LOUIS BRAILLE
Una historia escrita con seis puntos
Por Redacción GraZie Magazine
Hay historias que empiezan con una gran idea.
La de Luis Braille empezó con una herramienta.
En 1809, en el pequeño pueblo francés de Coupvray, nació un niño llamado Louis Braille. Era el cuarto hijo de Simon-René Braille, un artesano dedicado a fabricar arneses y otros objetos de cuero.
Nada hacía pensar entonces que aquel niño acabaría dando nombre a uno de los sistemas de lectura y escritura más importantes de la historia.
Pero algunas historias no necesitan que nadie sepa cómo van a terminar.
Solo necesitan que alguien siga adelante.
Cuando Louis tenía tres años ocurrió el accidente que cambiaría su vida.
Mientras jugaba en el taller de su padre, tomó una herramienta puntiaguda utilizada para trabajar el cuero y se hirió gravemente un ojo. La lesión terminó afectando también al otro y, alrededor de los cinco años, Louis había perdido completamente la vista.
Tenía muy pocos años para comprender lo que significaba aquello.
No sabía que acababa de entrar en un mundo en el que leer sería mucho más difícil.
Tampoco sabía que algún día intentaría cambiarlo.
Aprender sin poder ver
Sus padres quisieron que siguiera estudiando.
Primero acudió a la escuela de su pueblo y después, en 1819, cuando tenía diez años, consiguió una beca para ingresar en la Institución Real de Jóvenes Ciegos de París, fundada por Valentin Haüy.
Era uno de los pocos lugares de la época donde los niños ciegos podían recibir una educación organizada.
Allí los alumnos podían leer mediante letras impresas en relieve.
Pero había un problema.
Las letras estaban pensadas para los ojos.
Para los dedos eran grandes, complicadas y lentas de reconocer.
Y escribir era todavía más difícil.
Louis aprendió a leer de aquella manera, pero probablemente comprendió muy pronto que aquel sistema tenía un límite: permitía acercarse a los libros, pero no ofrecía una verdadera libertad para escribir.
Y entonces apareció otra posibilidad.
Tenía doce años.

Luis Braille aprende a leer mediante letras en relieve.
Doce puntos eran demasiados
En 1821, Charles Barbier de la Serre presentó en el Instituto un sistema de escritura mediante puntos en relieve.
Barbier lo había desarrollado para permitir que los soldados pudieran comunicarse en la oscuridad sin necesidad de utilizar luz.
Su sistema, conocido como sonografía o escritura nocturna, utilizaba una combinación de hasta doce puntos.
Louis comprendió inmediatamente que allí había algo importante.
Pero también comprendió que aquel sistema podía hacerse de otra manera.
Doce puntos eran demasiados para que un dedo pudiera reconocer de una sola vez la combinación completa.
Así que comenzó a trabajar.
No lo hizo de un día para otro.
Durante años fue probando, simplificando y modificando el sistema de Barbier hasta llegar a una estructura mucho más sencilla: seis puntos dispuestos en dos columnas de tres.
Con seis puntos podían obtenerse 64 combinaciones diferentes.
Lo suficientemente pequeñas para que una yema del dedo pudiera reconocerlas.
Lo suficientemente precisas para convertirlas en letras, números, signos y posteriormente música y matemáticas.
Louis tenía aproximadamente quince años cuando había desarrollado la primera versión de su sistema.
No había inventado simplemente una manera diferente de escribir.
Había encontrado una manera de leer con el tacto.
Seis puntos
Quizá ahí esté la parte más extraordinaria de la historia.
No necesitó grandes máquinas.
No necesitó electricidad.
No necesitó que nadie construyera una tecnología complicada.
Solo necesitó seis pequeños puntos.
Unos podían estar.
Otros podían no estar.
Y dependiendo de su posición, aquellos puntos podían convertirse en una letra.
Una palabra.
Una frase.
Una página.
Un libro entero.
Lo que para cualquier persona podía parecer una pequeña agrupación de puntos, para alguien que supiera leer braille podía convertirse en lenguaje.
Y el lenguaje, como sabemos, no es poca cosa.
Es memoria.
Es conocimiento.
Es imaginación.
Es la posibilidad de aprender algo que otra persona ha escrito.
Y también la posibilidad de escribir algo que otro podrá leer.
Pero todavía no era el braille que conocemos
En 1829, Louis Braille publicó su primer trabajo describiendo el sistema:
«Procédé pour écrire les paroles, la musique et le plain-chant au moyen de points…»
El método no estaba destinado únicamente a las palabras.
Braille también trabajó para que su sistema pudiera utilizarse en música, y posteriormente desarrolló aplicaciones para las matemáticas y otras formas de conocimiento.
En 1837 apareció una segunda edición revisada.
Ese mismo año, la Institución publicó el que se considera el primer libro completo realizado mediante el sistema de puntos de Braille: un volumen de historia de Francia.
Pero había algo que todavía faltaba.
Que los demás lo aceptaran.
Una idea demasiado nueva
El sistema de Louis Braille no fue aceptado inmediatamente.
Y eso también forma parte de su historia.
Durante años existieron dudas y resistencia entre quienes defendían otros métodos de lectura para las personas ciegas. Incluso en el propio Instituto el sistema no formó parte oficialmente de la enseñanza durante la vida de Braille.
En 1844 tuvo lugar una demostración especialmente significativa.
Durante la inauguración del nuevo edificio del Instituto, se mostró públicamente cómo funcionaba el sistema: un alumno escribió utilizando los puntos de Braille y otro pudo leer posteriormente lo que había sido escrito.
Era una demostración sencilla.
Pero contenía una idea enorme:
una persona ciega podía escribir algo que otra persona ciega podía leer.
Sin que nadie tuviera que traducirlo.
Sin que nadie tuviera que leerlo por ella.
Sin depender de los ojos de otra persona.
Aquello era mucho más que un nuevo alfabeto.
Era autonomía.

