Luces en la ciudad

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Escuchar pájaros, insectos, el batir de las olas, el sordo crepitar de los copos de nieve en una noche luminosa y la música. La palabra de la madre; el dulce beso en la noche que protege tus sueños; las manos que arropan; la caricia en las caderas, los besos, miles de besos… Cada uno de estos gestos contiene la felicidad. El destino por escribir de cada ser humano, las elecciones de vida, los compañeros de viaje.  Tomarse tiempo para contemplar la vida, asomarse al interior sin miedo y preguntar por si alguien responde: ¿Quién soy? ¿Qué deseo?

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Luces en la ciudad

Por Ángel de Quinta

Te juro que si alguien más me vuelve a hacer esta pregunta seguida de “¿has visto El Rey León?”  le parto la cara. 

Es que no hay derecho a que uno se tenga que avergonzar de ninguna afición en esta vida –estamos hablando de cosas permitidas por la ley y que no impliquen daño a terceros- y menos de que en cada conversación tenga que justificar sus inclinaciones, y mucho menos tratar de convencer a nadie para que deje de mirarle como si pensara: “claro, es que es gay”. Y vaya por delante que fui a ver El Rey León y me divertí como un enano, como uno más de los cientos que había gritando a mi alrededor. Una cosa no quita la otra. 

                                                                

Cansa tener que decir que uno es aficionado al “teatro musical”  aferrándose a la palabra teatro como a una hermana mayor y más culta que nos proteja de consideraciones banales y demás clichés.  ¿Por qué el amante del cine no tiene que aclarar que no lo es de las películas de Stallone? ¿Por qué el melómano no corre a afirmar que “La Barbacoa” no está entre sus piezas favoritas? ¿Por qué el apasionado de la literatura no se excusa negando a Dan Brown? (con todos mis respetos para los citados anteriormente, sí, lo sé, todo es cine, todo es música, todo es literatura…). Y luego va el que te suelta a la cara que su ópera favorita es El fantasma de la Ópera, y la tierra que sigue sin tragarte…

 

Pero el desconocimiento del género no es exclusivo de nuestro país. En su mismísima cuna, en los Estados Unidos de América, aún abundan los que piensan que los “Broadway musicals” comienzan por la A de Aladdin y acaban por la W de Wicked, ignorando miles de letras de tan rico y plural abecedario. Porque si una cosa es el musical es precisamente eso, plural, diverso y variopinto, como dicen por allí “colorful”.

Un musical es Spider-man  pero también The threepenny opera (qué curioso que nadie me pregunte si he visto éste), un musical es Hello Dolly, pero también Hamilton, así como musicales son al mismo tiempo Grease y Ragtime, por poner algún ejemplo. Como obras musicales y obras de teatro son todas aquellas que podríamos citar y que pocos recordarían, joyas estrenadas y canceladas, alabadas o denostadas por la crítica e ignoradas por un público que se deja arrastrar por la cantidad de dólares invertidos en el merchandising y la publicidad. Y me apresuro a decir que la camiseta que me cubre no lleva el logotipo de Cats ni en la taza en la que bebo pone Chicago. Yo prefiero gastarme la pasta en los CD´s originales, los libretos y desde luego en las entradas, que aunque salgan del TKTS (taquillas de descuento de Times Square) siguen costando un riñón, y suelen merecerlo, por cierto.  

 

Bien es verdad que en los últimos años –las últimas décadas podríamos decir- los “blockbusters” se han adueñado de las carteleras de los principales circuitos prolongándose años mientras multitud de pequeñas obras, a veces mucho más interesantes, caen en el olvido tras pocas semanas en cartel. Y eso si logran ser estrenadas. Todo es dinero, todo es rentabilidad, mucho beneficio y poco riesgo. Las multinacionales apoyan productos “para toda la familia”  incluidos en paquetes turísticos además del hotel, traslado al aeropuerto en limusina, cena en el Rainbow Room y circuito por los santos lugares de Sex and the City. Así además de subir al Empire State y almorzar en Planet Hollywood, podrás irte a la cama con la conciencia tranquila porque has visto Jersey Boys o Mamma Mía. ¡Mamma mía!

