RUINAS SAGRADAS EN TRISTE ORFANDAD:
Un viaje a la memoria de nuestra España rural
Por Ángel Gutiérrez Sanz
El valor de lo olvidado
Nuestra nueva sección, “TESTIGOS SILENCIOSOS”, nace con el propósito de proyectar el foco sobre aquellos temas, objetos, situaciones y acontecimientos que duermen, a menudo, el sueño de los justos. Son elementos portadores de un mensaje profundo que merece la pena descifrar, y es precisamente esa capacidad de revelación la que nos invita a detenernos y escuchar lo que el silencio tiene que decirnos.
La agonía de nuestra geografía y el vaciamiento rural
El vaciamiento rural es uno de esos fenómenos de nuestro tiempo que nos hiela la sangre y nos obliga a dedicar un recuerdo emocionado a los que un día fueron pequeños núcleos urbanos llenos de vida, esparcidos por nuestra piel de toro y que, por diversas razones, han sido borrados del mapa. Se calcula que son más de 3000 los pueblecitos, aldeas o villorrios desaparecidos en los últimos años, repartidos todos ellos por la extensa y variada geografía de la vieja Hispania, entre páramos y campiñas, llanuras y estepas, al abrigo de los montes o en acantilados frente al mar abierto.
La España que se muere a pedazos: Tradiciones en olvido
Tengo la impresión de que estamos asistiendo a la agonía de esa España rural, relicario bendito de tradiciones y cultura milenarias, y me siento triste por ello. Dicen que se nos está muriendo a pedazos nuestra España vetusta y con solera; que en sus calles ya no se escucha el griterío de los niños, que faltan brazos vigorosos para cultivar sus tierras y en las ventanas de sus casas no se ven ya mocitas soñando primaveras. Dicen, en fin, que también nuestros mayores han desaparecido, llevándose consigo el sabor de la tierra que les vio nacer y también las esencias y valores de la España profunda, en la que siempre creyeron y a la que honraron con un patriotismo incondicional.

«Ventanas que ya no miran al futuro, testigos mudos de la despoblación»
El silencio que interpela: Un encuentro con los ancestros
Desde hace tiempo, los pueblos abandonados de nuestra geografía se han convertido en testigos silenciosos que nos interpelan. Sus casas, construidas con adobe y barro, con pedruscos y vigas de madera, siguen oliendo a aprisco, a retama quemada, a hogaza recién sacada del horno.
En mis incursiones por estas sagradas ruinas, lo que intento conseguir no es tanto realidades históricas contundentes, cuanto empatizar con quienes fueron mis ancestros; busco crear una imagen de ellos en mi retina y poder dedicar mi cariñoso agradecimiento a sus moradores. Sin olvidarme de que la vida es como es y que los tiempos cambian, no me cansaré de repetir con Cicerón: “¡Oh tempora, o mores!”.
II. El emotivo mensaje de los pueblos abandonados

“La plaza: santuario de recuerdos donde la vida rural latía al compás de la naturaleza”.
La conexión profunda con la naturaleza
A medida que me acerco al entorno y emplazamiento de un pueblecito abandonado, percibo de inmediato que sus lugareños debieron estar muy vinculados a la naturaleza, pendientes cada año de que la madre tierra realizara el milagro de vestir de blanco los manzanos, de engalanar las vides con racimos, de transformar las semillas depositadas en un mar de espigas, que el viento acabaría meciendo suavemente como si fueran olas. No solo esto, me percato también de que la naturaleza debió ser para ellos fuente de inspiración y pauta para su comportamiento cívico y moral.
La naturaleza como maestra de vida
Por si fuera poco, la naturaleza debió ser para ellos la maestra de la que todos aprendían, incluso los niños que a los pocos años eran capaces de orientarse en medio del campo, conocer las propiedades de las frutas del bosque y distinguir perfectamente el trino de las golondrinas, el gorjeo mañanero de la alondra, el arrullo de las palomas, el crotoreo de las cigüeñas o el croar de las ranas. Difícil de entender para quienes nos hemos criado en el virtual y artificioso mundo de Internet, pero así debió ser en realidad.
