IKIGAI

LO QUE HACE QUE LA VIDA MEREZCA LA PENA

Por Redacción GraZie Magazine

Hay palabras que llegan desde muy lejos y, cuando alcanzan otro idioma, empiezan a cambiar.

Les ocurre a muchas.

Una palabra japonesa puede viajar miles de kilómetros, aparecer en un libro, después en una conferencia, más tarde en una red social y, finalmente, terminar convertida en algo que nunca fue exactamente aquello que quería decir.

Con ikigai ha ocurrido algo parecido.

Durante años hemos visto su nombre dentro de cuatro círculos que se cruzan: lo que amamos, aquello en lo que somos buenos, lo que el mundo necesita y aquello por lo que alguien estaría dispuesto a pagarnos.

En el centro de todo aparece una palabra:

IKIGAI.

Parece perfecto.

Demasiado perfecto.

Como si la vida pudiera resolverse encontrando el pequeño espacio donde coinciden todas nuestras respuestas.

Pero el verdadero ikigai es bastante más humano.

Y quizá también bastante más difícil de dibujar.

UNA PALABRA QUE NO NECESITA UN CÍRCULO

En japonés, ikigai se escribe 生きがい.

La palabra está relacionada con iki, vida, y gai, valor o aquello que merece la pena. Su significado no puede encerrarse en una única traducción, pero suele relacionarse con aquello que hace que la vida tenga sentido, que merezca la pena ser vivida, con una razón para seguir adelante o con aquello que proporciona significado y motivación a la existencia.

Y aquí aparece una diferencia importante.

El ikigai no tiene por qué ser un trabajo.

No tiene por qué convertirse en una profesión.

No necesita producir dinero.

Ni siquiera tiene que ser algo extraordinario.

Puede estar en una persona.

En una afición.

En una responsabilidad.

En aquello que hacemos por los demás.

En una actividad que nos hace sentir útiles.

En algo tan sencillo como cuidar un jardín, esperar una llamada, preparar la comida para alguien que queremos o saber que mañana volveremos a hacer aquello que nos gusta.

En Japón, el concepto se ha estudiado desde ámbitos como la psicología, la gerontología y las ciencias sociales precisamente porque no resulta sencillo traducirlo a una sola palabra occidental.

Por eso quizá sería más acertado no preguntar:

«¿Cuál es mi ikigai?»

sino:

«¿Qué hace que mi vida tenga sentido para mí?»

EL DIBUJO QUE NO VENÍA DE JAPÓN

Durante mucho tiempo hemos asociado el ikigai a aquel famoso dibujo de cuatro círculos.

Pero hay algo curioso.

El dibujo no es japonés.

Diagrama de cuatro círculos asociado al concepto occidental de ikigai

El famoso diagrama de los cuatro círculos que popularizó en Occidente la idea del ikigai.

La versión que se hizo famosa en Occidente procede de un esquema creado originalmente alrededor de la idea de propósito personal. En 2014, el británico Marc Winn tomó un diagrama anterior del español Andrés Zuzunaga y sustituyó el concepto central de «propósito» por la palabra ikigai. La combinación comenzó entonces a difundirse con enorme rapidez.

El resultado fue tan sencillo y tan visual que terminó convirtiéndose en la imagen universal del ikigai.

Pero no representa el concepto japonés original.

Y esto no significa que el dibujo sea inútil.

Puede servir como ejercicio para pensar sobre nuestra vida profesional o nuestras motivaciones.

Lo que conviene evitar es presentarlo como si fuera una antigua fórmula japonesa para descubrir nuestro destino.

Porque no lo es.

La verdadera historia es mucho más interesante.

EL IKIGAI NO TIENE POR QUÉ SER GRANDE

Quizá una de las cosas más bonitas del ikigai sea precisamente que no necesita ser importante para nadie más.

Puede serlo solamente para nosotros.

Una mujer puede encontrar su ikigai cuidando de sus nietos.

Un hombre puede encontrarlo arreglando radios antiguas.

Alguien puede encontrarlo en pintar.

Otro, en salir cada mañana a caminar.

Alguien puede vivir pendiente de que florezcan las plantas que lleva años cuidando.

Y otro puede descubrir que su razón para levantarse cada día es sencillamente saber que alguien espera su presencia.

No hay una escala.

No existe una clasificación.

No hay un tribunal que decida qué ikigai vale más.

Mujer japonesa pintando tranquilamente en un espacio rodeado de naturaleza

El ikigai también puede encontrarse en aquello que hacemos simplemente porque nos hace bien.

En estudios realizados en Japón con personas mayores aparecen precisamente elementos como las relaciones personales, la satisfacción cotidiana, el sentimiento de utilidad, la realización personal y el valor que cada individuo atribuye a su propia vida.

Es decir:

el ikigai puede estar escondido en lo cotidiano.

Y quizá por eso cuesta tanto encontrarlo.

Estamos acostumbrados a buscar las cosas importantes en lugares importantes.

Queremos una gran respuesta.

