De duquesas, pandilleros y monstruos

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Escuchar pájaros, insectos, el batir de las olas, el sordo crepitar de los copos de nieve en una noche luminosa y la música. La palabra de la madre; el dulce beso en la noche que protege tus sueños; las manos que arropan; la caricia en las caderas, los besos, miles de besos… Cada uno de estos gestos contiene la felicidad. El destino por escribir de cada ser humano, las elecciones de vida, los compañeros de viaje.  Tomarse tiempo para contemplar la vida, asomarse al interior sin miedo y preguntar por si alguien responde: ¿Quién soy? ¿Qué deseo?

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De duquesas, pandilleros y monstruos

Por Ángel de Quinta

Cuando llegue septiembre es una película de Rock Hudson y Gina Lollobrigida, preciosa, de aquellas comedias románticas de cuando se hacían comedias románticas de las buenas (que alguien me diga qué pasó con el género por favor). Pero también es un estado de ánimo, un sentimiento que nos asalta, así de repente, en medio de las vacaciones, a la sombra del cañizo, al borde de la piscina o mientras hacemos cola para visitar la Capilla Sixtina.

Tiene que ver con el inicio de algo, más que con el fin, al menos para mí. Bien es verdad que se acaban las vacaciones, el levantarse tarde, las siestas infinitas y los biorritmos en stand by. “Ya lo dejaré para septiembre”, pobres infelices, creyendo que no llegará nunca. Pero sí amigos, llega, y no todo es tan malo como tememos. Para el que escribe es más como una renovación de votos con la vida que uno lleva y que no sabe si es la que en realidad quiere llevar o no, pero es la que le ha tocado. Y en el fondo nos gusta, por mucho que nos quejemos (no se registran más quejas, quejidos, incluso sollozos que al acercarse el fatídico día en que por obra de Lucifer vuelve a sonar el despertador a las 7´30, o a la hora a la que le suene a cada uno). Temporada de reencuentros, de reseteado, de buenos propósitos para la etapa que arranca, que luego no cumplimos casi ninguno, pero eso es lo de menos.

A mí particularmente me gusta mucho, por este orden, que se acabe el calor sofocante de la canícula (más bien la calígula) de agosto, que los chiquillos vuelvan al colegio (y dejen ya de joder con la pelota) y que empiecen a estrenar teatro en Madrid. O en Barcelona, o en Bilbao, o en Sevilla. Y cine, y exposiciones buenísimas, y conciertos excelentes, y ballet, y…

Otoño en Madrid… ummm. Y en Barcelona, y en Bilbao, y en Sevilla… Volver a pasear por la calle sin necesidad de pedir refugio acondicionado en un Primark o en un Corte Inglés. Echarse un jersey por los hombros por si refresca, leer la página de cultura de un periódico y comprobar que cuenta con más de 1000 caracteres sin incluir los anuncios, ensalivando, como cuando nos sentamos ante la carta de un buen restaurante y no nos paramos ni a mirar los precios. Y hacer planes, muchos planes, esos que hacemos cuando llega septiembre.

Ojalá tuviera espacio y tiempo suficiente para hablar de todo lo bueno que trae esta temporada (la exposición Monet/Boudin del Thyssen, el Dadá Ruso en el Reina Sofía, el nuevo Fausto del Teatro Real, el regreso a la cartelera del Ballet Imperial de la Solovieva, la última de Asghar Farhadi con Penélope y Bardem, el estreno teatral de La Strada en La Abadía, la Yerma del Kamikaze…), pero sintiéndolo mucho no es el caso. Así que… ¿a quién pretendo engañar? ¡Hablemos de musicales!

Este otoño viene que se sale, en serio, no nos podemos quejar de cómo se presenta la temporada en la Gran Vía y alrededores, donde ya se afanan en montar los posters y las marquesinas con los rótulos en grande, y a todo brillo y color, de algunos de los mejores títulos que aliñan el género. Diversos en temática y tratamiento, diferentes entre sí en concepto, en forma y contenido, como nos gusta a los que de verdad nos gusta –nos apasiona- el musical. Desde la historia apócrifa de una Gran Duquesa perdida en los laberintos de su memoria, hasta las peleas de los Capuletos y los Montescos a ritmo de jazz en el lado oeste de Manhattan, pasando por las tribulaciones y aventuras de un científico loco empeñado en revivir a los muertos. Todo esto a pocos metros de distancia y por un módico precio…, bueno, borra esto último. Pero no importará si de verdad se cumplen las expectativas (ahora dejo de escribir unos segundos para cruzar los dedos).

Anastasia ¿Te acuerdas de la película de Disney de 1997? Pues hace un año y medio fue convertida en musical en Broadway y ya la tenemos aquí. Nunca antes importamos un musical con tanta rapidez, además somos los primeros fuera de América que estrenamos este show. Y va a merecer la pena el esfuerzo, seguro. Con música de Stephen Flaherty -autor de Ragtime, una de las mejores partituras de las últimas décadas- y libreto del célebre dramaturgo Terrence McNally, Anastasia cuenta la peripecia de una huérfana de la Revolución Bolchevique en busca de su pasado, vagando por las calles y los palacios abandonados de San Petersburgo sin poder recordar que todo lo que la rodea le perteneció no mucho tiempo atrás. En esta aventura la acompañan un par de farsantes que quieren sacar provecho de la situación, con los que acabará viajando a París en busca del que puede ser el único miembro vivo de su familia. Vamos, la misma historia que, con más o menos cambios, hemos visto en películas como Nicolás y Alejandra (Gran Bretaña, 1971), Rasputín y la zarina (1932, con la familia Barrymore), o las Anastasias de Ingrid Bergman y Yul Brinner (1956) o aquella de televisión con Amy Irving y Olivia de Havilland en 1986.