Tras las huellas del pasado
Sin renunciar a mi condición de hijo de la posmodernidad, he de confesar que me gusta deambular por sus calles desiertas con los ojos bien abiertos, tratando de interpretar los mensajes que me llegaban de cada uno de sus rincones, siempre atento a cualquier vestigio o huella que pudiera ayudarme a penetrar el arcano misterio de quienes un día fueron sus moradores. Cierro los ojos y me parece estar viendo el lento ir y venir de sus gentes, caminando sin prisas en acompasada sintonía con el monótono y aburrido discurrir del día a día. Niños agarraditos de las manos camino de la escuela, muchachas con un cántaro en la cabeza, que iban y venían de la fuente, hasta me parece escuchar a lo lejos el cansino chirriar de la carreta arrastrada por dos bueyes.
La vida social en el día de fiesta
Llegado el domingo, resulta fácil imaginar estas mismas calles llenas de vida. A los hombres y mujeres los veo bien aseados y oliendo a limpios, saliendo de sus casas al toque de campana, para asistir a misa y después tomarse unos chatitos de vino con los amigos. Después de comer, ya por la tarde, vuelvo a representarme a los varones acudiendo presurosos a echar la partida en la taberna y a las féminas haciendo lo mismo, pero en casas particulares, para acabar todos juntos la jornada en animada fiesta, danzando al ritmo del tamboril y la dulzaina.
La plaza: centro y santuario de la identidad
En estos pueblecitos abandonados como éste que yo suelo visitar, es imposible perderse porque todas las calles conducen a la plaza, lugar de convergencia y de encuentros cordiales, a los que los vecinos acudían sin móviles en las manos, para darse un apretón de manos amistoso y cordial, mirándose a los ojos fijamente, y poder ver reflejada en sus miradas los mismos miedos y esperanzas, los mismos anhelos e ilusiones, la misma alegría de vivir. La plaza era el centro neurálgico de la vida social, plagada de signos, vestigios, rastros, huellas y recuerdos, que hablan por sí solos. La plaza de estos pueblos entrañables bien podía ser vista como santuario de tradiciones populares culturales, religiosas, folclóricas, que se han ido perdiendo con la desaparición del mundo rural, hasta quedarnos huérfanos de los referentes necesarios con que apuntalar la identidad nacional.
III. Las tradiciones lugareñas, testigos mudos con sabor a magia

“Tradiciones que desafían al tiempo: el fuego purificador de San Juan como vínculo entre generaciones”.
El legado intergeneracional
Antaño se vivía más del pasado que del presente. Se nacía y se moría con las mismas costumbres; se podía vivir 70 años sin haber cambiado de profesión o de negocio, algo que los hijos acabarían heredando de sus padres y así sucesivamente. Lo mismo sucedía con las tradiciones, que eran como un legado histórico-cultural que se transmitía de generación en generación. Un recinto sellado en que se conservaban los valores, la herencia cultural y el sentir general de todo un colectivo, con la sagrada misión de establecer vínculos intergeneracionales que desafiaban el paso del tiempo. Su mensaje llegaba de forma nítida a través de relatos, rituales o festejos que se iban transmitiendo de generación en generación sin solución de continuidad. Los mensajes que solían transmitir eran de tipo religioso, social, familiar, gastronómico o folclórico. Frente a los miedos e inquietudes del ser humano nos ofrecían un consuelo; ante nuestras incertidumbres hacían de brújula y servían de refugio ante la vida, el dolor y la muerte.
El renacer de la naturaleza: La fiesta de los Mayos
Muchas de estas evocadoras tradiciones estaban vinculadas con la llegada de la primavera, como la conocida con el nombre de “Mayos”, que ahí sigue rememorándonos que la naturaleza se renueva cada año y nos invita a los humanos a hacer lo mismo. Llegado el mes de las flores, los mozos del pueblo salían al campo armados de hachas y talaban el chopo más alto que encontraban en la ribera, lo colocaban en medio de la plaza, en un lugar perfectamente identificable, y comenzaba el festejo. Ello era motivo para que, en torno a él, se organizaran danzas, cánticos y competiciones, como podía ser la de colocar un premio en la cúspide por si había algún valiente que se atreviera a ir por él. Para dar colorido a la fiesta, se hacían presentes los “mayos vivientes”, que eran personas disfrazadas de árboles, flores y plantas, escenificando el renacer de la naturaleza.