Una gran pasión.

Un gran proyecto.

Una gran razón.

Y a veces la vida no funciona así.

MIEKO KAMIYA Y LA PREGUNTA MÁS DIFÍCIL

Cuando hablamos del ikigai moderno resulta inevitable detenernos en una mujer llamada Mieko Kamiya.

Psiquiatra japonesa, Kamiya estudió profundamente el significado del ikigai y publicó en 1966 Ikigai ni Tsuite, una obra dedicada al sentido de la vida.

Su aproximación resulta especialmente interesante porque no convirtió el ikigai en una receta para alcanzar el éxito.

Lo observó desde una pregunta mucho más profunda:

¿Qué hace que una persona sienta que su vida merece la pena?

Su trabajo estuvo influido por su experiencia con personas que atravesaban situaciones extremadamente difíciles, y entendió el ikigai como una dimensión humana relacionada con el significado de la vida.

Hay algo poderoso en esa idea.

Porque significa que el ikigai no aparece solamente cuando todo va bien.

A veces aparece precisamente cuando necesitamos encontrar una razón para continuar.

NO SIEMPRE COINCIDE CON LO QUE HACEMOS

Aquí aparece otra de las grandes diferencias con la interpretación moderna del ikigai.

Podemos tener un trabajo y, sin embargo, nuestro ikigai estar en otro lugar.

Podemos ganar dinero haciendo algo que no amamos.

Podemos amar profundamente algo que nunca nos dará dinero.

Podemos sentirnos útiles en una actividad que nadie considera una profesión.

Y no hay ninguna contradicción.

El trabajo es una parte de la vida.

El ikigai pertenece a la vida entera.

De hecho, la investigación japonesa ha distinguido entre ikigai-kan, el sentimiento de ikigai, y ikigai tai-sho, aquello que constituye su fuente u objeto. Es decir, podemos hablar tanto del sentimiento que experimentamos como de aquello que lo provoca.

Y quizá esta diferencia explique por qué tantas personas se sienten perdidas cuando intentan convertir su ikigai en una profesión.

Porque no todo aquello que da sentido a nuestra existencia tiene que convertirse en nuestro trabajo.

Hay cosas que pierden parte de su belleza cuando intentamos convertirlas en obligación.

UNA RAZÓN PARA LEVANTARSE

Hay una imagen sencilla que puede ayudarnos a entenderlo.

Una persona abre los ojos por la mañana.

No sabe todavía qué ocurrirá durante el día.

Tiene problemas.

Tiene preocupaciones.

Tiene cosas pendientes.

Como todos.

Pero hay algo que espera.

Puede ser pequeño.

Quizá alguien.

Quizá una tarea.

Quizá una conversación.

Quizá una caminata.

Quizá terminar algo que empezó ayer.

Quizá cuidar de una planta que necesita agua.

Quizá sentarse tranquilamente a leer unas páginas.

Quizá simplemente saber que todavía quedan cosas por vivir.

Eso también puede ser ikigai.

No hace falta que cambie el mundo.

Basta con que cambie la manera en que nosotros sentimos nuestro lugar en él.

CUANDO LA VIDA SE QUEDA SIN RESPUESTAS

Hay momentos en los que nuestro ikigai parece desaparecer.

La jubilación.

Una pérdida.

Un cambio de ciudad.

La marcha de los hijos.

Una ruptura.

Una enfermedad.

El final de una etapa.

Durante años hemos construido nuestra identidad alrededor de determinadas cosas y, de repente, esas cosas dejan de estar.

Hombre contemplando la lluvia desde una ventana en un momento de reflexión

Hay momentos en los que la vida cambia y necesitamos encontrar nuevas razones para seguir.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Y ahora qué?

La investigación japonesa sobre ikigai en personas mayores ha mostrado precisamente la importancia de las relaciones, las actividades, el sentimiento de utilidad y la posibilidad de seguir encontrando valor en la vida incluso cuando cambian las capacidades físicas o los roles sociales.

Quizá el ikigai no sea algo que encontramos una vez y conservamos para siempre.

Quizá tenga que ver también con nuestra capacidad para volver a encontrar razones.

La vida cambia.

Y nosotros cambiamos con ella.

Lo que ayer nos daba sentido puede dejar de hacerlo mañana.

Y eso no significa que hayamos fracasado.

Significa que seguimos vivos.

NO HAY QUE ENCONTRARLO TODO DE UNA VEZ

Vivimos en una época que nos pide respuestas rápidas.

¿Qué quieres hacer?

¿A qué te quieres dedicar?

¿Cuál es tu pasión?

¿Cuál es tu propósito?

¿Qué quieres conseguir?

Preguntas enormes para personas que todavía están intentando entender qué hacer con el martes.

Quizá el ikigai no funcione así.

Quizá no sea una gran respuesta escrita en algún lugar esperando que la encontremos.

Puede ser más parecido a un hilo.

Un hilo que vamos siguiendo.

Algo que aparece en determinadas personas, momentos y actividades.

