJADOR NO TIENE DUEÑO POLÍTICO
Durante generaciones se ha transmitido la idea de que el trabajador pertenece naturalmente a la izquierda.
Pero un trabajador no pertenece a ningún partido.
Un trabajador pertenece a su familia.
A su esfuerzo.
A su salario.
A su hipoteca o a su alquiler.
A sus ahorros, si consigue ahorrar.
A la educación de sus hijos.
A la pensión que espera recibir después de décadas trabajando.
A la seguridad de su barrio.
A las oportunidades que pueda ofrecer a sus hijos.
Y también, por qué no decirlo, al país en el que vive.
Por eso quizá llega un momento en la vida en que algunas personas empiezan a hacerse preguntas diferentes.
Cuando eres joven puedes mirar el mundo desde los ideales.
Cuando empiezas a trabajar lo miras también desde la nómina.
Cuando formas una familia aparecen otras responsabilidades.
Cuando consigues ahorrar empiezas a preguntarte qué ocurrirá con aquello que tanto te ha costado conseguir.
Y cuando llegan los años, aparecen nuevas preocupaciones: la pensión, la sanidad, la vivienda, la seguridad, los impuestos, el futuro de los hijos y de los nietos.
No necesariamente cambia la persona.
Puede cambiar su manera de mirar la realidad.
Y entonces puede suceder algo que durante mucho tiempo parecía casi una contradicción:
un trabajador puede sentirse más próximo a determinadas posiciones de la derecha.
No porque haya dejado de ser trabajador.
Sino precisamente porque sigue siéndolo.
CAMBIAR DE OPINIÓN NO ES TRAICIONARSE
Existe una cierta tendencia a interpretar el cambio ideológico como una traición.
Si alguien que votó a la izquierda durante veinte años comienza a votar a la derecha, algunos lo consideran un vendido.
Si alguien que defendió unas ideas durante su juventud empieza a cuestionarlas, se le acusa de haber cambiado de principios.

Trabajo, familia, vivienda, ahorro y futuro: las experiencias que también pueden cambiar nuestra manera de pensar.
Pero quizá sea exactamente al revés.
Quizá cambiar después de haber pensado sea una consecuencia de haber pensado.
No tenemos por qué conservar durante toda la vida las ideas que teníamos a los veinte años.
La experiencia también educa.
La realidad también educa.
Los errores educan.
La economía educa.
La familia educa.
Y, sobre todo, comparar educa.
Por eso DE IZQUIERDAS A DERECHAS no debería entenderse como un viaje obligatorio.
No todo trabajador tiene que acabar siendo de derechas.
De la misma manera que no todo trabajador tiene que ser de izquierdas.
La libertad consiste precisamente en poder decidirlo.
¿QUÉ HA OCURRIDO CON LA IZQUIERDA?
Aquí comienza la parte incómoda.
La izquierda nació históricamente asociada a la defensa de los trabajadores, de los sectores más desfavorecidos y de una mayor igualdad social.
Pero la pregunta que hoy puede hacerse una persona de izquierdas, sin que nadie tenga derecho a descalificarla por ello, es si las organizaciones políticas que actualmente ocupan ese espacio siguen representando exactamente las mismas prioridades.
La pregunta no es absurda.
Tampoco es patrimonio de la derecha.
Y debería poder hacerse desde la propia izquierda.
Porque una izquierda que no admite preguntas deja de ser una izquierda crítica para convertirse en una identidad.
Y cuando la política se convierte en identidad, aparece un problema: dejamos de analizar las ideas y empezamos a defender las etiquetas.
Eso ocurre en todos los lados.
También en la derecha.
Pero la izquierda tiene una responsabilidad añadida precisamente por la tradición histórica que reivindica: si dice hablar en nombre de los trabajadores, tiene que escuchar qué preocupa realmente a los trabajadores.
Y las preocupaciones de una familia española no desaparecen porque existan problemas en otras partes del mundo.
Palestina importa.
Ucrania importa.
El cambio climático importa.
Los conflictos internacionales importan.
La solidaridad humana importa.
Pero también importa España.
Importa el precio de la vivienda.
Importa llegar a final de mes.
Importa poder ahorrar.
Importa encontrar trabajo.
Importa que un autónomo pueda mantener abierto su negocio.
Importa que una familia pueda educar a sus hijos.
Importa que una persona mayor pueda vivir dignamente.
Y no debería ser necesario elegir entre preocuparse por el mundo y preocuparse por el propio país.
España puede mirar hacia fuera sin dejar de mirarse a sí misma.
De hecho, una democracia madura debería ser capaz de hacer las dos cosas.
PRIMERO, LAS PERSONAS
Hay otra cuestión que tampoco deberíamos olvidar.
Defender España no convierte automáticamente a nadie en extremista.
Llevar la bandera española no convierte automáticamente a nadie en franquista.

