UN DÍA EN SANTANDER

por Bernabé García-Heras Díaz | Bienestar, Destacada

UN DÍA EN SANTANDER

A veces un día es suficiente para descubrir un lugar.

O quizá para descubrir algo de nosotros mismos.

Por Bernabé García-Heras Días

Hay ciudades que se visitan.

Y hay ciudades que se dejan sentir.

Santander pertenece, para nosotros, a las segundas.

Solo teníamos un día.

Un día para conocer una ciudad que, probablemente, necesitaría varios para ser recorrida con calma. Un día para acercarnos al mar, caminar, mirar, comer algo, hacer fotografías y regresar a casa.

Así que decidimos no intentar verlo todo.

No queríamos correr.

No queríamos convertir Santander en una sucesión de monumentos fotografiados deprisa, ni regresar a casa con la sensación de haber estado en todas partes y, al mismo tiempo, no haber estado realmente en ningún sitio.

Queríamos simplemente pasar un día.

Nuestro día.

Y dejar que Santander decidiera qué quería enseñarnos.

DEJAMOS EL COCHE FRENTE AL MAR

Llegamos por la mañana y dejamos el coche en la zona del aparcamiento próximo a la Playa del Camello y la Playa de Los Peligros.

Y casi sin darnos cuenta, Santander nos puso delante el Cantábrico.

Había oleaje.

Mucho.

Las olas llegaban hasta las rocas con una fuerza que hacía difícil no quedarse mirando.

Y nos quedamos.

Primero unos minutos.

Después bastante más.

Porque hay paisajes que no necesitan explicación.

Solo necesitan tiempo.

Sacamos las cámaras.

Hicimos fotografías.

Muchas.

Probablemente demasiadas.

Aunque cuando estás frente a un mar así, nunca sabes cuál será la fotografía que dentro de unos años te devolverá exactamente a ese momento.

Ola del mar Cantábrico rompiendo con fuerza contra el paseo marítimo de Santander y levantando una gran cortina de agua.

El Cantábrico nos recibió con toda su fuerza, regalándonos un espectáculo de olas y salpicaduras que convirtió nuestra llegada a Santander en un recuerdo inolvidable.

Y entonces ocurrió.

Una de aquellas olas rompió contra las rocas con tanta fuerza que terminó alcanzándonos.

Estábamos haciéndonos un selfie.

Y acabamos mojados.

No empapados.

Pero sí lo suficiente como para mirarnos y empezar a reír.

Jajajaja.

Y pensamos que, si Santander había decidido darnos la bienvenida de aquella manera, quizá lo mejor era aceptar la invitación.

LA MAGDALENA, SIN PRISAS

Entramos en la Península de La Magdalena.

Y aquí comenzó realmente nuestro día.

La Magdalena es mucho más que el palacio que aparece en tantas fotografías de Santander.

Palacio de la Magdalena en Santander rodeado de jardines y flores de colores bajo un cielo azul luminoso.

Entre jardines, flores y arquitectura, el Palacio de la Magdalena nos invita a detenernos y disfrutar de la belleza del entorno.

Es un lugar para caminar.

Para mirar.

Para detenerse.

La península ocupa alrededor de 24,5 hectáreas y reúne naturaleza, acantilados, playas, el Palacio de La Magdalena, el pequeño parque marino y el museo al aire libre dedicado a las aventuras del navegante santanderino Vital Alsar.

Pero nosotros no llevábamos una ruta marcada.

Ni una hora determinada para llegar a ningún sitio.

Simplemente caminábamos.

Y cada poco nos deteníamos.

A veces para hacer una fotografía.

Otras para mirar el mar.

Y otras, sencillamente, para sentarnos.

Porque también se viaja cuando uno no se mueve.

EL MAR COMO ESPECTÁCULO

Las olas seguían rompiendo contra los acantilados.

Desde cada punto parecían diferentes.

Desde abajo.

Desde arriba.

Desde una curva del camino.

Desde un banco.

Desde una pequeña elevación del terreno.

Siempre había otra perspectiva.

Gran ola del mar Cantábrico rompiendo contra los acantilados de Santander y elevándose en una espectacular nube de espuma.

Hay lugares en los que las palabras sobran. Basta con detenerse, mirar y escuchar la fuerza del mar.

Y cada vez que una ola se levantaba varios metros sobre las rocas, volvíamos a sacar la cámara.

Era imposible no hacerlo.

Pero hubo momentos en los que dejamos las cámaras a un lado.

Nos sentamos.

Miramos.

Y escuchamos.

El Cantábrico tenía su propia conversación.

Una conversación hecha de agua, viento y roca.

Y durante un rato no tuvimos necesidad de decir nada.

Quizá porque hay lugares en los que hablar sobra.

