EL SALTO DE POVEDA
UN DÍA PARA VOLVER A NOSOTROS
Por Bernabé García-Heras Díaz
Hay lugares a los que uno va para conocerlos y otros a los que llega, casi sin darse cuenta, para encontrarse un poco consigo mismo.
El Salto de Poveda pertenece a los segundos.
Fuimos hasta el Alto Tajo con una idea sencilla: pasar un día en la naturaleza. Nada de grandes planes. Caminar, descubrir el paisaje, llevar unos bocadillos, hacer fotografías y disfrutar de la compañía.
Y quizá por eso el día terminó siendo mucho más.
Porque hay ocasiones en las que lo importante no está en el lugar al que llegamos, sino en lo que ocurre mientras estamos allí.

El camino hacia el Salto de Poveda: naturaleza, agua y tiempo para disfrutar del recorrido.
EL CAMINO TAMBIÉN FORMA PARTE DEL VIAJE
El Salto de Poveda se encuentra en el Parque Natural del Alto Tajo, en Guadalajara, y forma parte de una ruta circular de unos cinco kilómetros que une dos de los paisajes más conocidos de este rincón: el propio salto y la Laguna de Taravilla.
Pero cinco kilómetros pueden ser muchas cosas.
Pueden ser una cifra que aparece en una aplicación del móvil.
O pueden convertirse en unas horas caminando sin mirar constantemente el reloj.
Nosotros elegimos lo segundo.
Porque cuando uno sale a caminar por un lugar así descubre que el paisaje tiene otra forma de medir el tiempo. El río no tiene prisa. Los árboles tampoco. El agua cae, sigue su camino y continúa transformando lentamente todo aquello que encuentra.
Y nosotros, acostumbrados a correr detrás de tantas cosas, quizá necesitamos de vez en cuando aprender de ese ritmo.

El agua terminó transformando el paisaje y convirtiendo una antigua intervención humana en parte de la naturaleza.
EL AGUA QUE TERMINÓ CAMBIÁNDOLO TODO
El Salto de Poveda tiene una historia curiosa.
No nació exactamente como lo conocemos hoy.
En este lugar se proyectó una pequeña infraestructura hidroeléctrica que nunca llegó a funcionar. Con el tiempo, las filtraciones y la fuerza constante del río hicieron su trabajo: la estructura terminó fracturándose y el agua creó la cascada que hoy forma parte del paisaje.
Hay algo hermoso en esa historia.
Aquello que el ser humano quiso construir para dominar el agua terminó siendo transformado por el propio río.
El tiempo hizo el resto.
Las formaciones de toba calcárea fueron cubriendo e integrando parte de aquella antigua intervención hasta convertirla en algo que hoy parece formar parte de la naturaleza
Quizá sea una buena metáfora para nosotros.
No todo lo que sale como habíamos planeado termina siendo un fracaso.
A veces la vida rompe nuestros proyectos, cambia nuestros caminos y nos obliga a empezar de otra manera.
Y, con el tiempo, puede que descubramos que también ahí había belleza.

Caminar juntos, sin prisas y sin necesidad de llegar rápido a ninguna parte.
CAMINAR JUNTOS
Hay otra cosa que nos gustó especialmente.
Caminar acompañado cambia completamente la experiencia.
Uno habla.
Después guarda silencio.
Se para para hacer una fotografía.
Vuelve a caminar.
Se ríe de cualquier tontería.
Mira el agua.
Y continúa.
No hace falta llenar cada minuto de conversación. Tampoco hace falta estar haciendo algo constantemente.
A veces compartir el silencio con alguien es una de las formas más sencillas de compañía.
El recorrido atraviesa bosque, río, formaciones rocosas y diferentes puntos desde los que contemplar el Tajo. La propia ruta oficial destaca sus valores naturales, geológicos, florísticos y faunísticos.
Pero nosotros nos quedamos con otra cosa.
Con la sensación de que caminar juntos, sin ninguna obligación, es también una manera de cuidarnos.

