EL BUZÓN

CAPÍTULO II

TESTIGOS SILENCIOSOS

CARTAS DESDE LEJOS

–Bb–

El buzón ya sabía reconocerlas.

No por el sobre.

No por el sello.

Ni siquiera por el nombre escrito en aquella pequeña superficie blanca.

Las reconocía por la espera.

Había cartas que llegaban después de un viaje corto y cartas que habían recorrido cientos, quizá miles de kilómetros antes de descansar en su interior.

Cartas que atravesaban ciudades.

Fronteras.

Estaciones.

Mares.

Cartas que habían salido de una casa para llegar a otra casa que, a veces, se encontraba muy lejos.

Porque hubo un tiempo en que estar lejos significaba realmente estar lejos.

No había una pantalla que permitiera ver el rostro de quien se encontraba al otro lado.

No había un mensaje que pudiera llegar en unos segundos.

No había una fotografía enviada inmediatamente para demostrar que todo seguía igual.

Cuando alguien se marchaba, la distancia se hacía presente.

Y entonces quedaba el papel.

Una madre escribiendo a un hijo que había encontrado trabajo en otra ciudad.

Un padre contando las pequeñas cosas de la familia a alguien que estaba lejos.

Una mujer esperando noticias de quien había tenido que marcharse.

Un hombre escribiendo desde una habitación desconocida para decir que estaba bien.

Hermanos separados.

Amigos que habían tomado caminos diferentes.

Personas que se fueron pensando que regresarían pronto y terminaron construyendo su vida a cientos de kilómetros de donde habían nacido.

Todos ellos conocieron una forma particular de estar cerca.

Escribiendo.

Las cartas no podían acortar la distancia.

Pero conseguían hacerla un poco más llevadera.

Dentro de un sobre podían viajar muchas cosas.

Una fotografía.

Una noticia.

Un recuerdo.

Una receta.

Un dibujo hecho por un niño.

Una flor seca.

Unas palabras que quizá no se habían pronunciado nunca en voz alta.

Y, sobre todo, podía viajar la presencia de alguien.

Porque cuando una carta llegaba, no llegaban solamente unas líneas.

Llegaba una persona convertida en palabras.

Llegaba su manera de expresarse.

Su letra.

Sus tachones.

La presión del bolígrafo sobre el papel.

Incluso aquellas pequeñas manchas que revelaban que la carta había sido escrita sobre una mesa cualquiera, quizá mientras alguien esperaba que terminara de cocinarse la comida o antes de apagar la luz por la noche.

El papel conservaba pequeños rastros de quien lo había escrito.

Y eso hacía que una carta fuera mucho más que un mensaje.

Era una parte de quien estaba lejos.

El buzón recibió muchas de aquellas partes.

Algunas llegaban con frecuencia.

Otras tardaban semanas.

Algunas dejaban de llegar.

Y hubo cartas que llegaron demasiado tarde.

El buzón no podía saberlo.

Solo podía recibirlas.

Durante años, muchas familias organizaron su vida alrededor de aquellas esperas.

Había quien preguntaba:

—¿Ha llegado carta?

Y esa pregunta podía cambiar el ambiente de una casa.

A veces la respuesta era sí.

Y entonces alguien sonreía.

Otras veces era no.

Y había que seguir esperando.

Quizá por eso las cartas hablaban también de paciencia.

De una paciencia que no era resignación, sino una forma de mantener vivo el vínculo.

Porque mientras alguien escribiera, la distancia no era definitiva.

Todavía existía un hilo.

Invisible.

Frágil.

Pero real.

El buzón veía llegar sobres de diferentes lugares y, sin saberlo, se convertía en una pequeña estación de paso para las emociones.

Recibía noticias de quienes estaban lejos y las entregaba a quienes seguían esperando.

No hacía preguntas.

No sabía por qué alguien se había marchado.

No sabía cuánto tiempo llevaba fuera.

No sabía si aquella carta contenía alegría o tristeza.

Solo guardaba durante unas horas aquello que alguien había confiado al camino.

Y después lo entregaba.

Quizá esa fue una de las tareas más silenciosas que jamás tuvo un objeto.

Ayudar a dos personas a sentirse un poco menos lejos.

Hoy sabemos que la distancia puede medirse en kilómetros.

Pero quienes recibieron cartas saben que también puede medirse en días.

En noches.

En cumpleaños celebrados sin alguien.

En sillas vacías alrededor de una mesa.

En abrazos que tuvieron que esperar.

Por eso algunas cartas eran esperadas con una emoción que hoy quizá nos cuesta comprender.

No traían solamente noticias.

Traían la posibilidad de sentir que, a pesar de todo, alguien seguía pensando en nosotros.

Y cuando el buzón guardaba una de aquellas cartas, durante unos instantes la distancia parecía menos grande.

Después volvería a marcharse.

Pero por un momento, alguien que estaba lejos había conseguido llegar hasta allí.

Sin teléfono.

Sin pantalla.

Sin prisa.

Solo con unas palabras.

Y un sobre.

El buzón había aprendido que algunas distancias no se podían recorrer con los pies.

Pero podían atravesarse con una carta.


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⬅ Capítulo I · El día que llegó la primera carta

➡ Capítulo III · Palabras que tardaban en llegar (próximamente)


 

Sobre la autoría

GraZie Magazine

GraZie Magazine es mucho más que una revista; es un abrazo cálido en forma de palabras e imágenes que celebra el alma humana. En un mundo a menudo tumultuoso, encontramos la belleza y la esperanza en cada persona. Creemos en el poder de las historias humanas para inspirar y conectar corazones.

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