Duelo a garrotazos

por Ángel de Quinta | Arte

Por Ángel de Quinta 

Goya no era tonto, ¡qué iba a serlo! Seguramente sabía, cuando se le ocurrió la simple idea de pintar algo así de simple, que aquello iba a dar que hablar.

Cuadro De Goya Duelo a garrotazos

Aunque mucho no le importaría, retirado en su finca, alejado de la ciudad y sus palacios donde ya no había nada bueno para él. Que del retiro y las soledades nacen las obras más grandes no es nuevo, de la sordina del mundo y sus bocinazos, del escuchar los latidos del corazón de uno zumbando entre el pecho y las sienes. Apartado de los grandes salones, de las grandes damas y caballeros, de los reyes corruptos y cobardes que habían malvendido su patria al abusón de Bonaparte, desengañado de todo y todos… allá que se fue a pintar lo que le dio la gana.

Las brujas, los ogros, los sátiros y los demonios que producía el sueño de su razón, fueron por fin liberados en las paredes de una casa de campo destartalada, salpicados a los muros de su confinamiento gracias a su pincel y su tormento. Una suerte de “grafitis” de uso personal por los que nadie, ni el más listo de los proscritos que allí se juntaban, habría pagado un duro, o un real de vellón. Algo que entonces sería una aberración pictórica ahora supone uno de los más rentables reclamos turísticos de la capital del reino. Ironías de la vida y del tiempo que todo lo pone en su sitio, lástima que el interesado pocas veces lo llegue a ver con los ojos que ya se habrá comido la tierra.

Goya reunión nocturna de brujas

Madrid, 1823, con cerca de ochenta años, la mirada del maestro, cansada y descolorida, se fijaba en lo oculto, lo que nadie veía o nadie quería ver. Alejado del retrato cortesano y las estampas, de los frescos y tapices que pintara de mozo, alegres y luminosos, buscaba en la oscuridad eso que quizás no pudo encontrar bajo las luminarias de antaño. ¿Una respuesta tal vez? Sordo como una tapia, oyendo solo el palpitar de su culpa día y noche, de su rabia, de su “lo que pudo haber sido y ya no sería jamás”, asido como a un clavo ardiendo a una paleta cada vez más sucia de pardos y grises, de sombras y niebla… se puso a pintar su propia lucha una buena mañana de 1823. Dos siglos acaba de hacer.

Un paraje desolado, a la intemperie, dos tíos armados con sendos palos se amenazan ante un cielo tormentoso que no anuncia más que ruina, las piernas hundidas en lo que parece un barrizal, la mugre se los come igual que se los come el miedo y la ira. Uno a la derecha y otro a la izquierda, ¿te suena de algo?

Goya duelo a garrotazos delante de los leones del Congreso en Madrid

Picasso se reía de sus teóricos, lo mismo que Goya. De los críticos devanándose las seseras para dar con lo que, en muchos casos, no obedece más que al impulso caprichoso del artista, sin que haya que buscar mil explicaciones y defender mil tesis doctorales, aunque casi nunca les contradecían, y es que en última instancia eran los que les daban de comer. Pero si analizamos este cuadro, sobre el que se han llenado páginas y páginas, ya nos encontramos con algo extraordinario, la manera en la que los colores -pocos- están apretados unos contra otros, en la que los brochazos huyen entre sí como alma que lleva el diablo, una forma de plasmar que más tenía que ver con lo que hacemos hoy que con lo que se hacía entonces. El mismo que inventó las academias se olvidó de ellas en cuanto dijo de tirar por la senda del “todo vale”, algo que solo pueden hacer los verdaderamente grandes, cuando ya no hay nada que perder porque todo está perdido, o ganado, según se mire.

Ya solo por la forma en la que está acabada, por los aspectos meramente técnicos, estamos ante una pieza valiente y transgresora por demás. Una obra de arte con la trascendencia que deben demostrar, dos siglos después, las verdaderas obras de arte. Pero sencilla, tanto como aquel “perrillo semihundido”, otra de las grandes/pequeñas joyas del Prado, que aún seguimos sin saber qué significa, qué nos quiso contar Don Francisco. Pues eso, nada, o todo.

Perro semihundido De Goya

Dos paisanos llenos de rabia mal envasada, dos vecinos peleando por unas lindes -solo que un siglo y medio antes de Puerto Hurraco-, o por celos, o envidia, o por culpa de una mujer, que siempre va bien que haya una cerca para explicar por qué se desboca la bestia, o por unas cuentas que no cuadran, o por un animal que se saltó el vallado, averigua tú. Como en la mayoría de las peleas, es más fácil saber el cómo que el por qué, el final que el comienzo. Se parece a la “Riña de gatos” que pintara años antes para su patrono Carlos IV. Dos gatos sobre una tapia a punto de atacarse, ¿quién da más por menos?

Se conoce que el viejo pintor estaba harto de ver peleas, ya fueran de gatos, de gallos o de gallitos. De liberales y absolutistas, de estos y aquellos, de una España, pobrecita ella, que cada día se volvía más y más antagónica. Da la sensación de que más que del pasado o el presente, el cuadro hablaba del futuro, de lo que aún estaba por venir. Los carlistas contra los isabelinos, los obreros contra los patronos, los fascistas contra los republicanos, el de un lado y el del otro, que igual ayer tarde se estaban tomando unos vinos juntos, pero hoy se están matando.