Un lugar donde hasta un sencillo bocadillo puede convertirse en un pequeño banquete.
UN BOCADILLO PUEDE SER UN BANQUETE
No necesitamos demasiado para pasar un buen día.
Nos llevamos agua y unos bocadillos.
Y cuando llegó el momento de comer, sentados en aquel entorno, descubrimos una verdad bastante sencilla: la comida sabe diferente cuando no tienes que mirar el reloj para volver a trabajar.
No hacía falta reservar una mesa.
No hacía falta buscar un restaurante.
No hacía falta nada especial.
Un bocadillo, agua, un poco de sombra y alguien con quien compartirlo.
Quizá hemos complicado demasiado algunas cosas.
Por supuesto, alrededor de la zona existen opciones para comer y alojarse, entre ellas las Casas del Salto, que forman parte del propio recorrido y ofrecen alojamiento y restaurante.
Pero si la intención es vivir el día de una manera sencilla, llevar nuestra propia comida puede convertirse precisamente en parte de la experiencia.

Y entonces aparece la laguna. El ruido queda atrás y solo queda mirar, respirar y estar.
Y ENTONCES APARECE LA LAGUNA
La ruta nos lleva también hasta la Laguna de Taravilla, una laguna permanente de montaña, de aguas dulces y con una profundidad media de unos once metros.
Allí el paisaje vuelve a cambiar.
El agua permanece mucho más tranquila.
El ruido del salto queda atrás.
Y uno comprende que no hace falta buscar grandes palabras para describir determinados lugares.
A veces basta con sentarse.
Mirar.
Respirar.
Y estar.
Quizá ese sea uno de los grandes lujos que todavía podemos permitirnos: estar en un lugar sin necesidad de convertirlo inmediatamente en una fotografía, una publicación o una historia que contar.
Aunque, por supuesto, alguna fotografía nos llevamos.
VOLVER A SENTIR EL AGUA
El río también invita a refrescarse.
El entorno del Salto de Poveda está reconocido como zona de baño, aunque siempre conviene hacerlo con prudencia, comprobar las condiciones del agua y respetar las indicaciones del espacio natural.
Y hay algo especialmente agradable en volver a sentir el agua después de caminar.
No hace falta convertirlo en una aventura.
Simplemente entrar, refrescarse, salir y volver a sentarse.
Otro pequeño momento que, sin saber muy bien por qué, termina formando parte de los recuerdos que permanecen.
QUIZÁ EL VIAJE NO ERA AL SALTO DE POVEDA
Cuando regresamos, pensamos que aquel día había sido mucho más que una excursión.
Habíamos ido al Salto de Poveda.
Sí.
Habíamos visto la cascada, caminado junto al Tajo, descubierto la Laguna de Taravilla, hecho fotografías, comido nuestros bocadillos y disfrutado del agua.
Pero, en realidad, habíamos hecho algo mucho más sencillo.
Habíamos estado juntos.
Sin prisas.
Sin horarios.
Sin obligaciones.
Sin la sensación permanente de que siempre tenemos algo pendiente.
Y quizá eso sea lo que más necesitamos recuperar.
Aprender a regalarle unas horas a la vida sin pedirle nada a cambio.
Salir de casa.
Caminar.
Mirar.
Conversar.
Compartir.
Guardar silencio.
Reír.
Comer un bocadillo junto a un río.
Y descubrir que no hace falta viajar muy lejos para sentir que hemos vuelto a respirar.
El Salto de Poveda seguirá allí cuando nos marchemos.
El Tajo continuará haciendo su camino.
El agua seguirá cayendo.
El bosque seguirá creciendo.
Y nosotros volveremos a nuestras obligaciones, a nuestros teléfonos, a nuestras prisas y a nuestros días llenos.
Pero quizá algo haya cambiado.
Porque algunos lugares no se quedan únicamente en las fotografías.
Se quedan dentro de nosotros.
Y entonces comprendemos que aquel día no fuimos solamente a conocer un paisaje.
Fuimos, aunque fuera por unas horas, a volver a nosotros mismos.

Algunos lugares no se quedan únicamente en las fotografías. Se quedan dentro de nosotros.
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Sobre la autoría
Bernabé García-Heras Días
Creativo editorial | Diseño de identidad corporativa | Creador y fundador de GraZie Magazine
Creativo editorial y diseñador especializado en identidad corporativa, con una trayectoria vinculada a proyectos culturales, editoriales e institucionales. Su trabajo reúne diseño, fotografía y comunicación visual. Es creador y fundador de GraZie Magazine, publicación digital centrada en las personas, las historias y los valores humanos.