La herencia religiosa: Las Cruces de mayo
Estas tradiciones, que tienen su origen en los fenicios, acabarían teniendo unas connotaciones religiosas que darían como resultado la celebración de “Las Cruces de mayo”, con sus altares adornados de flores, mantones y orfebrería preciosa, capaces de atraer a los vecinos, convirtiéndose así en lugares de encuentro que servían para compartir sentimientos y entonar al unísono canciones que salían del corazón.
La magia de la Noche de San Juan
Algo parecido cabe decir de la Noche de San Juan, en que los lugareños encendían una enorme hoguera purificadora en un lugar estratégico de la plaza del pueblo, para quemar todo lo viejo y emprender un nuevo ciclo. Esta tradición tiene un origen pagano, cuya intencionalidad era alejar los malos espíritus y allanar el camino a la buena suerte, la salud y la felicidad, lo que se conseguía realizando un ejercicio arriesgado que consistía en saltar 9 veces sobre la hoguera. Noche evocadora ésta, vinculada a la naturaleza, al amor y la fertilidad, en que grupos de mozos y mocitas después de “la quemada” salían a recoger el trébol, símbolo de la inmortalidad, que encontraban en un campo aromatizado, iluminado por la luna, bajo un manto de constelaciones y estrellas; pero no valía cualquier trébol, debería ser de cuatro hojas, difícil de encontrar y además debería estar aderezado por unas gotitas de rocío que, como perlitas preciosas, la rosada aurora había depositado en sus tiernas hojas.
Promesas de amor en la alameda
Era la noche también en la que algunos adolescentes descubrían su primer amor, dejando grabadas sus iniciales en la corteza de los árboles de la alameda, nombres que habrían de continuar unidos más allá de la muerte, porque así de profundo era el sentimiento de estas gentes que nos precedieron. Al despertarse por la mañana, alguna muchacha afortunada se encontraría con la sorpresa de que alguien había adornado su ventana con flores y plantas aromáticas o con un ramo encendido de rojas cerezas sazonadas.
IV. Los aperos de labranza almacenados en el desván nos hablan de unos hombres recios

Testigos de un esfuerzo estoico: los aperos que labraron nuestra historia.
El hogar como elocuente testigo del pasado
Muchos son los testigos mudos que siguen hablándonos de nuestros antepasados sepultados en el olvido, pero ninguno de ellos tan elocuente como el hogar, donde vivieron hasta que les llegó el momento de partir. Cuántas evocaciones, cuántas remembranzas han quedado sepultadas en las ruinas de estos sagrados recintos. Si fuéramos capaces de hacer hablar a las paredes, a los aposentos, a los enseres… sobre todo a los enseres, podríamos llegar a hacernos una idea sobre qué tipo de personas fueron nuestros ancestros, cómo vivieron, en qué valores creyeron y cuál fue su filosofía de la vida.
Compañeros de fatigas: los aperos de labranza
En los desvanes, amontonados en el suelo llenos de polvo, pueden verse los aperos de labranza, compañeros de fatigas de muchas generaciones: las rejas, que arañaban las entrañas de la tierra; las azadas, que roturaban los campos de regadío; la hoz afilada y la guadaña, con las que se recolectaban montañas ingentes de cosechas. Todos ellos nos hablan de hombres rudos, que no habían nacido para manejar la pluma o la espada, y mucho menos para acariciar las cuerdas del arpa, sino para dominar la naturaleza con sus brazos vigorosos; hombres bravíos y de temple, cuya única ocupación fue trabajar de sol a sol, soportando estoicamente tanto los hielos congelantes del invierno como el fuego incandescente del verano abrasador.