Esta versión musical se basa principalmente en la película de Disney, aunque también añade cambios importantes en la trama (el personaje de Rasputín no aparece aquí, por ejemplo) y algunas nuevas canciones que componen números tan acertados como hábiles a la hora de hacer avanzar la historia. Precioso vestuario y decorados, magníficas voces, potentes coreografías y mucha, mucha emoción.

¿Cuándo? El 3 de octubre. ¿Dónde? Teatro Coliseum, en la Gran Vía, que no es Times Square, vale, pero hay días que se le parece un poco.

Más de uno tendrá que dividirse para poder asistir a otro estreno que dará mucho que hablar. Como lo oyes, mismo día y misma hora, eso sólo pasa aquí. 3 de octubre, Teatro Calderón en este caso. West Side Story. Palabras mayores.

¿Qué voy a decir yo de West Side Story que no sepamos ya? ¿Qué sobre Leonard Bernstein y Arthur Laurents, compositor y libretista? ¿Qué sobre Stephen Sondheim, autor de las letras? ¿Y sobre Jerome Robbins, el coreógrafo que dio la vuelta al género con sólo un par de chasquidos?

Estamos en el año Bernstein, celebrando el centenario del nacimiento de este enorme músico, y como es natural, en muchos lugares de nuestra geografía se están programando conciertos homenaje, revisiones de sus más conocidas partituras, lecturas de sus principales obras, proyecciones de las películas en las que intervino etc. Y como colofón de lujo, este nuevo montaje producido por SOM (Chicago, Cabaret, Billy Elliot…) que promete hacernos vibrar en nuestros asientos desde el instante en que se alce el telón al ritmo sincopado de su excelsa partitura.   

El último WSS que recordamos por aquí es de hace nada menos que veinte años, el que dirigió Ricard Reguant y que, entre otros, protagonizó Víctor Ullate Jr. Y lo recordamos bien, sin ser nada del otro mundo, pero podemos considerarla una versión más que digna de tan célebre pieza. Y es que para poner a pelear sobre las tablas a los Yets contra los Sharks, unir a Julieta-María y a Romeo-Tony en ese inolvidable Tonight, llevarse a la azotea a ese grupo de portorriqueñas a discutir sobre las maravillas de América (del Norte)… hay que tener valor, mucho valor. Pero estamos en septiembre y uno de nuestros propósitos es pensar siempre en positivo. Así que todos al Calderón a salir chasqueando los dedos y bailando por la calle Atocha como si se tratara del mismísimo Manhattan. I like to be in America…

¿He mencionado a Víctor Ullate Jr.? Porque resulta que es el protagonista de la última obra de la que vamos a tratar (y ya no os canso más). Casualidades de la vida, bueno, eso y que aquí no podemos presumir de tener una multitud de actores tan versátiles –que actúen, canten y bailen con solvencia- como el que nos ocupa. ¿De qué obra estamos hablando? La adaptación musical de una de las películas más divertidas de todos los tiempos. ¿Qué diría la pobre Mary Shelley si viera lo que Mel Brooks hizo con su Jovencito Frankenstein?

Tranquilos, ésta se estrena otro día ¿eh? El 9 de noviembre en el Teatro de la Luz Philips Gran Vía (para cuándo un teatro con el nombre de la Mayonesa Ybarra?, en fin, de este particular ya hablaremos en otra ocasión).

Estamos ante otro caso de película con éxito arrollador (Anastasia sin ir más lejos) que más tarde o más temprano acaba convirtiéndose en musical. Mel Brooks la dirigió en 1974 –y tuvo los arrestos de hacerlo en blanco y negro- logrando el mayor triunfo de su carrera con una parodia de este cuento gótico de científicos, monstruos y ladrones de cuerpos. Gene Wilder y Marty Feldman protagonizaron algunas de las escenas más desternillantes que todos seguimos recordando décadas después, y era sólo una cuestión de tiempo que su creador la llevara a los escenarios de Broadway al igual que hizo con otro éxito (en este caso menor, aunque mucho mayor en su versión musical) de su carrera como director, Los Productores

El show funciona como un reloj suizo, la divertida trama empasta al milímetro con unas melodías y con unas letras agudísimas –tanto las letras como la música son del propio Brooks, al igual que hizo en The Producers– y unas espléndidas coreografías concebidas por la genial Susan Stroman, que por no extenderme mucho sólo diré que cuenta con 5 premios Tony, ahí es nada, más otro tanto de nominaciones. En fin, que si conservan un poco de esa chispa en la versión hispana, si los actores están tan bien dirigidos como en el original, y -cosa primordial- las adaptaciones y traducciones de las letras al castellano funcionan bien… (ufff cuánta presión), El Jovencito Frankenstein (se pronuncia Fronkonstin!!) promete ser uno de los grandes alicientes de esta temporada para sacarnos de casa y –previo paso por taquilla- gozar de un espectáculo total. A los que no estemos cerca de Madrid no os apuréis, porque a poco que lo pete en la Gran Vía (que algunos días se parece un poquito a Times Square) seguro que salen de gira por los teatros de las principales capitales de nuestro país. 

O también podríamos pillar un fin de semana en la capital, y de camino darnos un buen garbeo pisando las hojas secas del Retiro, deambular por las vetustas salas de El Prado, zamparnos unos buñuelos de bacalao en Casa Labra o visitar el Museo Sorolla, que hace mil años que lo vimos por primera vez. Planes, muchos planes, esos que hacemos en las tórridas tardes de verano –mientras escuchamos por enésima vez lo del anillo ése pa cuándo- acariciando la idea de ponernos una chaqueta y un pañuelito al cuello, y salir a pasear las avenidas de la gran ciudad cuando llegue septiembre. Y octubre, noviembre…          

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