EL BUZÓN
CAPÍTULO III
PALABRAS QUE TARDABAN EN LLEGAR
–Bb–
Había palabras que necesitaban tiempo.
No porque fueran difíciles de entender.
Sino porque tenían que recorrer una distancia antes de encontrar a quien las esperaba.
El buzón lo sabía bien.
Durante años había visto llegar cartas que habían tardado días en aparecer.
Algunas, semanas.
Y algunas parecían haber tardado una vida.
Quien había escrito ya no podía hacer nada.
La carta estaba en camino.
Solo quedaba esperar.
Y esperar no era entonces una interrupción de la vida.
Era parte de ella.
Se esperaba una carta.
Se esperaba un tren.
Se esperaba una visita.
Se esperaba el verano.
Se esperaba el regreso de alguien.
Había muchas cosas que no podían ocurrir inmediatamente y nadie parecía sorprenderse demasiado por ello.
Quizá por eso la espera tenía su propio tiempo.
Había quien miraba el buzón cada mañana.
A veces lo hacía sin reconocer siquiera que estaba esperando.
Abría la pequeña puerta.
Miraba dentro.
Nada.
La cerraba.
Y al día siguiente volvía a hacerlo.
No era impaciencia.
Era esperanza.
Entre una visita y otra, el buzón permanecía quieto.
No podía acelerar el viaje de una carta.
No podía hacer que el cartero llegara antes.
No podía avisar de que alguien había escrito.
Solo podía permanecer allí.
Esperando también.
Y quizá por eso conoció tantas formas diferentes de esperar.
Estaba quien esperaba con tranquilidad.
Quien contaba los días.
Quien preguntaba si había llegado algo.
Quien disimulaba la preocupación.
Quien se decía a sí mismo que todavía era pronto.
Y estaba también quien abría el buzón sabiendo, en el fondo, que aquella carta quizá nunca llegaría.
Pero volvía a mirar.
Porque hay esperas que se sostienen incluso cuando la razón empieza a decirnos que debemos abandonarlas.
Las cartas tenían además algo curioso.
Mientras viajaban, ya estaban terminadas.
Las palabras habían sido escritas.
El sobre había sido cerrado.
El sello había sido colocado.
Todo estaba decidido.
Pero para quien esperaba, la historia todavía no había terminado.
Todavía faltaba abrirla.
Faltaba descubrir qué decía.
Faltaba saber cómo se encontraba aquella persona.
Faltaba conocer la noticia.
Y durante todos esos días, la imaginación ocupaba el espacio que todavía no podía ocupar la respuesta.
Quizá esa era una de las cosas más hermosas de esperar.
No saber.
Hoy estamos acostumbrados a conocer casi todo inmediatamente.
Un mensaje muestra si ha sido recibido.
Una aplicación nos dice dónde está algo.
Una respuesta puede llegar mientras todavía estamos escribiendo la pregunta.
Hemos aprendido a vivir con muy poco espacio entre el deseo y la respuesta.
Pero hubo un tiempo en que ese espacio era enorme.
Y en ese espacio sucedían muchas cosas.
Se pensaba.
Se imaginaba.
Se recordaba.
Se dudaba.
Se soñaba.
A veces incluso se aprendía a tener paciencia.
No era una paciencia elegida.
Era la única posible.
Quizá por eso algunas noticias tenían entonces un peso diferente.
Una carta que llegaba después de muchos días no se leía deprisa.
Se abría con cuidado.
Se recorría cada línea.
A veces se volvía a leer.
Y después se guardaba.
Porque cuando algo ha tardado en llegar, uno sabe que merece la pena conservarlo.
El buzón fue testigo de muchas de aquellas escenas.
Vio manos nerviosas.
Vio sonrisas.
Vio lágrimas.
Vio personas que se quedaban unos segundos inmóviles después de encontrar un sobre.
Y vio también muchos buzones vacíos.
Porque esperar no siempre terminaba bien.
Había cartas que nunca llegaron.
Personas que nunca respondieron.
Noticias que se retrasaron tanto que, cuando llegaron, ya habían dejado de ser la noticia que alguien esperaba.
El buzón no podía distinguir entre unas y otras.
Todas llegaban convertidas en papel.
Todas habían pasado por el mismo camino.
Pero quienes las recibían sabían que no todas las esperas eran iguales.
Había esperas que terminaban en alegría.
Otras, en alivio.
Otras, en tristeza.
Y algunas no terminaban nunca.
Tal vez por eso el buzón no era solamente un lugar donde recibir correspondencia.
Era también un pequeño espacio reservado para la incertidumbre.
Un lugar donde todavía podía suceder algo.
Y mientras esa posibilidad existiera, alguien seguiría mirando.
Pasaron los años.
Las cartas empezaron a tardar menos.
Después aparecieron otras formas de comunicarse.
Y finalmente llegó un tiempo en el que esperar unos días por una respuesta comenzó a parecernos demasiado.
Pero el buzón siguió allí.
Callado.
Observando cómo cambiábamos.
Quizá sin entender por qué ahora nos cuesta tanto esperar.
Porque algunas cosas necesitan tiempo.
Una conversación.
Una despedida.
Un reencuentro.
Una respuesta.
Incluso unas palabras.
Y tal vez hemos olvidado que la espera no siempre es tiempo perdido.
A veces es el tiempo en el que comprendemos cuánto nos importa aquello que estamos esperando.
El buzón lo sabía.
Había pasado media vida recibiendo palabras que tardaban en llegar.
Y nunca tuvo prisa.
Porque sabía algo que nosotros parecíamos haber olvidado:
que hay palabras que llegan tarde…
pero llegan justo cuando estamos preparados para escucharlas.
Continúa leyendo
⬅ Capítulo II · Cartas desde lejos
➡ Capítulo IV · Cuando las cartas dejaron de llegar (próximamente)
Sobre la autoría
GraZie Magazine es mucho más que una revista; es un abrazo cálido en forma de palabras e imágenes que celebra el alma humana. En un mundo a menudo tumultuoso, encontramos la belleza y la esperanza en cada persona. Creemos en el poder de las historias humanas para inspirar y conectar corazones.













