EL BUZÓN
CAPÍTULO I
EL DÍA QUE LLEGÓ LA PRIMERA CARTA
–Bb–
Hay cosas que parecen formar parte de una casa desde siempre.
Una puerta. Una ventana. Un pequeño jardín. Un número junto a la entrada.
Y, a veces, un buzón.
Durante años permaneció allí, sujeto a una pared, junto a una puerta o en la entrada de un edificio. Nadie reparaba demasiado en él. Era uno de esos objetos cotidianos que terminan desapareciendo de nuestra mirada precisamente porque siempre están ahí.
Pero el buzón sabía esperar.
Cada mañana recibía el periódico, alguna factura, un aviso, quizá una felicitación.
Y algunas veces recibía algo distinto.
Una carta.
No hacía falta que fuera grande. No necesitaba un sobre especial ni un sello extraordinario.
Bastaba con que llevara un nombre escrito.
Porque cuando alguien encontraba su nombre en aquel pequeño rectángulo de papel, algo cambiaba.
Aquella carta había viajado.
Alguien, en algún lugar, había pensado en esa persona, había buscado una hoja de papel, había tomado un bolígrafo y había comenzado a escribir.
Quizá había escrito despacio.
Quizá había tachado una frase antes de continuar.
Quizá había pensado durante unos segundos qué palabras utilizar para contar aquello que quería decir.
Y después había doblado el papel, lo había guardado en un sobre y lo había entregado a la distancia.
El buzón no sabía quién había escrito la carta.
Pero sabía reconocer la emoción de quien venía a recogerla.
Había personas que abrían la puerta del buzón con indiferencia.
Y otras que lo hacían esperando encontrar algo.
Una carta podía cambiar el día.
Podía traer noticias de alguien que estaba lejos.
Podía anunciar un nacimiento.
Una boda.
Una visita.
Un regreso.
Podía contener unas pocas líneas escritas por alguien a quien se echaba de menos.
Y también podía llevar dentro algo mucho más difícil de explicar:
la certeza de que, en algún lugar, alguien había dedicado un tiempo a pensar en nosotros.
Aquello tenía un valor que hoy resulta difícil de medir.
Porque entonces las palabras no llegaban inmediatamente.
Había que escribirlas.
Había que enviarlas.
Había que esperar.
Y mientras la carta viajaba, quien la había escrito seguía viviendo con la incertidumbre de no saber cuándo sería leída.
Tal vez por eso las cartas tenían otra manera de quedarse.
No eran solamente palabras.
Eran tiempo.
Tiempo de quien escribía.
Tiempo de quien esperaba.
Tiempo de quien, finalmente, abría el sobre.
El buzón fue testigo de muchas de aquellas esperas.
Vio manos acercarse con ilusión.
Vio rostros decepcionados al encontrarlo vacío.
Vio también la pequeña alegría de quien, antes incluso de abrir la carta, reconocía una letra en el sobre.
Porque algunas letras podían reconocerse sin necesidad de leer el nombre.
Había una forma de escribir que pertenecía a cada persona.
Y cuando aparecía en el buzón, parecía que quien estaba lejos había conseguido acercarse un poco.
El buzón no decía nada.
Nunca lo hizo.
Pero durante mucho tiempo estuvo allí, acompañando una costumbre que parecía sencilla y que, sin embargo, contenía algo profundamente humano.
Esperar noticias.
Esperar palabras.
Esperar a alguien.
Quizá por eso aquel primer día en que alguien encontró una carta dentro de un buzón no fue un día cualquiera.
Fue el día en que unas palabras consiguieron atravesar la distancia y llegar hasta una puerta.
Y el buzón, silencioso como siempre, fue el primero en saberlo.
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Capítulo II → Cartas desde lejos (Próximamente)
Sobre la autoría
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