El cineasta catalán Fructuós Gelabert nos contaba lo mismo en su “Riña en un café”, la primera película con argumento de nuestro cine, y mira qué argumento. Un bar, una bronca, una mano que se levanta y un puño que se cierra. Mientras los franceses inventaban el cine con un tren que llegaba a una estación o un cohete que alcanzaba la luna, aquí rodábamos broncas que acababan a mamporrazos.

Riña en un café del cineasta catalán Fructuós Gelabert

¿Hablaba Goya de la Guerra Civil? ¿La anticipaba un siglo antes? Igual visualizaba a los ultras futboleros después de un partido mal pitado, mucho antes de que se inventara el fútbol (hubo un tiempo en el que no existía el fútbol), manifestantes radicales, traficantes en reyertas, reuniones de comunidad (las he visto tremendas), niños citándose en la puerta del colegio, navaja, piedra, puño o pistola en mano, prometiendo dolor y sangre.  Si miras el cuadro te darás cuenta de que uno golpeó primero, siempre hay uno que golpea primero, de ahí el único toque de color de la obra, el que está a la izquierda sangra hasta mancharse la camisa. Igual el de la derecha también, pero a este solo le vemos medio perfil, que el pintor aragonés gustaba de esconder los rostros, tal vez no quería dejar claro quién de los dos es Caín y quién Abel.

Igual se trataba solo de su lucha interna, los dos yo batiéndose en su páramo interior, donde, más a esa edad, habría duelo día sí y día también, peleas a trancazos en un alma enfangada. Es otra teoría, no mía, escrita por uno que estudió más que yo. Ya había perdido a su esposa, su oído, sus privilegios, pero no su empeño, ni su genio. Con más de ochenta años, de los de entonces, aún tuvo valor de hacer las maletas y marcharse en busca de otra vida a Francia, a Burdeos, de nuevas estampas que llenaran sus lienzos, de vistas menos transitadas, de otros Saturnos que devoraran otros hijos… O de mejores vinos, ¿quién sabe?

Una palabra más alta que otra, un malentendido, una ofensa…y un minuto más tarde ya está el padrino en la puerta de tu casa, o el garrote en alto, o el teléfono colgado y bloqueado del WhatsApp. Así somos, y así nos veía el maestro, no a nosotros sus compatriotas, probablemente ese cuadro habla de la humanidad entera, del conflicto constante de un mundo que no se acaba de arreglar, de los israelíes y los palestinos alzando la bandera de la guerra, a ver quién ataca primero esta vez. Y de los demás mirando, como miramos todas las guerras, todas las agresiones, sin poder o sin querer hacer nada, sin tomar partido por no señalarnos, alejándonos de la ciénaga podrida donde se libra una lucha fratricida que parece no tener fin, del océano de rencor que empezó siendo solo un charquito, huyendo lejos de esos dos desgraciados que se van a matar si alguien no lo remedia. Allí, solos frente a frente, en medio de un lodazal que se los está tragando lentamente sin que se den cuenta.

Seguramente Goya, que no era tonto, hablaba de eso, de ti y de mí, de este pobre mundo nuestro que sigue hecho un cuadro. Dos siglos después.  

Cuadro De Goya

#SiempreGraZie

 

Sobre la autoría

Ángel De Quinta

Ángel de Quinta

Escritor y Profesor de Historia | Web

Ángel de Quinta sueña con ser escritor, pero mientras eso llega…escribe. Y enseña cursos de humanidades a alumnos norteamericanos en la Universidad de Sevilla (Historia Cultural de España, Arte y Cultura en al-Andalus, Novela y Cine…). Es autor del libro de texto “Lecciones de Cultura y Civilización Española” (Ed. Diada, 2013), y como apasionado de las artes escénicas y en especial del teatro musical, publica periódicamente en su blog “Stage door” (angel-stagedoor.blogspot.com) para no alejarse demasiado de sus adoradas calles de Broadway. En los últimos años ha colaborado en diversas publicaciones con reseñas, críticas teatrales o artículos de diversa índole como la revista “Pop up teatro” o el blog literario “Editorial Acto Primero” (editorialactoprimero.com/blog/)

Escribir es recordar lo que nunca pasó, ojalá lo hubiera dicho yo pero ya lo hizo Siri Hustvedt, que me cogió la delantera. Traer de los desvanes de la memoria lo que se soñó y no se hizo, las vidas que se imaginaron y no se vivieron, o las que están por llegar sin aún intuirlo. Lo que no comprendo lo escribo, eso sí es mío –creo yo- y tal vez el motor principal que me impulsa a pelearme con el blanco pérfido e inmaculado del papel o de la pantalla. A ver quién gana hoy.
Si te ayudo a recordar lo que nunca existió o a comprender lo que no entiendes con mis humildes escritos, es gracias a GraZie Magazine y a la bondad de quienes la inventaron como un arma de construcción masiva, gracias a ellos y a ti por regalarme tiempo y atención. Siempre GraZie.

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