Una persona escribe; otra puede leerlo con las manos.
Mientras tanto, Louis seguía enseñando
Braille no fue solamente el inventor de un sistema de escritura.
Fue profesor.
En el Instituto enseñó distintas materias y dedicó buena parte de su vida a la educación de otros jóvenes ciegos. También fue un apasionado de la música.
Tocaba el violonchelo y el órgano y llegó a ejercer como organista en iglesias de París.
La música ocupó un lugar importante en su vida.
Y quizá no sea casualidad que quisiera que su sistema sirviera también para escribir música.
Porque Louis no estaba intentando crear únicamente un alfabeto.
Estaba intentando construir una puerta.
Una puerta hacia el conocimiento.
Hacia la educación.
Hacia la música.
Hacia la posibilidad de expresarse.
El cuerpo empezó a cansarse
Pero mientras su idea comenzaba lentamente a extenderse, la salud de Louis Braille empeoraba.
A mediados de la década de 1830 aparecieron los primeros síntomas de tuberculosis.
Con el paso del tiempo tuvo que reducir su actividad docente y terminó dedicándose principalmente a la enseñanza de la música.
Tenía poco más de cuarenta años.
No llegaría a contemplar plenamente la dimensión que acabaría alcanzando su creación.
Louis Braille murió el 6 de enero de 1852, en París.
Tenía 43 años.
Fue enterrado inicialmente en Coupvray, su pueblo natal.
Y durante un tiempo, allí quedó.
Como había vivido.
Cerca de su familia.
Cerca de la tierra donde todo había comenzado.
Llegaría después lo que él no pudo ver
Dos años después de su muerte, el sistema de Braille comenzó a enseñarse oficialmente en el Instituto.
Y su utilización fue extendiéndose.
Primero en Francia.
Después fuera de Francia.
Y finalmente por todo el mundo.
La aceptación no fue instantánea ni siguió exactamente el mismo camino en todos los países. De hecho, las fuentes históricas difieren al señalar una fecha única para la aceptación oficial, por lo que conviene evitar la conocida afirmación simplificada de que «el mundo adoptó el braille en un día concreto». Lo que sí está documentado es su expansión progresiva durante la segunda mitad del siglo XIX.
Louis no pudo verlo.
Pero su pequeño sistema de seis puntos empezó a hacer aquello para lo que había sido creado.
Dar acceso a las palabras.
Las manos que quedaron en Coupvray
En 1952, exactamente un siglo después de su muerte, Francia trasladó los restos de Louis Braille al Panthéon de París, en reconocimiento a su importancia nacional.
Pero ocurrió algo curioso.
Los habitantes de Coupvray no querían desprenderse completamente de aquel niño que había nacido allí.
Como homenaje simbólico, sus manos permanecieron en Coupvray, mientras el resto de sus restos era trasladado al Panthéon.
Hoy, esa circunstancia forma parte de una de las imágenes más poderosas de su historia.
Las manos de Louis Braille.
Las mismas manos que habían trabajado con los puntos.
Las mismas manos que habían conocido el mundo de una manera diferente.
Las mismas manos que ayudaron a crear un sistema pensado precisamente para que otras manos pudieran leer.
Y quizá esa sea la verdadera historia
A veces pensamos que una gran invención nace de una gran máquina.
De un laboratorio.
De una fortuna.
De una universidad.
De alguien que dispone de todos los medios necesarios.
La historia de Louis Braille cuenta otra cosa.
Un niño perdió la vista.
Encontró dificultades.
Conoció un sistema que no terminaba de funcionar para aquello que necesitaba.
Y en lugar de conformarse con esa dificultad, comenzó a preguntarse si podía hacerse de otra manera.
No buscó hacer algo espectacular.
Buscó hacerlo posible.
Seis puntos.
Nada más.
Seis pequeños puntos capaces de convertirse en una letra.
Una letra junto a otra.
Y después otra.
Hasta formar una palabra.
Y después una frase.
Y después un libro.
Y quizá ahí esté la verdadera grandeza de Louis Braille.
Que no inventó solamente una forma de escribir.
Encontró una manera de poner las palabras al alcance de unas manos.

Luis Braille | Una historia escrita con seis puntos.
Porque hay inventos que cambian el mundo haciendo mucho ruido.
Y hay otros que lo hacen casi en silencio.
Un punto.
Otro punto.
Otro más.
Y, entre ellos, una historia entera esperando ser leída.
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Sobre la autoría
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