TESTIGOS SILENCIOSOS IV.
Los aperos de labranza almacenados en el desván nos hablan de unos hombres recios.
Por Ángel Gutiérrez Sanz
PARTE IV
El hogar como elocuente testigo del pasado
Muchos son los testigos mudos que siguen hablándonos de nuestros antepasados sepultados en el olvido, pero ninguno de ellos tan elocuente como el hogar, donde vivieron hasta que les llegó el momento de partir. Cuántas evocaciones, cuántas remembranzas han quedado sepultadas en las ruinas de estos sagrados recintos. Si fuéramos capaces de hacer hablar a las paredes, a los aposentos, a los enseres… sobre todo a los enseres, podríamos llegar a hacernos una idea sobre qué tipo de personas fueron nuestros ancestros, cómo vivieron, en qué valores creyeron y cuál fue su filosofía de la vida.

Entre el polvo y la penumbra del desván, los aperos de labranza permanecen como testigos silenciosos del esfuerzo y la dignidad de quienes trabajaron la tierra de sol a sol.
Compañeros de fatigas: los aperos de labranza
En los desvanes, amontonados en el suelo llenos de polvo, pueden verse los aperos de labranza, compañeros de fatigas de muchas generaciones: las rejas, que arañaban las entrañas de la tierra; las azadas, que roturaban los campos de regadío; la hoz afilada y la guadaña, con las que se recolectaban montañas ingentes de cosechas. Todos ellos nos hablan de hombres rudos, que no habían nacido para manejar la pluma o la espada, y mucho menos para acariciar las cuerdas del arpa, sino para dominar la naturaleza con sus brazos vigorosos; hombres bravíos y de temple, cuya única ocupación fue trabajar de sol a sol, soportando estoicamente tanto los hielos congelantes del invierno como el fuego incandescente del verano abrasador.
Hombres de temple, austeros y leales
Hombres tenaces y trabajadores, que no sabían lo que es vivir del cuento y nunca comieron otro pan que no fuera el amasado con el sudor de su frente. Ahorradores y de costumbres sencillas, que nunca se vieron en grandes apuros, ni siquiera en los años de escasez y hambruna, porque supieron ser previsores y pensar en el mañana. Forjados en la fragua de la raza ibérica, aprendieron a ser personas esforzadas y austeras, hombres valientes y solidarios, temidos en las guerras y respetados en la paz, leales a la palabra dada, tanto que no necesitaban de documentos firmados para dar validez a sus pactos, porque bastaba con un apretón de manos. Dispuestos siempre para lo que hiciera falta. Pienso que no estaría mal que alguna vez nos acordáramos de ellos y les diéramos las gracias por haber conservado y transmitido íntegramente nuestro patrimonio histórico y cultural.

Hubo un tiempo en que la palabra dada valía más que cualquier documento y un apretón de manos bastaba para sellar un compromiso.
Una filosofía de vida basada en lo esencial
En fin, todo lo que puede decirse de nuestros antepasados es que, seguramente, fueron felices a su manera porque, al contrario de lo que sucede en nuestra sociedad consumista, su filosofía de la vida consistía no en tener mucho, sino en necesitar de muy poco. Les fue suficiente con pan tierno para comer, un vino generoso en la tinaja y que no faltara, por supuesto, el torrezno en la sartén, ni las patatas machaconas o el cocido hechos a fuego lento en el puchero. Algo parecido podría decirse por lo que se refiere al mundo infantil. A los niños de ahora, que vienen ya con un videojuego entre las manos, les resulta difícil entender cómo con tan solo un puñado de canicas, una peonza y una pelota hecha de cuerdas, los niños que les precedieron pudieran satisfacer plenamente sus sueños infantiles.
Categoría: TESTIGOS SILENCIOSOS
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Sobre la autoría