Hombres de temple, austeros y leales
Hombres tenaces y trabajadores, que no sabían lo que es vivir del cuento y nunca comieron otro pan que no fuera el amasado con el sudor de su frente. Ahorradores y de costumbres sencillas, que nunca se vieron en grandes apuros, ni siquiera en los años de escasez y hambruna, porque supieron ser previsores y pensar en el mañana. Forjados en la fragua de la raza ibérica, aprendieron a ser personas esforzadas y austeras, hombres valientes y solidarios, temidos en las guerras y respetados en la paz, leales a la palabra dada, tanto que no necesitaban de documentos firmados para dar validez a sus pactos, porque bastaba con un apretón de manos. Dispuestos siempre para lo que hiciera falta. Pienso que no estaría mal que alguna vez nos acordáramos de ellos y les diéramos las gracias por haber conservado y transmitido íntegramente nuestro patrimonio histórico y cultural.
Una filosofía de vida basada en lo esencial
En fin, todo lo que puede decirse de nuestros antepasados es que, seguramente, fueron felices a su manera porque, al contrario de lo que sucede en nuestra sociedad consumista, su filosofía de la vida consistía no en tener mucho, sino en necesitar de muy poco. Les fue suficiente con pan tierno para comer, un vino generoso en la tinaja y que no faltara, por supuesto, el torrezno en la sartén, ni las patatas machaconas o el cocido hechos a fuego lento en el puchero. Algo parecido podría decirse por lo que se refiere al mundo infantil. A los niños de ahora, que vienen ya con un videojuego entre las manos, les resulta difícil entender cómo con tan solo un puñado de canicas, una peonza y una pelota hecha de cuerdas, los niños que les precedieron pudieran satisfacer plenamente sus sueños infantiles.
V. El candil, símbolo del hogar y la mujer, alma de la familia

La feminización del hogar: el alma y el cuidado que tejieron la red social de nuestros pueblos.
El candil: Testigo de la intimidad familiar
Entre las reliquias del pasado, he de referirme al candil como uno de los testigos silenciosos más evocadores de la intimidad familiar. En él puede verse reflejada la calidez acogedora del hogar, compañero y confidente indispensable que no podía faltar en las veladas familiares, en las animadas tertulias, leal compañero en las horas alegres y en las horas tristes. En torno a él giraban todas las miradas. Durante siglos, el candil ha representado un papel importante dentro de las casas. Junto a él se apretaban los corazones para intercambiar sentimientos, compartir historias y emociones, para rezar o contar chistes, para reír o llorar juntos, para comer y protegerse del frío.
La mujer: Corazón y alma del hogar
Aun con todo, el centro neurálgico del hogar no lo fue la llama del candil, sino el corazón de la mujer consagrada por entero a su familia. Cuando traspasas los umbrales de una casa que lleva mucho tiempo cerrada, lo primero que percibes es que este recinto sagrado ha estado gobernado por manos femeninas. Los hogares de antaño con solera no se pueden entender sin la presencia de la mujer; ella era el alma, el corazón, la vida de los mismos. Hemos tardado en darnos cuenta de ello, pero esta es la realidad, aunque la historia haya sido injusta con ellas y no lo haya sabido reconocer.
Heroínas anónimas: El trabajo y la maternidad
Desde siempre, las labores domésticas de la mujer han sido infravaloradas; se les ha visto como un entretenimiento, a lo más como una ayudilla para la economía familiar. Pocos han sido conscientes de que poner en marcha y mantener el funcionamiento doméstico, aparte de ser fundamental para la estabilidad familiar y social, es costoso, ingrato y duro. Las espaldas de estas heroínas anónimas tuvieron que soportarlo todo: encender el fuego, poner los pucheros a calentar, preparar los desayunos, levantar y asear a los niños, hacer las camas, fregar, barrer, quitar el polvo, coser, zurcir, remendar, echarse el caldero de ropa sucia a la cadera y acercarse al río para allí, después de romper el hielo con una piedra, dejarse las uñas restregando. Sin tiempo que perder tenía que llegar a casa para asistir a los animales domésticos, ordeñar la cabra y tener a punto la comida y así un día y otro día. Estos “Ángeles del hogar” tenían que administrar los recursos, estar pendientes de todo y en ocasiones verse en la necesidad de tener que convertir el agua en vino para que hubiera para todos. Además, ejercían de enfermeras y curanderas de la familia.