ENTRE FOCAS, PINGÜINOS Y CAMINOS

Continuamos nuestro paseo y llegamos hasta el pequeño parque marino.

Allí estaban las focas, los leones marinos y los pingüinos, integrados en este espacio de la península.

Nos detuvimos a observarlos.

Y otra vez apareció esa sensación tan sencilla que a veces buscamos cuando viajamos:

estar.

Sin más.

No todo tiene que convertirse en una experiencia extraordinaria.

A veces basta con mirar unos minutos cómo se mueve un animal, cómo llega el agua hasta una roca o cómo el sol cambia poco a poco el color del paisaje.

Continuamos andando.

Y Santander seguía sin pedirnos prisa.

LAS HISTORIAS QUE DEJÓ EL MAR

Uno de los rincones que más nos llamó la atención fue el espacio dedicado a El Hombre y la Mar, el museo al aire libre que recuerda las expediciones del navegante santanderino Vital Alsar.

Embarcaciones históricas y réplica de una balsa en el museo al aire libre El Hombre y la Mar, en Santander.

Algunas historias siguen navegando en nuestra memoria, incluso cuando sus barcos ya no surcan el mar.

Allí encontramos las embarcaciones relacionadas con sus aventuras, una réplica de la balsa con la que cruzó el Pacífico en 1970 y el mascarón de proa de la Marigalante.

Y fue inevitable detenernos.

Porque hay objetos que parecen contar una historia incluso antes de que sepamos cuál es.

La Marigalante tiene, además, una historia curiosa.

Vital Alsar quiso construir una réplica de la nave capitana de Cristóbal Colón, inspirada en la antigua Santa María y vinculada también a Juan de la Cosa, navegante y cartógrafo nacido en Santoña.

La nave fue construida en Alvarado, Veracruz, México, y botada en 1987. Con ella Alsar quiso recuperar la memoria de aquellas grandes navegaciones y llevar también un mensaje de paz.

Hoy la historia tiene incluso un punto de melancolía.

La Marigalante se hundió en Puerto Vallarta en octubre de 2025 tras sufrir problemas en el sistema de achique.

Pero su recuerdo permanece aquí.

En Santander.

En el museo.

En aquella sirena de bronce que fue su mascarón de proa.

Y quizá esa sea una de las cosas bonitas de los lugares:

que algunas historias continúan cuando aquello que las protagonizó ya ha desaparecido.

LA BALSA

Y junto a aquellas embarcaciones encontramos también la réplica de La Balsa.

Nos llamó especialmente la atención.

Porque cuesta imaginar que alguien pueda enfrentarse al océano en algo que, visto desde nuestra comodidad actual, parece tan frágil.

Réplica de La Balsa de Vital Alsar junto a la costa de Santander, rodeada de árboles y con el mar Cantábrico al fondo.

Una balsa de troncos, un océano inmenso y una aventura que demostró que algunos horizontes merecen ser explorados.

Vital Alsar realizó en 1970 una travesía desde Ecuador hasta Australia en una balsa construida con troncos. Fueron 161 días de navegación y unos 8.565 kilómetros.

Nos quedamos mirándola.

Y pensamos que quizá viajar también consiste en eso:

en recordar que hubo personas que miraron el horizonte y, en lugar de preguntarse si era posible llegar al otro lado, decidieron intentarlo.

EL PALACIO DE LA MAGDALENA

Seguimos subiendo.

Y finalmente apareció ante nosotros el Palacio de La Magdalena.

Imponente.

Elegante.

Rodeado de verde y con el Cantábrico como telón de fondo.

Palacio de la Magdalena en Santander entre los árboles y los jardines de la península, bajo la luz de un día soleado.

A veces, viajar no consiste en entrar en todos los lugares, sino en detenerse y disfrutar de aquello que tenemos delante.

El Palacio fue residencia de verano de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia durante diecisiete años y, desde 1933, está vinculado a los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Ese día no pudimos entrar.

Estaba cerrado para las visitas.

Y, curiosamente, no nos importó demasiado.

Porque habíamos descubierto que aquel día no necesitábamos entrar en todos los lugares.

Nos bastaba con estar allí.

Rodeamos el entorno.

Hicimos fotografías.

Miramos la bahía.

Volvimos a detenernos.

Y continuamos caminando.

A veces pensamos que viajar consiste en entrar.

Ese día descubrimos que también consiste en quedarse fuera.

BAJAR MIRANDO EL CANTÁBRICO

Comenzamos a descender por el otro lado de la península.

Ahora el paisaje había cambiado.

Desde allí podíamos contemplar cómo los barcos se acercaban hacia la entrada de la bahía y el puerto.

Otra vez aparecieron los bancos.

Y otra vez nos sentamos.

El sol nos acompañaba.

El día era luminoso.

