LAS CALLES DONDE MADRID CAMBIA DE TIEMPO

por GraZie Magazine | Destacada, RUTAS y VIAJES

LAS CALLES DONDE MADRID CAMBIA DE TIEMPO

PASEANDO POR EL MADRID DE LAS LEYENDAS

Una ruta por el Madrid de los Austrias, entre historias, leyendas y rincones que conservan la memoria de otra ciudad.

Por Redacción GraZie Magazine

UN MADRID QUE SIGUE AHÍ

Hay una zona del centro de Madrid a la que siempre apetece volver. Basta acercarse a la Plaza de la Villa y empezar a caminar por las calles que la rodean para descubrir un paisaje muy distinto del que encontramos en las avenidas más transitadas.

Las fachadas se estrechan, las calles cambian de dirección y aparecen pequeñas plazas que parecen ajenas al ritmo de la ciudad. A pocos metros del bullicio, Madrid conserva rincones donde todavía es posible imaginar cómo era la vida hace varios siglos.

Es una zona que invita a caminar sin prisas, detenerse ante una puerta antigua y preguntarse quién pasó por allí antes que nosotros.

Porque estas calles no solo conservan edificios. También guardan historias de reyes, escritores, disputas de honor y costumbres que desaparecieron hace mucho tiempo. Algunas están documentadas; otras han llegado hasta nuestros días convertidas en leyendas.

Vamos a recorrerlas sin necesidad de alejarnos demasiado unas de otras. Nuestro punto de partida será la Plaza de la Villa, y una calle pequeña, de trazado peculiar, nos llevará hasta el corazón de esta historia.

LA PLAZA DE LA VILLA

La Plaza de la Villa es uno de esos lugares donde conviene detenerse antes de continuar el paseo. Su conjunto arquitectónico reúne edificios de distintas épocas y conserva una parte importante de la historia de Madrid.

Aquí encontramos la Casa y Torre de los Lujanes, cuyo origen se remonta al siglo XV; la Casa de Cisneros, del XVI, y la Casa de la Villa, construida entre los siglos XVII y XVIII y antigua sede del Ayuntamiento.

Plaza de la Villa de Madrid con la Casa y Torre de los Lujanes y edificios históricos iluminados por la luz cálida del atardecer.

La Plaza de la Villa conserva algunos de los edificios históricos más representativos del Madrid antiguo.

La plaza forma parte del antiguo trazado medieval de la ciudad. De ella parten tres calles pequeñas: la del Codo, la del Cordón y la de Madrid. Basta mirar sus accesos para advertir que estamos en un Madrid muy diferente del que se construyó después, cuando la ciudad comenzó a abrir grandes vías y a transformar su paisaje.

Antes de seguir, merece la pena observar la Torre de los Lujanes y su portada de la Calle del Codo. El edificio conserva elementos arquitectónicos de gran antigüedad y constituye uno de los testimonios más valiosos del Madrid medieval.

Después, podemos entrar en la calle que nos interesa.

CALLE DEL CODO: ENTRE LA HISTORIA Y LA LEYENDA

Su nombre resulta fácil de entender cuando uno recorre sus pocos metros. La calle hace un giro pronunciado, casi en ángulo recto, y comunica la Plaza de la Villa con la Plaza del Conde de Miranda.

Es estrecha y tiene un trazado que conserva el carácter del viejo Madrid. No hay grandes perspectivas ni espacio para contemplarla desde lejos. Hay que entrar en ella y descubrirla paso a paso.

La Calle del Codo está asociada a los lances de capa y espada de los siglos XVI y XVII. El Ayuntamiento de Madrid la incluye entre los escenarios de aquellos enfrentamientos, habituales en determinadas disputas de honor de la época.

Y es fácil entender por qué su imagen ha quedado ligada a los duelos.

Recreación de dos espadachines en sombras enfrentándose en la estrecha Calle del Codo, en el Madrid histórico.

Dos espadachines imaginarios evocan los lances de capa y espada asociados a la Calle del Codo.

Imaginemos una calle oscura, unas paredes próximas y un giro que impide ver lo que sucede unos metros más allá. En una época en la que las diferencias personales podían terminar en un enfrentamiento con espadas, un lugar así resulta fácil de asociar con encuentros clandestinos.

La tradición popular ha ido más lejos y cuenta una historia todavía más inquietante: dos hombres entrarían por extremos opuestos de la calle y, una vez frente a frente, apenas tendrían espacio para combatir o retirarse.

No hemos encontrado pruebas suficientes para afirmar que los duelos se desarrollaran exactamente de esa manera ni que existiera una regla que obligara a luchar hasta la muerte. Es mejor dejar esa imagen en el terreno de la leyenda.

Pero la asociación de la calle con los lances de capa y espada sí forma parte de la historia que se cuenta sobre el Madrid del Siglo de Oro.

Al recorrerla, uno comprende cómo algunos lugares terminan adquiriendo una personalidad propia. Su forma, su oscuridad y el ambiente de sus edificios han alimentado durante generaciones la imaginación de quienes han pasado por aquí.