Vocación de madre y esposa
Ser ama de casa no fue el único rol desempeñado por estas mujeres ejemplares; ejercieron también como madres, no por obligación sino por vocación, conscientes de que la maternidad es el don más hermoso que puede poseer un ser humano. Intuyeron que ningún tipo de creación artística podía compararse al engendro de un ser humano. Las abuelas de nuestras abuelas, por instinto materno, supieron interpretar como nadie el profundo misterio de traer un niño al mundo, de criarlo, cuidarlo y educarlo. Tuvieron la certeza de que llegar a ser presidente del país más poderoso del mundo era poca cosa comparado con la sublime misión de ser madre, y tenían razón. Ya va siendo hora de que los organismos mundiales saquen las consecuencias oportunas y se pongan a trabajar en dirección distinta a la que lo vienen haciendo. Las mujeres del pasado también supieron ser dignas esposas, lo que llevaba implícito ser amantes, amigas, colaboradoras y cómplices del marido. Gracias a sus buenos oficios se resolvieron muchas crisis matrimoniales. Dar y recibir amor es una de las características de la psicología de las mujeres: “Donde no había amor, pusieron amor, para acabar cosechando amor”. El hogar pudo seguir siendo ese oasis de paz y refugio, donde todos se sentían seguros y unidos como una piña, donde podían encontrar el cariño que necesitaban en esa mujer que, habiéndose olvidado de sí misma, lo era todo para todos.
Reconocimiento a la fortaleza femenina
No quisiera acabar sin expresar mi admiración y reconocimiento a esas mujeres inteligentes y seguras de sí mismas que no renegaron de su identidad en tiempos difíciles de postergación, olvido y abandono, en que se les negó voz ni voto. “Pudieron perder la paciencia, pero no la perdieron; pudieron desesperarse y renegar de ser mujer, pero no lo hicieron; ahí siguieron sin perder la paz interior, ni siquiera lamentarse como corresponde a los espíritus fuertes” (Ser mujer en un mundo de hombres, Madrid 2014, A. Gutiérrez Sanz). Ello fue así porque estaban convencidas de que ser mujer era un privilegio y no sentían ninguna necesidad de emular al hombre. No estaban equivocadas. Hoy comenzamos a ver con claridad que nuestra sociedad, nuestro mundo, si algo necesita, es una fuerte dosis de feminización de la buena.

Recuperar nuestra historia es el primer paso para no olvidar quiénes somos y de dónde venimos.
Reflexión final: El latido que aún resiste
Al cerrar estas páginas, no queda solo el eco de pueblos vacíos, sino la certeza de que hemos dejado atrás algo más que piedra y barro: hemos descuidado nuestra propia raíz. Ángel Gutiérrez Sanz nos ha guiado a través de una orfandad que nos pertenece a todos, recordándonos que en esos «testigos silenciosos» —un candil apagado, un apero enmohecido, una plaza desierta— late una verdad que la prisa de hoy ha intentado sepultar.
Ser felices, nos susurran estas ruinas, nunca fue cuestión de poseer, sino de habitar la vida con la sencillez de quien agradece el pan, el amor y el tiempo compartido. Hemos cambiado la calidez del hogar por la frialdad de lo virtual, y quizás sea ese nuestro mayor exilio.
Que este recorrido por la España rural no sea una despedida a lo que se fue, sino un despertar. Porque mientras seamos capaces de conmovernos ante la huella de nuestros ancestros, la memoria no muere. Recuperar la esencia de nuestra humanidad no exige grandes gestas, sino aprender de nuevo a mirar lo pequeño, a valorar el silencio y a reconocer que, en el fondo, todos estamos hechos de esos mismos valores que hoy duermen, pero que, si los escuchamos, aún pueden guiarnos el camino de vuelta a casa.
GraZie: Porque recordar es, en definitiva, volver a vivir.
