TESTIGOS SILENCIOSOS
RUINAS SAGRADAS EN TRISTE ORFANDAD III
Las tradiciones lugareñas, testigos mudos con sabor a magia
Por Ángel Gutiérrez Sanz
PARTE III
Las tradiciones no son meros recuerdos del pasado; son los hilos invisibles que sostienen nuestra identidad a través del tiempo. En esta tercera entrega de Ruinas Sagradas en Triste Orfandad, Ángel Gutiérrez Sanz nos invita a adentrarnos en ese legado intergeneracional que, entre rituales de fuego, flores y encuentros compartidos, nos recuerda que la vida siempre encuentra una forma de renovarse.
Las tradiciones, el legado invisible de los pueblos
Antaño se vivía más del pasado que del presente. Se nacía y se moría con las mismas costumbres; podían transcurrir setenta años, o los que el destino concediera, sin haber cambiado de profesión o de oficio. Aquello que los padres ejercían pasaba, con naturalidad, a manos de los hijos, y así sucesivamente.
Lo mismo sucedía con las tradiciones. Eran un legado histórico y cultural que se transmitía de generación en generación, un recinto casi sagrado donde se conservaban los valores, la herencia recibida y el sentir colectivo de todo un pueblo. Su misión consistía en establecer vínculos intergeneracionales capaces de desafiar el paso del tiempo.
Su mensaje llegaba de forma nítida a través de relatos, rituales y festejos que se sucedían sin interrupción. Unas veces transmitían enseñanzas religiosas; otras, costumbres sociales, familiares, gastronómicas o folclóricas. Frente a los miedos e inquietudes del ser humano ofrecían consuelo; ante las incertidumbres actuaban como brújula y servían de refugio frente a la vida, el dolor y la muerte.

La fiesta de Los Mayos simbolizaba el renacer de la naturaleza y fortalecía los lazos de una comunidad unida por sus tradiciones.
Los Mayos: cuando la naturaleza renacía con el pueblo
Muchas de estas evocadoras tradiciones estaban vinculadas con la llegada de la primavera, como la conocida con el nombre de Los Mayos, que todavía hoy continúa recordándonos que la naturaleza renace cada año e invita al ser humano a hacer lo mismo.
Llegado el mes de las flores, los mozos del pueblo salían al campo armados de hachas y talaban el chopo más alto que encontraban en la ribera. Después lo colocaban en medio de la plaza, en un lugar perfectamente visible, y daba comienzo el festejo.
Alrededor de aquel árbol se organizaban danzas, cánticos y competiciones. En ocasiones se colocaba un premio en la cúspide para desafiar a quien se atreviera a escalarlo.
Para dar mayor colorido a la celebración aparecían los llamados mayos vivientes, personas disfrazadas de árboles, flores y plantas que escenificaban el renacer de la naturaleza.
Las Cruces de Mayo: la fe que abrazó las antiguas costumbres

Las Cruces de Mayo transformaban las plazas de los pueblos en espacios de encuentro donde la tradición, la belleza y la convivencia se fundían en una misma celebración.
Estas tradiciones, cuyo origen se remonta a los fenicios, terminarían adquiriendo con el tiempo profundas connotaciones religiosas que desembocarían en la celebración de Las Cruces de Mayo.
Sus altares, adornados con flores, mantones y delicadas piezas de orfebrería, atraían a vecinos y visitantes hasta convertirse en auténticos lugares de encuentro. Allí se compartían sentimientos y se entonaban al unísono canciones que nacían del corazón.
La Noche de San Juan: el fuego que purificaba la esperanza

El fuego de la Noche de San Juan reunía a los vecinos en torno a una tradición ancestral que celebraba la esperanza y el comienzo de un nuevo ciclo.
Algo parecido ocurría durante la Noche de San Juan. Los lugareños encendían una enorme hoguera purificadora en un lugar estratégico de la plaza para quemar todo lo viejo y emprender un nuevo ciclo.