Hoy el paseo es tranquilo. Sin embargo, basta conocer algo de su pasado para mirar sus paredes con otros ojos.

LOS LUJANES Y EL REY FRANCÉS

Al volver hacia la Plaza de la Villa encontramos de nuevo la Casa y Torre de los Lujanes.

El conjunto fue mandado construir por Álvaro de Luján antes de 1471 y es una de las pocas casas-palacio del siglo XV que se conservan en Madrid.

Pero hay otra razón por la que este edificio aparece una y otra vez en las historias del viejo Madrid: su relación con Francisco I de Francia.

Recreación histórica de la Torre de los Lujanes en Madrid, con un noble francés y guardias ante el edificio.

La Torre de los Lujanes, vinculada por la tradición al cautiverio de Francisco I de Francia.

En 1525, tras la batalla de Pavía, el rey francés fue hecho prisionero por las tropas de Carlos I y trasladado a España. Su cautiverio se prolongó hasta la negociación de su liberación.

Una tradición muy extendida sostiene que estuvo recluido en la Torre de los Lujanes. La historia se ha repetido durante siglos y llegó a formar parte de la memoria de este lugar.

Sin embargo, no existe consenso histórico suficiente para asegurar que la torre fuera su prisión. La posibilidad de que permaneciera allí se ha discutido desde hace mucho tiempo, y las fuentes no permiten presentarla como una certeza.

También se cuenta que una puerta baja habría obligado al monarca a inclinar la cabeza al entrar y que Francisco I habría atravesado el umbral de espaldas para evitar aquella humillación. Tampoco conviene presentar ese episodio como un hecho demostrado.

Lo que sí sabemos es que el edificio ya existía cuando Madrid era una ciudad muy distinta y que ha sobrevivido a transformaciones urbanas que hicieron desaparecer buena parte de su arquitectura antigua.

A veces, la historia de un lugar no necesita que todas sus leyendas sean ciertas. Basta con conocer lo que está documentado y entender por qué determinados relatos han permanecido ligados a sus muros.

QUEVEDO Y LA CRUZ DE LA CALLE DEL CODO

La siguiente historia cambia por completo de tono.

A Francisco de Quevedo, uno de los escritores más ingeniosos del Siglo de Oro, se le atribuye una anécdota relacionada con esta calle.

Según la versión popular, el escritor acostumbraba a orinar en un rincón de la Calle del Codo cuando regresaba de las tabernas. Un vecino, cansado de la situación, habría colocado una cruz en la pared para disuadirlo.

Junto a ella apareció una advertencia:

«No se mea donde hay una cruz».

La respuesta que se atribuye a Quevedo habría sido:

«No se pone una cruz donde se mea».

Recreación de Francisco de Quevedo en primer plano, junto a una pintada con una cruz en la Calle del Codo de Madrid.

La tradición popular relaciona a Quevedo con una ingeniosa respuesta a una pintada en la Calle del Codo.

La historia ha circulado en distintas versiones y encaja con la imagen de escritor mordaz que ha llegado hasta nosotros. Sin embargo, no hemos encontrado documentación primaria que permita asegurar que el episodio sucediera tal como se cuenta.

La conservamos, por tanto, como una leyenda madrileña.

Y tiene algo que nos acerca a la vida cotidiana de aquella ciudad. Entre reyes, edificios nobles y disputas de honor, también había vecinos que se enfadaban, calles con problemas de salubridad y escritores que, según las anécdotas que les atribuimos, no siempre se comportaban como caballeros ejemplares.

La historia de una ciudad no está hecha solamente de grandes acontecimientos. También se construye con esas pequeñas escenas que la memoria popular decide conservar.

LA CALLE DEL CORDÓN Y EL HOMBRE AZOTADO

Desde la Plaza de la Villa podemos acercarnos a la Calle del Cordón, otro de los rincones que conservan el trazado del antiguo Madrid.

El Ayuntamiento la incluye en sus recorridos de leyendas del centro histórico y la relaciona con la historia conocida como la del azotado.

El relato forma parte de esa tradición madrileña en la que las calles se convierten en escenario de episodios de justicia, castigos y sucesos que han ido pasando de una generación a otra.

Conviene, no obstante, distinguir la existencia de la leyenda de los detalles concretos de sus distintas versiones. No disponemos de documentación suficiente para reconstruir aquí todos sus pormenores con la seguridad necesaria.

Por eso, más que añadir detalles dudosos, merece la pena detenerse en el propio lugar y en la forma en que estas historias han quedado asociadas a las calles.

El nombre de una vía puede sobrevivir durante siglos, mientras las costumbres que le dieron sentido desaparecen. Lo mismo sucede con las leyendas: a veces conservan el recuerdo de una época, aunque los detalles del relato hayan cambiado con el tiempo.