#SiempreGraZie
Sobre la autoría

VIDA Y OBRA DE ÁNGEL GUTIÉRREZ SANZ
Ángel Gutiérrez Sanz nace en Alaraz (Salamanca) 20 de Julio (1939) en el seno de una familia cristiana, donde se tenía aprecio por la cultura. Fue el más pequeño de una familia numerosa, integrada por siete hermanos. Aquí aprendería las primeras letras. Apenas cumplidos los 11 años, abandona su pueblo natal con destino al internado que los PP. Dominicos tenían en La Mejorada, provincia de Valladolid, luego vendrían otros internados en la provincia de Segovia, Toledo y Ávila, por lo que solo pudo disfrutar del calor de familia en las vacaciones estivales. A los 12 años murió su padre y a los 23, aún sin haber concluido su carrera de filosofía en Madrid, murió su madre, por lo que se vio obligado a trabajar para costearse sus estudios de Filosofía, graduándose finalmente en Madrid por la Universidad Complutense, el año 1964.
Una vez licenciado en Filosofía y Letras y con los estudios completos de Teología, se puso a trabajar como profesor en colegios privados de Madrid. Posteriormente obtendría el grado de doctor por la misma universidad Complutense de Madrid, pero antes de que esto sucediera, fue llamado a filas y tuvo que cumplir su servicio militar, lo que supondría para él un grave contratiempo, al ver truncada su carrera y su vida profesional apenas iniciada. Una vez cumplidas sus obligaciones con la Patria, fue admitido en el mismo colegio que estaba trabajando y la vida volvería a recobrar su ritmo.
En el año 1967 se casaría con la pedagoga Francisca Abad Martín, fijando su residencia en Madrid.
A partir de este momento, Gutiérrez Sanz vivió entregado a la vida familiar, que supo conjugar perfectamente con su profesión de docente y también con sus estudios, porque en los primeros años de matrimonio, Ángel Gutiérrez estaba ocupado en preparar sus oposiciones, para obtener una plaza como profesor numerario de filosofía, a la vez que trataba de concluir su tesis doctoral. Fueron años difíciles, en que tuvo que trabajar duro y sin tregua, para conseguir lo que consiguió. Cierto que a su lado tuvo siempre a una amiga y colaboradora, que siendo ya madre, no solo supo hacer frente a las circunstancias, manteniendo intacta durante cinco años la licencia por estudios, concedida por el Ministerio de Educación, para que pudiera cursar la carrera de Pedagogía, sino que logró que los ojos de su marido pudieran contemplar la realidad con el verde de la esperanza.
Pasados estos primeros años de matrimonio, la situación fue mejorando. La tesis doctoral que llevaría por título "La Ética en Baltasar Gracián" llegó a feliz término, mereciendo la máxima calificación de "Sobresaliente cum laude", siendo publicada posteriormente. Y sobre todo la obtención de una plaza como profesor titular de filosofía y luego como catedrático de esta misma asignatura, iba a suponer que Gutiérrez Sanz pudiera dedicarse a su pasión de escribir.
En su dilatada vida docente en la enseñanza publica, ha desempeñando diversos cargos directivos, pero ello no ha sido obstáculo para seguir trabajando en el campo de la investigación. Su compromiso al servicio de la cultura ha quedado patente, tanto en las aulas como fuera de ellas, bien como conferenciante en diversos foros, en el Ateneo de Madrid por ejemplo, así como en colaboración con diversos medios de comunicación social, a través de revistas filosófico-teológicas, históricas. educativas o de pensamiento.
Digno de reseñar es que, siendo catedrático y jefe del Seminario de Filosofía del Instituto Miguel Servet de Madrid y en colaboración con un equipo de profesores de este mismo seminario, obtuvo el Primer Premio Nacional del Segundo Concurso de Prensa sobre artículos, en la modalidad de reportajes sobre Pedagogía, convocado por la Fundación Santa María (S.M.).
En el año 1990, Ediciones TAU saca a la luz su primer libro titulado " Aspectos de una sociedad en crisis", en donde el autor apunta las directrices por donde habría de discurrir su pensamiento.
A partir de entonces su vocación como escritor fue haciéndose más determinante, hasta el momento de su jubilación.
MÁS INFORMACIÓN EN: https://blogculturalgutierrezsanzangel.blogspot.com/p/sobre-mi_10.html