Costa de Santander con las olas del mar Cantábrico rompiendo contra las rocas mientras una persona contempla el horizonte.

Sin prisas, siguiendo el camino y dejando que el Cantábrico nos acompañara en cada parada.

De esos días en los que el Cantábrico parece querer demostrar que también sabe ser amable.

Nos sentábamos unos minutos.

Después seguíamos.

Y volvíamos a parar.

Sin reloj.

Sin necesidad de cumplir una ruta.

Solo siguiendo el camino.

Y ABAJO, LA PLAYA

Llegamos finalmente a la zona de playa.

El paisaje parecía pertenecer a otro momento del día.

Las grandes olas que habíamos visto golpeando las rocas habían quedado lejos.

Aquí el agua estaba mucho más tranquila, protegida dentro de la bahía.

La Playa de La Magdalena se encuentra precisamente en el interior de la Bahía de Santander y sus aguas suelen ser mucho más calmadas que las del lado abierto al Cantábrico.

Y allí estaba la gente.

Tomando el sol.

Paseando.

Bañándose.

Disfrutando.

Era finales de septiembre.

Y, sin embargo, el día invitaba a quedarse.

Playa de La Magdalena en Santander, con arena dorada, aguas tranquilas y vegetación en primer plano.

La tranquilidad de la bahía nos regaló un momento para disfrutar de la playa y del último verano de septiembre.

Nosotros también nos quedamos un rato.

Porque quizá uno de los mayores placeres de viajar es descubrir que no hace falta que sea agosto para sentirse de vacaciones.

LAS DOS DE LA TARDE

Miramos el reloj.

Habían pasado muchas horas.

Y nos parecía que habían pasado minutos.

Volvimos al coche.

No porque estuviéramos cansados de Santander.

Sino porque todavía nos quedaba una parte del día.

Y queríamos conocer otro de sus rostros.

Nos dirigimos hacia El Sardinero.

UNAS RABAS Y UN PORRÓN

Aparcamos por la zona y comenzamos a caminar.

Y apareció el hambre.

Que también forma parte de cualquier viaje.

Terminamos sentados en Bar Chupi, en la Avenida de los Castros, un establecimiento tradicional de la zona del Sardinero que tiene entre sus especialidades las rabas, además de otros platos y tapas de cocina marinera.

Pedimos unas rabas.

Mejillones en salsa Chupi.

Gambas al ajillo.

Y, si os gusta el vino, hay algo que nos llamó especialmente la atención:

el porrón.

Ese recipiente que cada vez encontramos en menos lugares y que convierte algo tan sencillo como beber vino en una pequeña ceremonia.

Comimos.

Hablamos.

Nos reímos.

Y dejamos que Santander volviera a hacer lo que mejor sabe:

no tener prisa.

Rabas, mejillones y gambas al ajillo acompañados de un porrón en una terraza de Santander.

Una parada en el Bar Chupi para disfrutar de las rabas, compartir unas tapas y descubrir la tradición del porrón.

EL SARDINERO DESPUÉS DEL CAFÉ

Después llegó el café.

Y el postre.

Una tarta de tiramisú.

Y encontramos el lugar perfecto para tomarlo:

frente al mar.

La playa del Sardinero delante.

La brisa del Cantábrico.

Y esa sensación de que, por un momento, no había nada más que hacer.

Solo mirar.

Quizá ese fue uno de nuestros momentos favoritos del día.

No estábamos visitando nada.

No estábamos haciendo turismo.

Estábamos disfrutando.

Y eso también debería formar parte de cualquier viaje.

CAMINAR HASTA QUE EL DÍA SE ACABA

Después del café continuamos caminando por el paseo marítimo.

El Sardinero es uno de esos lugares en los que caminar sin destino tiene sentido.

La Primera y Segunda Playa, los jardines de Piquío, las vistas hacia el Cantábrico…

Todo parece construido para que uno reduzca el paso.

Jardines de Piquío en Santander, junto al paseo marítimo de El Sardinero.

Los jardines de Piquío, una parada tranquila durante nuestro paseo por El Sardinero.

La propia ciudad propone este recorrido entre La Magdalena y El Sardinero como un paseo en el que se mezclan paisaje, playas, arquitectura y la memoria de la antigua Belle Époque santanderina.

Nosotros simplemente caminábamos.

Y entonces ocurrió de nuevo.

Una ola rompió contra el final del paseo.

Y algunas gotas llegaron hasta nosotros.

Nos miramos.

Y sonreímos.

Otra vez.

Santander volvía a recordarnos que estábamos frente al Cantábrico.

LAS SIETE DE LA TARDE

A las siete decidimos regresar.

Habíamos llegado por la mañana con una idea muy sencilla:

pasar un día en Santander.

Y regresábamos con algo mucho más difícil de explicar.

Tranquilidad.