Se trataba de una tradición de origen pagano cuya finalidad consistía en alejar los malos espíritus y abrir el camino hacia la buena suerte, la salud y la felicidad. Para conseguirlo había que afrontar una pequeña prueba de valor: saltar nueve veces sobre las llamas.
Era una noche profundamente evocadora, vinculada a la naturaleza, al amor y a la fertilidad. Después de «la quemada», grupos de mozos y mozas salían al campo en busca del trébol, símbolo de la inmortalidad.
No servía cualquiera. Debía ser un trébol de cuatro hojas, difícil de encontrar y, además, aparecer adornado con las gotas de rocío que la aurora había depositado sobre sus tiernas hojas como si fueran diminutas perlas.
Era también la noche en que muchos adolescentes descubrían su primer amor. Grababan sus iniciales sobre la corteza de los árboles de la alameda con la esperanza de que aquellos nombres permanecieran unidos más allá de la muerte. Así de hondos eran los sentimientos de quienes nos precedieron.
Al amanecer, alguna muchacha afortunada descubría que alguien había adornado su ventana con flores, plantas aromáticas o un ramo de rojas cerezas ya sazonadas.
La siesta: una pausa heredada de nuestros mayores
Al hablar de las tradiciones de la España rural no puede olvidarse la siesta, costumbre profundamente arraigada entre nosotros aunque sus orígenes se remonten a la época romana.
En la Regla de San Benito, la jornada se organizaba conforme a las llamadas horas canónicas. Una de ellas era la hora sexta, situada aproximadamente en la mitad del día y destinada al descanso y a la recuperación de fuerzas.
De aquella práctica derivaría la siesta tal y como hoy la conocemos, especialmente necesaria en unos tiempos marcados por jornadas de trabajo especialmente duras, donde el descanso resultaba imprescindible para que el cuerpo recuperara energías y pudiera continuar su actividad.
Tomar el fresco: el arte perdido de conversar
Asociada a la siesta se encontraba otra tradición estival: tomar el fresco, o la frescada.
Era una costumbre típicamente española que consistía en salir a la puerta de las casas, una vez terminada la cena, para disfrutar junto a los vecinos de la suave brisa nocturna después de soportar durante el día la canícula de un sol abrasador.
Más que un simple descanso físico, constituía un auténtico ritual que formaba parte del paisaje cultural español. Permitía desconectar de las tensiones cotidianas, recuperar energías y afrontar la noche con serenidad. Una terapia sencilla y profundamente sabia heredada de nuestros mayores.
Pero, sobre todo, aquella costumbre representó durante siglos un espacio privilegiado para el sosiego del espíritu.
Bajo la tenue luz de un cielo sembrado de estrellas, los vecinos conversaban apaciblemente, compartían experiencias, comentaban las noticias del pueblo y estrechaban unos vínculos humanos que iban mucho más allá de la mera convivencia.
Gracias a esta ancestral rutina, la vida comunitaria adquiría una dimensión que hoy apenas podemos imaginar.
Muchos sienten nostalgia de aquella tradición perdida. Sin embargo, las exigencias de la vida moderna y, muy especialmente, el intenso tráfico de nuestras calles hacen prácticamente imposible recuperar aquellos encuentros espontáneos que, durante generaciones, fortalecieron el alma de nuestros pueblos.
Reflexión GraZie
Al mirar hacia estas tradiciones, no solo honramos la memoria de quienes nos precedieron, sino que también redescubrimos nuestra propia capacidad de asombro. En GraZie Magazine entendemos que estos rituales no eran meras costumbres, sino expresiones de gratitud hacia la tierra, la comunidad y la vida compartida. Quizá el verdadero reto de nuestro tiempo sea preguntarnos: ¿qué gestos cotidianos estamos sembrando hoy para que las futuras generaciones puedan sentir, algún día, el mismo calor de una comunidad viva?