Seguimos caminando. No necesitamos alejarnos mucho para encontrar otra calle cuyo nombre nos conduce a una costumbre desaparecida.

LA CALLE DE LA PASA Y EL DICHO DE LOS NOVIOS

«El que por la calle de la Pasa no pasa, no se casa».

Muchos madrileños conocen este dicho, aunque quizá no todos sepan de dónde procede.

La frase está relacionada con la antigua Vicaría Eclesiástica, donde se tramitaban asuntos vinculados a los matrimonios religiosos. Quienes querían casarse por la Iglesia debían realizar allí determinadas gestiones.

La calle terminó quedándose con un refrán que ha sobrevivido mucho más que aquella función administrativa.

También existe una explicación tradicional para su nombre: se relaciona con el reparto de pasas que se realizaba desde una dependencia del antiguo Palacio Arzobispal. Según los relatos históricos sobre la zona, esta costumbre se vinculaba a las limosnas promovidas por el cardenal Luis Antonio de Borbón y Farnesio.

Calle histórica de Madrid con el acceso al Pasadizo del Panecillo y cestas de pasas en primer plano.

La Calle de la Pasa y el Pasadizo del Panecillo conservan la memoria de antiguas costumbres del Madrid histórico.

A pocos pasos encontramos el Pasadizo del Panecillo, cuyo nombre recuerda otra práctica de caridad: el reparto de pan a personas necesitadas.

El pasadizo permanece cerrado desde 1829. Su estrechez se consideró un posible refugio para delincuentes, según las explicaciones históricas que se conservan sobre el lugar.

Hoy no podemos recorrerlo como una calle abierta, pero sí acercarnos a su entorno y comprender cómo las antiguas costumbres dejaron huella en los nombres y en la memoria del barrio.

Son historias pequeñas, pero ayudan a entender una ciudad que durante siglos fue creciendo a través de sus instituciones, sus vecinos y sus formas de convivencia.

UN PASEO PARA MIRAR CON OTROS OJOS

La ruta puede hacerse tranquilamente a pie. Empezamos en la Plaza de la Villa, recorremos la Calle del Codo y continuamos hacia la Plaza del Conde de Miranda. Desde allí podemos acercarnos a la Calle del Cordón y a la Calle de la Pasa, descubriendo el entorno a medida que avanzamos.

No hace falta convertir el paseo en una carrera para visitar el mayor número posible de lugares. Parte de su atractivo está en detenerse ante una fachada, observar una puerta antigua o descubrir algún detalle que había pasado inadvertido en visitas anteriores.

También merece la pena levantar la vista. En estas calles, los edificios y sus elementos arquitectónicos ayudan a comprender cómo era el Madrid de otras épocas y cómo ha conseguido conservar parte de su trazado histórico.

Si nos interesa conocer las historias que acompañan a cada rincón, podemos preparar el paseo con algo de lectura previa o participar en una visita guiada especializada. Así tendremos la oportunidad de escuchar las distintas versiones de las leyendas y conocer los datos históricos que las acompañan.

Lo importante es no confundir unas cosas con otras. Que una historia no esté demostrada no significa que carezca de interés, pero conocer sus límites nos permite disfrutarla sin presentarla como una certeza.

CUANDO MADRID CAMBIA DE PAISAJE

Lo más llamativo de este recorrido es el contraste con el resto de la ciudad.

A poca distancia encontramos calles llenas de actividad, comercios, tráfico y gente que va de un lugar a otro. Sin embargo, al entrar en estos pequeños recorridos, el paisaje cambia. Las calles estrechas, las fachadas antiguas y las plazas recogidas crean una atmósfera diferente.

Seguimos en Madrid, pero durante un rato parece que nos hemos alejado mucho más.

Collage ilustrativo de la Plaza de la Villa, la Calle del Codo, la Torre de los Lujanes y la Calle de la Pasa en Madrid.

Un recorrido por las calles del Madrid de los Austrias, entre edificios históricos, leyendas y recuerdos de otra época.

Quizá por eso hay lugares a los que uno vuelve sin necesidad de buscar una excusa. Porque cada visita permite fijarse en algo distinto, recordar una historia o descubrir un detalle que había pasado inadvertido.

La Calle del Codo es un buen ejemplo. Su trazado, la tradición de los duelos, la historia de los Lujanes y la anécdota que se atribuye a Quevedo convierten unos pocos metros en una puerta hacia otras épocas.

Y lo mismo sucede con las calles que la rodean. La Calle del Cordón, la Calle de la Pasa y el Pasadizo del Panecillo nos recuerdan que la historia de Madrid también se encuentra en los lugares pequeños, en los nombres que han sobrevivido y en las costumbres que dejaron de practicarse hace mucho tiempo.

Madrid se conoce también así: caminando por sus rincones menos evidentes, escuchando lo que cuentan sus edificios y preguntándonos qué ocurrió allí antes de que llegáramos nosotros.

Porque una ciudad no es solamente lo que vemos hoy. También es todo aquello que ha conseguido conservar.


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