RETROSPECCIÓN

Por Ángel Gutiérrez Sanz

Detenerse para comprender el camino recorrido

No sé si estaré equivocado cuando pienso que, de vez en cuando, es necesario hacer un alto en el camino para proyectar la mirada hacia el pasado que va quedando atrás.

Para mí es una práctica bastante habitual y no creo que sea cuestión solamente de años. Esto mismo lo hago también al subir la montaña o caminar por senderos escarpados. Cuando me siento cansado y la marcha comienza a hacerse interminable, me paro, miro hacia atrás y me digo: «¡Ánimo!, es mucho lo que llevo andado; seguro que, si he llegado hasta aquí, será ya fácil acabar mi recorrido».

Me consuelo pensando que el camino ya hecho es tanto o más largo que el que falta por hacer.

Todo lo que nos ha ido sucediendo a lo largo de la vida y lo mucho que nos ha pasado va haciendo de nosotros sujetos experimentados, bien dispuestos para poder afrontar los acontecimientos venideros. De aquí que, de vez en cuando, no venga mal una visión retrospectiva que seguramente acabará reconfortándonos.

No solamente por esto; hay otras razones para no vivir ajenos al pasado.

Unas manos sostienen una fotografía antigua mientras recuerdan la historia personal que construye la identidad de cada persona.

Nuestra historia no solo vive en la memoria; también permanece en aquellos pequeños recuerdos que el tiempo nunca consigue borrar.

La historia personal que nos da identidad

Lo que llevamos andado es nuestra herencia, un patrimonio que hemos ido acumulando y que nos pertenece; es nuestra historia, la que nos distingue de todos los demás.

Una mujer o un hombre sin pasado es un apátrida, un peregrino errante que viaja sin carnet de identidad.

Estamos convencidos de que esta pobre historia, que atrás vamos dejando, podría haber sido mejor, pero es la nuestra, la de cada cual; por eso hay que quererla, como se quiere a un hijo que necesita más de nuestro amor, como nos queremos a nosotros mismos, aunque estemos muy lejos de ser lo que nos gustaría ser.

He de mirar con serenidad mi pasado, no con nostalgias ni tampoco con resentimiento.

Yo no quiero ser de los que van diciendo que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, ni estoy con los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

A lo más, creo en la memoria selectiva, capaz de resaltar lo bueno y de olvidar lo malo.

Solo después de sumergir nuestros recuerdos en un agua de rosas pueden mostrarse a nuestros ojos como maravillosos, pero solo es apariencia.

No estoy ni con unos ni con otros; mucho menos aún con los que identifican lo bueno con lo nuevo y nos instan a olvidarnos del pasado.

Unas manos plantan un pequeño árbol simbolizando que las experiencias y esperanzas del pasado dan fruto en el futuro.

Toda vida deja semillas que, tarde o temprano, encuentran el momento de crecer.

El pasado también siembra el futuro

Si es bien cierto que el pasado, pasado está, no lo es menos también que en él se han ido sembrando semillas de esperanza, llamadas a dar fruto, aunque no sabemos cuándo.

Potencialidades llamadas a convertirse en realidad y que, dicho sea de paso, también un día habrán de ser historia.

Lo que hoy es torbellino de ilusión puede que mañana no sea más que agua estancada en el recuerdo inerte, que ya no moverá molinos.

Volver la vista atrás es también encontrarse con ingenuos sueños infantiles o descabellados proyectos juveniles que un día animaron nuestras vidas y hoy nos hacen sonreír; pero tuvieron que suceder, no fueron vanos, cumplieron su función en el momento en que uno tenía que sentirse vivo.

De ellos nacieron otros sueños e ilusiones, y otros, y otros… que, como todo en la vida, acabaron por ser historia.

Después de vivir la vida, gusta poderla conservar intacta entre las manos, pero esto solo es posible a través de los recuerdos ya marchitos.

La vida que nos tocó vivir, vivida queda para siempre con sus días de luz y sus noches de sombras; podrá ser recordada, sí; pero, como escribió Khalil Gibran:

«El recuerdo es una hoja seca que susurra un momento en el aire y ya no vuelve a escuchársele más.»

Reflexión GraZie

Vivimos mirando hacia delante, convencidos de que el futuro siempre tiene la última palabra. Sin embargo, pocas veces recordamos que la fuerza para seguir avanzando suele encontrarse precisamente detrás de nosotros.

La retrospectiva de la que nos habla Ángel Gutiérrez no invita a quedarse atrapados en la nostalgia, sino a reconciliarse con el propio camino. Cada error, cada ilusión cumplida o frustrada y cada etapa vivida forman parte de una identidad que nadie puede arrebatarnos.