Algo que cambia.

Algo que incluso puede desaparecer durante un tiempo para volver a aparecer de otra manera.

Y quizá por eso no tengamos que obsesionarnos con encontrar nuestro ikigai.

Podemos empezar simplemente prestando atención.

A aquello que nos hace bien.

A aquello que hacemos sin mirar el reloj.

A las personas cuya presencia nos importa.

A las cosas que nos hacen sentir útiles.

A aquello que todavía despierta nuestra curiosidad.

A aquello que, incluso después de un día difícil, nos hace pensar:

«Mañana quiero volver a hacerlo».

EL VALOR DE LO PEQUEÑO

Tal vez esta sea la parte del ikigai que más hemos olvidado.

Que una vida con sentido no tiene por qué parecer extraordinaria desde fuera.

Puede ser una vida absolutamente normal.

Una mesa.

Una casa.

Una conversación.

Una fotografía.

Un paseo.

Un libro.

Una familia.

Un oficio.

Un huerto.

Una amistad.

Una taza de café tomada despacio.

Una persona que todavía tiene algo que enseñar.

Otra que todavía tiene ganas de aprender.

El ikigai no necesita espectadores.

No necesita aplausos.

No necesita convertirse en una historia de éxito.

Puede existir aunque nadie lo vea.

Y quizá esa sea una de sus mayores diferencias con muchas de las ideas contemporáneas sobre propósito.

No nos pregunta cuánto conseguimos.

Nos pregunta qué hace que queramos seguir estando aquí.

QUIZÁ NO SE TRATE DE ENCONTRAR UNA RESPUESTA

Después de todo, quizá el error esté en pensar que necesitamos encontrar una única cosa.

Una profesión.

Una pasión.

Una misión.

Un sueño.

Una respuesta definitiva.

La vida es demasiado cambiante para eso.

Hoy puede ser una persona.

Mañana, un proyecto.

Más adelante, una afición que todavía no conocemos.

Y algún día puede bastarnos algo tan sencillo como sentir que somos necesarios para alguien.

Por eso el ikigai no debería convertirse en otra obligación.

No necesitamos despertarnos mañana pensando:

«Tengo que encontrar mi ikigai».

Quizá sea suficiente con otra pregunta.

Una mucho más pequeña.

«¿Qué hace que hoy merezca la pena?»

Y dejar que la respuesta llegue.

Quizá no sea grandiosa.

Quizá ni siquiera parezca importante.

Pero puede que ahí, precisamente ahí, empiece todo.

Y AHORA, LA PREGUNTA ES TUYA

Después de todo lo que hemos contado, quizá no tenga mucho sentido decirte cuál es tu ikigai.

Eso sería demasiado fácil.

Y probablemente también demasiado falso.

Pero puedes detenerte un momento.

Sin buscar una gran respuesta.

Sin pensar necesariamente en tu trabajo.

Sin preguntarte cuánto podrías ganar con aquello que te gusta.

Piensa, simplemente, en tu vida.

¿Qué cosas hacen que un día difícil siga teniendo algo de valor?

¿Qué personas hacen que quieras estar presente?

¿Qué haces porque sí, incluso cuando nadie te lo pide?

¿Qué actividad consigue que el tiempo pase de otra manera?

¿Qué parte de tu vida echarías de menos si mañana desapareciera?

Mujer caminando sola por un sendero hacia un paisaje montañoso al amanecer

A veces no necesitamos conocer todo el camino para seguir avanzando.

Y hay una pregunta todavía más sencilla:

¿Qué hace que tengas ganas de que llegue mañana?

No tienes que responderlas ahora.

Tampoco necesitas encontrar una única respuesta.

Puede que aparezcan varias.

Puede que alguna cambie con el tiempo.

Puede incluso que hoy no encuentres ninguna.

No pasa nada.

El ikigai no parece estar esperando en algún lugar para que lo descubramos de una vez y para siempre.

Quizá se parezca más a esas pequeñas razones que vamos encontrando mientras vivimos.

Algunas llegan.

Otras se van.

Y otras permanecen durante años sin que nos demos cuenta de lo importantes que eran.

Por eso, quizá después de leer estas páginas no tengas que salir a buscar tu ikigai.

Quizá solo tengas que empezar a mirar de otra manera aquello que ya forma parte de tu vida.

Y cuando encuentres algo que te haga pensar, aunque sea por un instante:

«Por esto merece la pena».

Tal vez ya hayas encontrado una parte de la respuesta.

Y quizá eso sea suficiente.

Porque el ikigai no tiene por qué ser una gran palabra para una gran vida.

A veces puede ser, sencillamente,

una pequeña razón para seguir viviendo la nuestra.


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Sobre la autoría

GraZie Magazine

GraZie Magazine es mucho más que una revista; es un abrazo cálido en forma de palabras e imágenes que celebra el alma humana. En un mundo a menudo tumultuoso, encontramos la belleza y la esperanza en cada persona. Creemos en el poder de las historias humanas para inspirar y conectar corazones.

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