 

Y luego está Disney, que esa es otra: Beauty and the Beast, The Little Mermaid, Mary Poppins, Frozen… Todos, y cuando digo todos me refiero a todos -integrados y apocalípticos incluidos- haciendo cola para pillar un billete y llevar a sus retoños no sea que se traumaticen como aquellos pobres a los que nunca llevaron a Disneyland París & Resort. Nos sale más económico el pack completo que gastárnoslo luego en psicólogos, no hay duda.

Hay que aceptarlo, es negocio, feroz e implacable, porque no olvidemos que la palabra que sigue a “show” en inglés es “business”, y no hay business como el show-business. Así de simple.

 

Simple, ese es el adjetivo que muchos  otorgan a este formato. Se plantea una situación, los personajes dialogan y comienzan a cantar y bailar. Si aguantas un rato acabarán pronto y la trama volverá a su desarrollo. Falso. Las mejores obras son las que incluyen canciones que hacen avanzar la acción dramática, el “musical integrado”, que es como lo llaman los eruditos. Porque aunque te parezca extraño, hay intelectuales que escriben sobre el tema, y dan conferencias y a veces incluso les pagan por ello.

 

Claro que no todo se divide en obras profundas y densas o productos “feel good” superficiales para consumo de masas, en absoluto. Las mejores piezas suelen ser las que están justo en medio, las que ofrecen calidad, originalidad y entretenimiento a un tiempo. El mismo Leonard Bernstein –cuya obra podría ejemplificar a la perfección este punto intermedio- ya afirmó que no existe música ligera o música seria, simplemente hay buena o mala música. Pues con el teatro ocurre lo mismo, cualquier propuesta libre de complejos puede convertirse en una obra de arte y al mismo tiempo ser rentable como la que más. ¿Has visto –o al menos oído- West Side Story?

 

En ese punto se podría situar la función que llena hoy el Nuevo Teatro Alcalá -que es algo así como el off Gran Vía por lo lejos que está de la famosa avenida-, Billy Elliot, el musical. Una historia intensa, emocionante, profunda, con ramificaciones sociales, políticas, laborales… y un montón de diversión. Un libreto escrito por Lee Hall, canciones de Elton John y en la dirección el mismo que hace dieciocho años concibió la película en la que se basa esta pieza musical, Stephen Daldry. ¿Te acuerdas de aquella película? Bueno, pues olvídala y vete al Nuevo Teatro Alcalá a gozar de algo parecido pero muy diferente, con sus puntos a favor (poder sentir la pasión por el baile de ese niño a escasos metros de sus zapatillas) y también en contra (la película alcanza niveles de excelencia no sé si mejores pero sí más elevados que los de su apuesta teatral). Hay que ver Billy Elliot para entender lo que significa enfrentar un riesgo millonario venciendo el miedo al batacazo, especialmente cuando ese batacazo puede arruinar tu economía y la de unos cuantos más.        

 

Pero no todos están dispuestos a asumir riesgos de este calibre, ni todos pueden. Y arriesgado tuvo que ser, sin duda, llevar los textos de Bertolt Brecht al musical, o los de Truman Capote, Isherwood, Voltaire, Dickens, Shakespeare, Bernard Shaw, Cervantes… Sí amigos, por extraño que parezca todos estos genios intocables de la gran cultura -la que jamás se acompleja- han traspasado la frontera de sus páginas para posarse con dignidad sobre las tablas de escenarios con música, ¡incluso con baile!  ¿Sabes que hay un musical de Broadway titulado Bernarda Alba? Y ahora que caigo ¿sabes que El Rey León está inspirado en Hamlet? Muy libremente, eso sí.

 

Por todo ello pongo a Bernstein, a Porter y a Gershwin (y a Sondheim, que no se me olvide!) por testigos de que nunca más me ruborizaré al admitir alto y claro, con la cabeza fuera de los embozos, que sí, que me gustan, que amo los musicales. ¡Y que he visto El Rey León!

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