UNA SEÑAL PARA LAS ABEJAS
Por Redacción GraZie Magazine
Una abeja no sabe qué hay dentro de una flor.
No sabe si el campo al que acaba de llegar ha sido tratado con un pesticida. No conoce las sustancias que hay sobre las hojas ni puede leer una etiqueta que le advierta del peligro.
Solo sigue las señales que conoce.
Entre ellas, el olor.
Para una abeja, el olfato es una herramienta esencial. Le ayuda a encontrar alimento y a orientarse dentro de un mundo construido, en buena medida, a partir de aromas.
Pero esa misma capacidad puede llevarla hasta un lugar donde no debería estar.
Y ahí comienza una investigación que parece salida de una historia de ciencia ficción, aunque está ocurriendo ahora.
Un equipo de la Universidad de California, Riverside, ha utilizado inteligencia artificial para buscar sustancias capaces de producir en las abejas una respuesta muy sencilla:
no vayas por ahí.
No se trata de eliminar el pesticida.
Tampoco de impedir que los agricultores protejan sus cultivos.
La idea es diferente.
Encontrar un olor que las abejas perciban como desagradable y que pueda utilizarse como una especie de señal de advertencia para mantenerlas alejadas de las zonas tratadas.

El olfato guía a las abejas, incluso hacia lugares donde pueden encontrar peligro.
El problema es que encontrar ese olor no era sencillo.
Las abejas tienen un sistema olfativo extraordinariamente complejo, con más de 170 receptores capaces de detectar compuestos volátiles. Los investigadores disponían de información sobre cómo respondían ante determinadas sustancias, pero quedaban millones y millones de posibilidades por explorar.
Entonces dejaron que una máquina buscara.
El modelo de aprendizaje automático fue entrenado con estructuras químicas y datos sobre el comportamiento de las abejas. Después comenzó a explorar un espacio químico de más de 50 millones de compuestos.
De aquella búsqueda surgieron más de 130 candidatos que podían tener propiedades repelentes.
Pero una predicción no basta.
Había que preguntárselo a las propias abejas.
Los investigadores llevaron los candidatos al laboratorio y observaron su comportamiento. Después seleccionaron los siete que mostraban mejores resultados y los probaron con abejas que volaban libremente en condiciones de campo.
Los siete consiguieron repelerlas.
Las abejas evitaban las superficies tratadas con esos compuestos, mientras que continuaban acercándose a las que no los contenían.
Y ahí es donde una noticia científica empieza a convertirse en algo más.
Porque una abeja que evita una flor no parece, a primera vista, una gran noticia.
Pero detrás de ese pequeño cambio de dirección existe una posibilidad.
Que algún día pueda utilizarse una señal olfativa para reducir el contacto de las abejas con determinados pesticidas sin necesidad de eliminarlos del cultivo.
Una especie de frontera invisible.
No una barrera.
No una trampa.
Simplemente un olor que diga:
por aquí, no.
Las abejas importan mucho más de lo que solemos recordar.
La FAO estima que alrededor del 75 % de los tipos de cultivos alimentarios dependen, al menos en parte, de la polinización. Y no hablamos solamente de miel. Hablamos de frutas, verduras, semillas y de una parte esencial de los ecosistemas que nos rodean.

Una señal invisible podría hacer que las abejas cambien de dirección.
Por eso protegerlas no consiste únicamente en salvar una colmena.
Consiste también en intentar que puedan seguir haciendo aquello que llevan haciendo mucho antes de que nosotros aprendiéramos a cultivar:
ir de una flor a otra.
La investigación todavía está lejos de convertirse en una solución definitiva.
Los propios investigadores presentan el trabajo como un paso hacia el desarrollo de formulaciones agrícolas más compatibles con los polinizadores. Antes tendrán que estudiarse muchas cuestiones: cómo funcionan estos compuestos en diferentes condiciones, cuánto tiempo permanecen activos, cómo se comportan en cultivos reales y qué efectos podrían tener en otros organismos.
Pero quizá la belleza de esta historia esté precisamente ahí.
Todavía no hay una solución terminada.
Hay una posibilidad.
Una máquina que ha buscado entre millones de sustancias.
Un grupo de científicos que ha observado la respuesta de las abejas.
Y siete compuestos que, al menos en las pruebas realizadas, consiguieron que una abeja cambiara de dirección.
A veces pensamos que la tecnología sirve para ir más deprisa.
Para hacer más.
Para llegar más lejos.
Pero quizá también pueda servir para algo mucho más sencillo:
ayudarnos a dejar espacio para que otros puedan seguir estando aquí.
Tal vez eso sea lo que significa esta investigación.
No enseñar a las abejas un nuevo camino.
Solo encontrar la manera de decirles que hay lugares a los que, por ahora, es mejor no entrar.

Seguir de flor en flor también significa encontrar un lugar donde poder hacerlo.
Sobre la autoría
GraZie Magazine es mucho más que una revista; es un abrazo cálido en forma de palabras e imágenes que celebra el alma humana. En un mundo a menudo tumultuoso, encontramos la belleza y la esperanza en cada persona. Creemos en el poder de las historias humanas para inspirar y conectar corazones.
