Quizá el pasado no pueda cambiarse, pero sí puede convertirse en el lugar donde comprendemos quiénes somos y por qué seguimos caminando.

Porque, al final, avanzar no consiste en olvidar lo vivido, sino en saber llevarlo con serenidad hasta el siguiente horizonte.

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Sobre la autoría

Ángel Gutiérrez Sanz

VIDA Y OBRA DE ÁNGEL GUTIÉRREZ SANZ

Ángel Gutiérrez Sanz nace en Alaraz (Salamanca) 20 de Julio (1939) en el seno de una familia cristiana, donde se tenía aprecio por la cultura. Fue el más pequeño de una familia numerosa, integrada por siete hermanos. Aquí aprendería las primeras letras. Apenas cumplidos los 11 años, abandona su pueblo natal con destino al internado que los PP. Dominicos tenían en La Mejorada, provincia de Valladolid, luego vendrían otros internados en la provincia de Segovia, Toledo y Ávila, por lo que solo pudo disfrutar del calor de familia en las vacaciones estivales. A los 12 años murió su padre y a los 23, aún sin haber concluido su carrera de filosofía en Madrid, murió su madre, por lo que se vio obligado a trabajar para costearse sus estudios de Filosofía, graduándose finalmente en Madrid por la Universidad Complutense, el año 1964.

Una vez licenciado en Filosofía y Letras y con los estudios completos de Teología, se puso a trabajar como profesor en colegios privados de Madrid. Posteriormente obtendría el grado de doctor por la misma universidad Complutense de Madrid, pero antes de que esto sucediera, fue llamado a filas y tuvo que cumplir su servicio militar, lo que supondría para él un grave contratiempo, al ver truncada su carrera y su vida profesional apenas iniciada. Una vez cumplidas sus obligaciones con la Patria, fue admitido en el mismo colegio que estaba trabajando y la vida volvería a recobrar su ritmo.

 En el año 1967 se casaría con la pedagoga Francisca Abad Martín, fijando su residencia en Madrid.

A partir de este momento, Gutiérrez Sanz vivió entregado a la vida familiar, que supo conjugar perfectamente con su profesión de docente y también con sus estudios, porque en los primeros años de matrimonio, Ángel Gutiérrez estaba ocupado en preparar sus oposiciones, para obtener una plaza como profesor numerario de filosofía, a la vez que trataba de concluir su tesis doctoral. Fueron años difíciles, en que tuvo que trabajar duro y sin tregua, para conseguir lo que consiguió.  Cierto que a su lado tuvo siempre a una amiga y colaboradora, que siendo ya madre, no solo supo hacer frente a las circunstancias, manteniendo intacta durante cinco años la licencia por estudios, concedida por el Ministerio de Educación, para que pudiera cursar la carrera de Pedagogía, sino que logró que los ojos de su marido pudieran contemplar la realidad con el verde de la esperanza.

Pasados estos primeros años de matrimonio, la situación fue mejorando. La tesis doctoral que llevaría por título "La Ética en Baltasar Gracián" llegó a feliz término, mereciendo la máxima calificación de "Sobresaliente cum laude", siendo publicada posteriormente. Y sobre todo la obtención de una plaza como profesor titular de filosofía y luego como catedrático de esta misma asignatura, iba a suponer que Gutiérrez Sanz pudiera dedicarse a su pasión de escribir.

En su dilatada vida docente en la enseñanza publica, ha desempeñando diversos cargos directivos, pero ello no ha sido obstáculo para seguir trabajando en el campo de la investigación. Su compromiso   al servicio de la cultura ha quedado patente, tanto en las aulas como fuera de ellas, bien como conferenciante en diversos foros, en el Ateneo de Madrid por ejemplo, así como en colaboración con diversos medios de comunicación social, a través de revistas filosófico-teológicas, históricas. educativas o de pensamiento.

Digno de reseñar es que, siendo catedrático y jefe del Seminario de Filosofía del Instituto Miguel Servet de Madrid y en colaboración con un equipo de profesores de este mismo seminario, obtuvo el Primer Premio Nacional del Segundo Concurso de Prensa sobre artículos, en la modalidad de reportajes sobre Pedagogía, convocado por la Fundación Santa María (S.M.).

En el año 1990, Ediciones TAU saca a la luz su primer libro titulado " Aspectos de una sociedad en crisis", en donde el autor apunta las directrices por donde habría de discurrir su pensamiento.

A partir de entonces su vocación como escritor fue haciéndose más determinante, hasta el momento de su jubilación.

MÁS INFORMACIÓN EN: https://blogculturalgutierrezsanzangel.blogspot.com/p/sobre-mi_10.html

 

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