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Sobre la autoría

VIDA Y OBRA DE ÁNGEL GUTIÉRREZ SANZ
Ángel Gutiérrez Sanz nace en Alaraz (Salamanca) 20 de Julio (1939) en el seno de una familia cristiana, donde se tenía aprecio por la cultura. Fue el más pequeño de una familia numerosa, integrada por siete hermanos. Aquí aprendería las primeras letras. Apenas cumplidos los 11 años, abandona su pueblo natal con destino al internado que los PP. Dominicos tenían en La Mejorada, provincia de Valladolid, luego vendrían otros internados en la provincia de Segovia, Toledo y Ávila, por lo que solo pudo disfrutar del calor de familia en las vacaciones estivales. A los 12 años murió su padre y a los 23, aún sin haber concluido su carrera de filosofía en Madrid, murió su madre, por lo que se vio obligado a trabajar para costearse sus estudios de Filosofía, graduándose finalmente en Madrid por la Universidad Complutense, el año 1964.
Una vez licenciado en Filosofía y Letras y con los estudios completos de Teología, se puso a trabajar como profesor en colegios privados de Madrid. Posteriormente obtendría el grado de doctor por la misma universidad Complutense de Madrid, pero antes de que esto sucediera, fue llamado a filas y tuvo que cumplir su servicio militar, lo que supondría para él un grave contratiempo, al ver truncada su carrera y su vida profesional apenas iniciada. Una vez cumplidas sus obligaciones con la Patria, fue admitido en el mismo colegio que estaba trabajando y la vida volvería a recobrar su ritmo.
En el año 1967 se casaría con la pedagoga Francisca Abad Martín, fijando su residencia en Madrid.
A partir de este momento, Gutiérrez Sanz vivió entregado a la vida familiar, que supo conjugar perfectamente con su profesión de docente y también con sus estudios, porque en los primeros años de matrimonio, Ángel Gutiérrez estaba ocupado en preparar sus oposiciones, para obtener una plaza como profesor numerario de filosofía, a la vez que trataba de concluir su tesis doctoral. Fueron años difíciles, en que tuvo que trabajar duro y sin tregua, para conseguir lo que consiguió. Cierto que a su lado tuvo siempre a una amiga y colaboradora, que siendo ya madre, no solo supo hacer frente a las circunstancias, manteniendo intacta durante cinco años la licencia por estudios, concedida por el Ministerio de Educación, para que pudiera cursar la carrera de Pedagogía, sino que logró que los ojos de su marido pudieran contemplar la realidad con el verde de la esperanza.
Pasados estos primeros años de matrimonio, la situación fue mejorando. La tesis doctoral que llevaría por título "La Ética en Baltasar Gracián" llegó a feliz término, mereciendo la máxima calificación de "Sobresaliente cum laude", siendo publicada posteriormente. Y sobre todo la obtención de una plaza como profesor titular de filosofía y luego como catedrático de esta misma asignatura, iba a suponer que Gutiérrez Sanz pudiera dedicarse a su pasión de escribir.
En su dilatada vida docente en la enseñanza publica, ha desempeñando diversos cargos directivos, pero ello no ha sido obstáculo para seguir trabajando en el campo de la investigación. Su compromiso al servicio de la cultura ha quedado patente, tanto en las aulas como fuera de ellas, bien como conferenciante en diversos foros, en el Ateneo de Madrid por ejemplo, así como en colaboración con diversos medios de comunicación social, a través de revistas filosófico-teológicas, históricas. educativas o de pensamiento.
Digno de reseñar es que, siendo catedrático y jefe del Seminario de Filosofía del Instituto Miguel Servet de Madrid y en colaboración con un equipo de profesores de este mismo seminario, obtuvo el Primer Premio Nacional del Segundo Concurso de Prensa sobre artículos, en la modalidad de reportajes sobre Pedagogía, convocado por la Fundación Santa María (S.M.).
En el año 1990, Ediciones TAU saca a la luz su primer libro titulado " Aspectos de una sociedad en crisis", en donde el autor apunta las directrices por donde habría de discurrir su pensamiento.
A partir de entonces su vocación como escritor fue haciéndose más determinante, hasta el momento de su jubilación.
MÁS INFORMACIÓN EN: https://blogculturalgutierrezsanzangel.blogspot.com/p/sobre-mi_10.html













