Company. Segundo gran musical que presenta el malagueño Teatro del SOHO Caixabank después del exitoso A chorus line

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COMPANY EL MUSICAL

Por Ángel de Quinta

No es bueno que el hombre esté solo. ¿O sí? Esta es la premisa de la que nació uno de los mejores musicales contemporáneos (cuando decimos contemporáneos nos referimos a todo lo que ha venido después de Irving Berlin, Jerome Kern o Rodgers & Hammerstein), una obra maestra de Stephen Sondheim, bueno, una obra de Stephen Sondheim, porque maestras son todas.

Es también el punto de partida del segundo gran musical que presenta el malagueño Teatro del SOHO Caixabank después del exitoso A chorus line (y la lista no empieza nada mal), uno de los shows más repuestos y versionados de Broadway que ahora se estrena, a lo grande, en España, de nombre Company

Dale un punto de apoyo a Antonio Banderas y moverá el mundo, o mejor, no se lo des, que igual lo moverá y a un ritmo de vértigo. Pero empecemos por el principio.

George Furth fue un dramaturgo norteamericano que escribió una comedia con diversos sketches sobre el matrimonio y sus des-ventajas, una obra de teatro coral en la que se irían desgranando historietas de parejas en horas altas y bajas, vamos, sobre parejas, así en general. Por azares de la vida este material cayó en manos de Stephen Sondheim, que ya tenía en su haber las letras de Gypsy y West Side Story más la composición completa de uno de sus hitos, A funny thing happened on the way to the forum (el Golfus de Roma que ahora vemos en La Latina) y de una de sus joyas fallidas, Anyone can whistle, encendiendo la llamita de un posible proyecto musical sobre la idea original de Furth. O tal vez fue su amigo y productor de sus mayores éxitos Harold Prince el que vio el enorme potencial que había en este texto. Lo cierto es que, igual que de pronto van y se conjugan Mercurio, Júpiter y Saturno, Prince, Furth y Sondheim se juntaron dando a luz una comedia musical única por diferentes motivos.

Corría 1970, y los shows que brillaban en las marquesinas de Times Square y alrededores iban desde clásicos como Oklahoma o Candide, hasta propuestas renovadoras al estilo Promises, Promises o Hair, una auténtica revolución en el género. Parecía ser el momento oportuno para dejar atrás los prejuicios académicos y arriesgar con ideas frescas y nuevos conceptos. Y entonces llegó Company. Desde el momento en que no cuenta una historia lineal con planteamiento, nudo y desenlace, ya la cosa se sale de lo habitual. Tenemos un personaje en conflicto, Bobby, un solterón en su 35 cumpleaños (algo que hoy no tendría mucho sentido, a no ser que le sumáramos diez años por lo menos) al que sus amigos, la mayoría casados o con pareja, le dan una fiesta sorpresa. Eso mueve en él una cantidad de reflexiones, recuerdos y vivencias desordenadas que se irán agolpando en su cabeza a modo de viñetas en las que participa de forma activa o como observador. Deseos, miedos, anhelos, independencia, compromiso, soledad, compañía… entran en juego en la mente del protagonista, al que sus amigos quieren meter cuanto antes en el club de los “felizmente casados”, tal vez para encontrar ellos mismos un poco de consuelo ante el vértigo del “hasta que la muerte -o la vida- nos separe”.

Son tantas las historias que acaban en un “the end” con beso y campanas de boda que ya era hora de ver qué había detrás de ese supuesto final feliz, y de eso va esta comedia agridulce sobre la necesidad -o no- de estar acompañado, de tener alguien a tu lado que sea testigo de tu vida, además de co-pagador de tu hipoteca y padre o madre de tus hijos. Algo ante lo que Bobby se revela, aunque al mismo tiempo empiece a pesarle cada vez más echar el cerrojo al volver solo a casa del trabajo o después de haber ido de copas con sus colegas, una pandilla de neoyorquinos de clase media refugiados en la envidiable estabilidad del matrimonio.

Las pequeñas cosas que hacemos juntos, la terrible monotonía de levantarte y acostarte siempre con la misma persona, el hastío de las citas a ciegas (hoy serían las app de contactos), el tener que consensuar cada decisión en tu vida, los hijos, la familia, el deseo que se escapa de puntillas fuera del lecho conyugal, todo lo que pudo haber sido y no fue o lo que podría ser pero no será jamás… envejecer solo o en compañía, that´s the question. Pero la verdadera cuestión es qué significa estar vivo, qué nos hace sentirnos vivos de verdad, qué hace que merezca la pena que alguien nos despierte de un plácido sueño a media noche, que se vuelva a dejar la tapa del váter levantada o haga ruiditos al masticar, que merezca la pena perder la libertad completa y abrazar la “libertad condicional”.

Eso y mucho más es Company. Y no sería lo que es si no fuera por el conjunto de historias que hila con diálogos agudos e inteligentes, además de la cantidad de situaciones cómicas e irónicas que encadena (en las que muchos nos reconoceremos no sin algo de rubor), pero sobre todo, por encima de todo, si no fuera por sus canciones, las letras y las músicas con las que el autor conjuga sabiamente cada episodio, cada sentimiento. Desde The ladies who lunch -que llevan por bandera todas las grandes divas de Broadway- hasta Being alive, una estremecedora balada que rompe el corazón y los aplausos de los presentes… cada tema es un argumento en sí, y de cada uno se podría sacar una obra independiente.

No hace falta mencionar los premios que ganó tras su estreno (el Tony al mejor musical en 1971, entre muchos), ni la entusiasta reacción del público de la primera producción ni de todas las que le siguieron, ni la cantidad de estrellas que han pasado por cada reposición que de este moderno clásico se ha montado hasta la fecha. Por cierto, que la última de estas se estrena en Broadway tras la interrupción pandémica de 2020, con la legendaria Patti LuPone en el reparto (tras haberla representado en Londres en 2018), en una original propuesta en la que por vez primera Bobby es Bobbie, dándole la vuelta a la historia del soltero reacio al compromiso, que es ahora una soltera sin fronteras. ¿O es que no es bueno que la mujer esté sola?

Pero aquí, lejos de las candilejas neoyorquinas y muy cerquita del Mediterráneo, nos llega en unas semanas un montaje insólito hasta la fecha, no solo por ser en castellano sino porque su protagonista, el nunca suficientemente alabado Antonio Banderas, se mete en el personaje principal con treinta años más, recordando desde el presente -a través de un prolongado flashback- aquellos días en que lo atormentaba la constante disyuntiva del sí o el no quiero. Todo por adaptar una de sus piezas favoritas -y de cualquier amante del musical de raza- a su momento presente, un momento dulcísimo en capacidad y creatividad por otra parte, ese momento en que te dices: hago esto ahora o no lo hago nunca. Valor se llama eso.

Aunque no estará solo ante el peligro, que lo acompaña un plantel de actrices y actores de lo mejorcito de la huerta, escogidos a conciencia y curtidos a fondo en el mundo del musical patrio. Desde Marta Ribera a Carlos Seguí, desde Silvia Luchetti a Julia Möller, Roger Berruezo, Paco Morales y Ana Moliner, entre otros, y con la dirección musical de Arturo Díez-Boscovich -que ya hizo un soberbio trabajo en A chorus line-, todo promete, jura incluso, en este espectáculo que el propio Banderas dirige y que, de seguro, no va a dejar indiferente a casi ninguno.

Yo acabo de comprar una entrada, no sea que se agoten que la temporada es limitada. ¿Qué haces tú? ¿Nos vemos en el SOHO?  

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