No habíamos visto todo Santander.

Ni mucho menos.

No habíamos recorrido todos sus monumentos.

No habíamos entrado en todos sus museos.

No habíamos visitado cada rincón.

Pero habíamos vivido nuestro Santander.

Y quizá eso sea lo importante.

Porque cuando viajamos existe una extraña obsesión por aprovechar el tiempo.

Por ver más.

Por llegar antes.

Por hacer fotografías de todo.

Por regresar diciendo:

—Hemos estado allí.

Pero hay otra manera de viajar.

Una manera en la que no importa tanto cuántos lugares hemos visto, sino cuánto hemos sentido aquello que vimos.

Nosotros aquel día caminamos.

Miramos.

Nos sentamos.

Nos mojamos.

Fotografiamos.

Comimos.

Tomamos café.

Nos reímos.

Y escuchamos el mar.

Y cuando nos subimos al coche para volver a casa, sentimos que Santander nos había regalado exactamente lo que necesitábamos.

Un día.

Solo un día.

Pero vivido sin prisas.

SANTANDER NOS DEJÓ ALGO

Quizá volveremos.

Seguramente.

Porque un día no alcanza para conocer Santander.

Pero quizá tampoco hace falta.

Tal vez lo bonito de una ciudad es saber que siempre queda algo pendiente.

Un lugar al que regresar.

Una calle que no recorrimos.

Un museo que quedó para otra ocasión.

Una playa que no vimos.

Un café que todavía no hemos tomado.

Un atardecer que nos espera.

Porque viajar no debería consistir en terminar una ciudad.

Debería consistir en dejar una parte de nosotros en ella.

Y llevarnos otra de vuelta a casa.

Santander iluminada al anochecer, contemplada desde el mar con reflejos dorados sobre el Cantábrico.

Santander iluminada frente al Cantábrico, un recuerdo para llevarse de vuelta a casa.

Nosotros dejamos allí unas cuantas fotografías.

Una pequeña parte de nuestro cansancio.

El sonido de unas olas.

Y aquel recuerdo absurdo y maravilloso de un selfie en el que acabamos mojados.

Y nos llevamos algo mucho más importante:

la sensación de haber parado.

De verdad.

SI TENEMOS OTRO DÍA…

Y si Santander nos vuelve a llamar, entonces sí.

Habrá que dedicarle otro día.

Porque quedan muchas cosas por descubrir.

Podremos acercarnos al Centro Botín, recorrer los Jardines de Pereda y adentrarnos en el Santander más urbano e histórico.

Podremos visitar la Catedral, conocer el antiguo Santander y descubrir algunos de los espacios del llamado Anillo Cultural.

Podremos continuar hacia el Faro de Cabo Mayor y disfrutar de otra de esas vistas en las que el Cantábrico vuelve a demostrar que nunca ofrece dos veces el mismo paisaje.

Podremos recorrer con más calma Mataleñas, acercarnos a Piquío o simplemente volver a sentarnos frente al Sardinero.

Y, si queremos salir de la ciudad, Cantabria abre entonces un abanico enorme.

Cabárceno es una de esas opciones que merece prácticamente un día propio. El parque se encuentra a poca distancia de Santander y ocupa un antiguo espacio minero recuperado, con grandes áreas naturales donde viven especies de los cinco continentes.

También podríamos acercarnos a Santillana del Mar y las Cuevas de Altamira, descubrir Comillas y El Capricho de Gaudí, recorrer la costa hasta Suances, acercarnos a Santoña y Laredo, o adentrarnos en los paisajes del interior de Cantabria.

Infografía de un día en Santander con el recorrido realizado y los lugares pendientes para otro viaje por Cantabria.

Un día en Santander, entre paseos junto al Cantábrico, historia y gastronomía, con nuevos lugares por descubrir en el próximo viaje.

Pero eso será otro viaje.

Otro día.

Otra historia.

Porque después de nuestro primer día en Santander hemos aprendido algo:

no necesitamos verlo todo para disfrutar de un lugar.

A veces solo necesitamos caminar.

Y dejar que el lugar nos diga dónde parar.

Quizá ese sea el verdadero lujo de viajar.


 

Sobre la autoría

Retrato de Bernabé García-Heras Días, creador y colaborador de GraZie Magazine
Creativo editorial | Diseño de identidad corporativa en  | Web

Bernabé García-Heras Díaz

Creativo editorial | Diseño de identidad corporativa | Creador y fundador de GraZie Magazine

Creativo editorial y diseñador especializado en identidad corporativa, con una trayectoria vinculada a proyectos culturales, editoriales e institucionales. Su trabajo reúne diseño, fotografía y comunicación visual. Es creador y fundador de GraZie Magazine, publicación digital centrada en las personas, las historias y los valores humanos.

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