VIDA Y OBRA DE ÁNGEL GUTIÉRREZ SANZ
Ángel Gutiérrez Sanz nace en Alaraz (Salamanca) 20 de Julio (1939) en el seno de una familia cristiana, donde se tenía aprecio por la cultura. Fue el más pequeño de una familia numerosa, integrada por siete hermanos. Aquí aprendería las primeras letras. Apenas cumplidos los 11 años, abandona su pueblo natal con destino al internado que los PP. Dominicos tenían en La Mejorada, provincia de Valladolid, luego vendrían otros internados en la provincia de Segovia, Toledo y Ávila, por lo que solo pudo disfrutar del calor de familia en las vacaciones estivales. A los 12 años murió su padre y a los 23, aún sin haber concluido su carrera de filosofía en Madrid, murió su madre, por lo que se vio obligado a trabajar para costearse sus estudios de Filosofía, graduándose finalmente en Madrid por la Universidad Complutense, el año 1964.
Una vez licenciado en Filosofía y Letras y con los estudios completos de Teología, se puso a trabajar como profesor en colegios privados de Madrid. Posteriormente obtendría el grado de doctor por la misma universidad Complutense de Madrid, pero antes de que esto sucediera, fue llamado a filas y tuvo que cumplir su servicio militar, lo que supondría para él un grave contratiempo, al ver truncada su carrera y su vida profesional apenas iniciada. Una vez cumplidas sus obligaciones con la Patria, fue admitido en el mismo colegio que estaba trabajando y la vida volvería a recobrar su ritmo.
En el año 1967 se casaría con la pedagoga Francisca Abad Martín, fijando su residencia en Madrid.
A partir de este momento, Gutiérrez Sanz vivió entregado a la vida familiar, que supo conjugar perfectamente con su profesión de docente y también con sus estudios, porque en los primeros años de matrimonio, Ángel Gutiérrez estaba ocupado en preparar sus oposiciones, para obtener una plaza como profesor numerario de filosofía, a la vez que trataba de concluir su tesis doctoral. Fueron años difíciles, en que tuvo que trabajar duro y sin tregua, para conseguir lo que consiguió. Cierto que a su lado tuvo siempre a una amiga y colaboradora, que siendo ya madre, no solo supo hacer frente a las circunstancias, manteniendo intacta durante cinco años la licencia por estudios, concedida por el Ministerio de Educación, para que pudiera cursar la carrera de Pedagogía, sino que logró que los ojos de su marido pudieran contemplar la realidad con el verde de la esperanza.
Pasados estos primeros años de matrimonio, la situación fue mejorando. La tesis doctoral que llevaría por título "La Ética en Baltasar Gracián" llegó a feliz término, mereciendo la máxima calificación de "Sobresaliente cum laude", siendo publicada posteriormente. Y sobre todo la obtención de una plaza como profesor titular de filosofía y luego como catedrático de esta misma asignatura, iba a suponer que Gutiérrez Sanz pudiera dedicarse a su pasión de escribir.
En su dilatada vida docente en la enseñanza publica, ha desempeñando diversos cargos directivos, pero ello no ha sido obstáculo para seguir trabajando en el campo de la investigación. Su compromiso al servicio de la cultura ha quedado patente, tanto en las aulas como fuera de ellas, bien como conferenciante en diversos foros, en el Ateneo de Madrid por ejemplo, así como en colaboración con diversos medios de comunicación social, a través de revistas filosófico-teológicas, históricas. educativas o de pensamiento.
Digno de reseñar es que, siendo catedrático y jefe del Seminario de Filosofía del Instituto Miguel Servet de Madrid y en colaboración con un equipo de profesores de este mismo seminario, obtuvo el Primer Premio Nacional del Segundo Concurso de Prensa sobre artículos, en la modalidad de reportajes sobre Pedagogía, convocado por la Fundación Santa María (S.M.).
En el año 1990, Ediciones TAU saca a la luz su primer libro titulado " Aspectos de una sociedad en crisis", en donde el autor apunta las directrices por donde habría de discurrir su pensamiento.
A partir de entonces su vocación como escritor fue haciéndose más determinante, hasta el momento de su jubilación.
MÁS INFORMACIÓN EN: https://blogculturalgutierrezsanzangel.blogspot.com/p/sobre-mi_10.html