Pensar sobre política también significa preguntarse qué necesita la sociedad en la que vivimos.
Defender la unidad de España no significa necesariamente negar la existencia de sus distintas culturas, lenguas o territorios.
Y defender los intereses de los españoles tampoco significa despreciar a quienes vienen de otros países.
La propia Constitución de 1978 define España como un Estado social y democrático de Derecho y establece como valores superiores la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. También afirma que la soberanía nacional reside en el pueblo español y reconoce la unidad de la Nación española junto con la autonomía de sus nacionalidades y regiones.
Es decir:
España y democracia no son conceptos incompatibles.
Son, precisamente, parte del mismo marco constitucional.
Por eso resulta preocupante cuando cualquier símbolo nacional es convertido automáticamente en patrimonio de una ideología.
Una bandera pertenece a todos.
También a quien vota a la izquierda.
También a quien vota a la derecha.
También a quien no vota.
Y también a quien todavía no sabe dónde colocarse.
Y ENTONCES LLEGA LA DERECHA
Quizá por todo esto algunas personas terminan acercándose a la derecha.
No necesariamente porque se hayan hecho ricas.
No necesariamente porque hayan dejado de preocuparse por los demás.
No necesariamente porque hayan olvidado de dónde vienen.
A veces ocurre precisamente porque recuerdan de dónde vienen.
Porque saben lo que cuesta trabajar.
Porque saben lo que cuesta ahorrar.
Porque han visto a sus padres sacrificarse.
Porque quieren que sus hijos tengan oportunidades.
Porque desean estabilidad.
Porque quieren que el esfuerzo tenga algún sentido.
Porque consideran que el Estado debe ayudar a quien lo necesita, pero también creen que debe existir responsabilidad individual.
Porque quieren una España que pueda proteger a sus ciudadanos y, al mismo tiempo, participar en Europa y en el mundo.

Cambiar de opinión también puede formar parte del camino de una persona.
Y porque llegan a una conclusión que quizá les resulta incluso incómoda:
«Yo no he cambiado de clase. He cambiado de opinión».
Eso debería ser perfectamente legítimo.
NO HAY QUE NACER DE UN COLOR
La política española ha convertido demasiadas veces las diferencias ideológicas en trincheras personales.
Rojo.
Azul.
Izquierda.
Derecha.
Progresista.
Conservador.
Como si detrás de cada palabra no hubiera personas.
Y quizá deberíamos recuperar algo mucho más sencillo.
La posibilidad de pensar.
De comparar.
De equivocarse.
De rectificar.
De escuchar al contrario.
De reconocer algo bueno cuando lo propone alguien con quien normalmente no estamos de acuerdo.
Eso fue, en buena medida, lo que permitió avanzar durante la Transición.
Carrillo no dejó de ser comunista porque aceptara determinadas reglas del nuevo sistema democrático. Su decisión política fue entender que había cuestiones superiores a la propia etiqueta ideológica. La historia documenta incluso su disposición a aceptar una monarquía constitucional y la bandera nacional como parte de aquella estrategia de normalización democrática.
Hoy podemos preguntarnos si hemos aprendido aquella lección o si hemos vuelto a encerrarnos en nuestras respectivas trincheras.
Porque quizá el problema no sea ser de izquierdas.
Ni ser de derechas.
El problema aparece cuando dejamos que alguien decida por nosotros qué debemos pensar por haber nacido en una determinada familia, haber estudiado en un determinado colegio, trabajar en una determinada profesión o ganar una determinada cantidad de dinero.
Nadie debería nacer políticamente marcado.
Uno nace.
Crece.
Aprende.
Trabaja.
Se equivoca.
Conoce.
Compara.
Y un día descubre que aquellas ideas que recibió como propias quizá ya no lo representan.
Entonces cambia.
Y no tiene por qué pedir perdón.
Puede seguir siendo la misma persona.
Puede seguir queriendo a los mismos.
Puede seguir ayudando al que lo necesita.
Puede seguir defendiendo la igualdad.
Puede seguir siendo solidario.
Puede seguir siendo trabajador.
Y, sencillamente, votar diferente.
Quizá eso sea la verdadera libertad política.
No la libertad de elegir entre dos etiquetas.
Sino la libertad de no tener ninguna etiqueta obligatoria.
De izquierda a derecha.
Y de derecha a izquierda, si algún día la vida vuelve a enseñarnos otra cosa.
Porque una democracia no necesita ciudadanos que permanezcan quietos en una casilla.
Necesita ciudadanos que puedan pensar por sí mismos.
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Sobre la autoría
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